El corsario piadoso

El lagunero Amaro Pargo tenía autorización real para luchar contra los piratas y quedarse con su botín

31.08.2013 | 21:29
Una cruz de piedra señala el camino real que hay delante de la casa del bucanero.
Una cruz de piedra señala el camino real que hay delante de la casa del bucanero.

Sin poder evitarlo, lo imaginamos compartiendo botellas de ron con John Silver, el Largo, en uno de esos concurridos tugurios de la isla de Tortuga. Él con su pelo largo, negro, una melena dócil que le roza los hombros. Serio y guapo, vestido de manera impecable con su casaca roja de finas telas. Y a su alrededor una amalgama de piratas, hombres recios, duros, con cara de malos, parche en el ojo y pata de palo.
Pero no. Amaro Pargo, el bucanero de La Laguna, tenía poco que ver con esta imagen de ficción. Él era más real y complejo, como casi todos, su vida y sus relaciones están cubiertas de luces y sombras. Como sus cofres llenos de tesoros, que aún siguen buscando algunos incautos entre las ruinas de su casa de Machado y El Socorro.
Amaro Rodríguez Felipe, conocido con el sobrenombre de Amaro Pargo, por la pericia con la que llevó sus barcos por los mares de medio mundo, nació el 3 de mayo de 1678 en La Laguna. Muy pronto se hizo cargo de los negocios de la familia y, además, como alférez corrió su primera gran aventura con tan solo 23 años. Precisamente, según cuentan las crónicas que hacen referencia a este personaje, el primer navío en el que se embarcó fue abordado por otro, y antes de sucumbir, el joven marinero aconsejó al capitán que simulara una rendición para poder sorprender al enemigo y quedarse con su tesoro. La jugada resultó perfecta y, en señal de agradecimiento, Amaro Pargo recibió como regalo el que sería su primer barco el Ave María. Y a partir de ahí, obtiene la autorización real, la famosa patente de corso, con la que puede atacar a todo barco con bandera pirata que se cruce en su camino.
En el mar se mostró siempre como el capitán más fiero y audaz, nunca rehusó batallas, y por su elevada fortuna, llegó a poseer varios barcos y solo en Tenerife, según recoge su testamento, fue propietario de 60 viviendas de considerable tamaño.
Domingo García Barbuzano, que ha dedicado varios años a investigar la vida y obra de este bucanero, cuenta que una de sus casas principales se encontraba en la calle Real de La Laguna, ahora calle de San Agustín, y se da la circunstancia que en esa vivienda ahora residen los padres del político socialista Santiago Pérez. Conocedores de este detalle, la imagen de la Virgen del Rosario que aparecía en lo alto del portón, la han retirado al interior de la casa y le han hecho una pequeña capilla, en homenaje a su antiguo propietario.
Las aventuras de este atrevido capitán fueron numerosas. En una ocasión evitó que unos piratas atacaran la galera del rey que hacía la ruta entre Cádiz y el Caribe, recibiendo por esta hazaña grandes honores. En una de sus batallas capturó un barco holandés y en sus bodegas encontró entre su mercancía cincuenta mil monedas de oro y una cruz de diamantes. Y no solo se dedicó a luchar contra bucaneros y bandidos, también hizo numerosos negocios vendiendo tabaco, vino y aguardiente que obtenía de sus propias destilerías.
La figura de Amaro Pargo crece por momentos y se bifurca. Junto a esa vida de luchas y escabechinas, aparece el lado más espiritual y bondadoso. Fue un hombre muy religioso y no dudó en ofrecer grandes sumas de dinero para mejorar la situación de los pobres de La Laguna. Dos de sus hermanas y una sobrina entraron como novicias en el Convento de las Catalinas.
Precisamente en ese lugar se encontraba una monja de clausura que sería muy importante en su vida, Sor María de Jesús, más conocida como la Siervita. Tanto Barbuzano como Balbina Rivero, que han indagado en la vida de Amaro Rodríguez Felipe, coinciden en que entre ambos se estableció una gran amistad. A pesar de la diferencia de edad, 35 años, Amaro Pargo acudía al convento en busca de consejo, y de paso para tener con la Siervita interesantes charlas. Siempre mantuvo excelentes relaciones con la iglesia, costeó distintas obras para el culto como el retablo de la Virgen de El Rosario, construyó la capilla de San Francisco de Paula y sufragó los gastos de la capilla y el altar de San Vicente Ferrer.
La noticia de la muerte de Sor María de Jesús el 15 de febrero de 1731 deja al audaz bucanero envuelto en la mayor de las tristezas. Era tanto el afecto que le llegó a profesar que encarga a un conocido pintor de la época que realice un cuadro, el Cristo de la Humildad y la Paciencia, y debajo le ordena que coloque a la izquierda la imagen de Fray Diego del Monte, confesor de la monja, en el centro aparece el rostro de la Siervita, y a su derecha Amaro Pargo, en el que será el único retrato que se conoce de este lagunero. Esta obra sigue colgada en la pared de la Iglesia del Rosario en el pueblo de Machado, muy cerca de una de las casas del bucanero.
Pargo tampoco duda en adquirir un sarcófago único para que descansen los restos mortales de Sor María de Jesús. Se trata de una pieza pintada en rojo, azul y pan de oro. Y cuando abren el cajón en el que estaba el cuerpo descubren que sigue incorrupto, como si el tiempo no hubiera pasado por ella, como si no hubiera fallecido.
El féretro de la Siervita se abre cada 15 de febrero, con tres llaves que giran en diferentes sentidos. Una de las llaves se guarda en el Convento de Santo Domingo, la otra en el Convento de las Catalinas y la tercera se le entregó a Amaro Pargo el 15 de febrero de 1734, tal y como recoge García Barbuzano en uno de los documentos que así lo certifican.
Además, de la amistad que mantuvo con esta monja de clausura, también llamó la atención el afecto que le profesó a su fiel esclavo negro Cristóbal. Como bucanero y gran negociante con América, no se descarta que haya llevado esclavos a las entonces conocidas como colonias. Sin embargo, con Cristóbal siempre se mostró considerado y le acabó por dar la libertad. En su testamento aparece que nunca le debía faltar comida, ni vestimenta ni atención y, una vez fallecido, tenía que reposar en su misma sepultura.
El capitán Amaro Rodríguez Felipe murió el 14 de octubre de 1747 en La Laguna, y sus restos descansan en el sepulcro familiar que permanece en la entrada del templo de Santo Domingo.

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