En la ciudad de Bombay

Atrapados en India con dos bebés

Un vacío legal impide a una pareja asturiana volver a casa con sus hijos de un mes, nacidos de un vientre de alquiler

27.08.2013 | 12:16
La pareja posa con sus gemelos.
La pareja posa con sus gemelos.

Era su última noche en la India y lo querían celebrar. Acababan de recoger los pasaportes de sus hijos en el consulado español de Bombay, el último paso para emprender el regreso. Ya tenían autorización para regresar a casa. Aparentemente, todo estaba en orden. Al día siguiente tocaba volver a España. Así que Ana Coto y su marido José Luis Vidal eligieron un buen restaurante para brindar por sus hijos Lucas y Carmen, dos gemelos de un mes de edad nacidos en la ciudad asiática mediante un vientre de alquiler. Si nada fallaba, llegarían a Asturias a tiempo de disfrutar de la festividad del 15 de agosto. Pero no. Inesperadamente, todo se torció.

Por la mañana, doce horas antes de la salida del vuelo, Ana, de 47 años, y José Luis, de 46, se acercaron hasta las oficinas del FRO, el organismo policial indio encargados de estamparle en el pasaporte de los niños el sello que les autoriza a salir del país. Un trámite, pensaban, sin mayores complicaciones, o al menos eso les habían asegurado en el consulado. La sorpresa fue mayúscula cuando el policía indio frunció el ceño: para sellarles los permisos necesitaba una carta del cónsul español en la que se reconociera que los dos bebés habían nacido a través de un proceso de maternidad subrogada, o sea, mediante un vientre de alquiler, una práctica prohibida por ley en España. A contrarreloj, entre kilométricos atascos, consiguieron llegar a tiempo al consulado. Pero misteriosamente el cónsul había enfermado y no les recibió. Lo hizo en su lugar otra persona que les confirmó lo peor: no podía facilitarle el documento, no podían viajar. Entre los dos decidieron que José Luis, que regenta una empresa de transportes en Oviedo, regresara. Tenía que trabajar. Ana es autónoma y podía retrasar su vuelta. Además no se quedaba sola: estaban su madre, María José Álvarez, y Karismha Narwani, una tinerfeña de ascendencia hindú que le ayuda con el idioma y los problemas que le surjan.

Dos semanas después después de aquel revés, Ana Coto permanece atrapada en la India a la espera de recibir la carta que le deje volver a casa junto a sus hijos. De momento, ni en el consulado en Bombay ni en la embajada en Delhi le dan una solución. Todo lo contrario: le tratan, dice, con indiferencia y frialdad. Y está desesperada . Aseguran que no pueden hacer nada y aducen un "vacío legal" que lo impide. Resulta que hace un mes, la India aprobó una directriz que prohibe la maternidad subrogada a (entre otros supuestos) parejas que procedan de países en la que no esté permitida, como es el caso de España. De nada vale que el nacimiento de los bebés sea anterior a la aprobación del reglamento, como ha reclamado la ovetense.

Ana Coto denuncia una contradicción. "¿Cómo es posible que el consulado me dé el pasaporte de mis hijos sabiendo que son de maternidad subrogada y ahora, que necesito una carta, no me la facilite?". "Tengo muchos correos electrónicos en los que me reconocen la situación", añade. Porque, hace semanas, la chica que prestó su vientre tuvo que renunciar a los niños de forma oficial. Y lo hizo ante el cónsul español en presencia de Ana, su marido y su madre. Ahora, esa misma persona mira para otro lado. "Tengo dos hijos con pasaporte español, de padre español y no me ayudan. Soy española y tengo la sensación de que no están haciendo nada por mí", señala.

Ana habla con LA NUEVA ESPAÑA desde la India. Por detrás se escuchan, dulces, los sollozos de los gemelos. Pero su voz enseña el hastío de una persona angustiada por la indefinición, desmoralizada. No le dicen ni cuándo ni por qué. Y eso le agobia. El pasado viernes, además, la remataron. Viajó a Delhi porque le dijeron que probase allí, que una chica española había conseguido salir. Pero cuando llegó a la embajada española, la puerta estaba cerrada, pasaba un minuto de la hora y no admitían a nadie. Tuvo que esperar en la calle a 40 grados hasta que, media hora después, salió una persona de nacionalidad india y le pidió que apuntase en un papel lo que quería. Al cabo de una hora, salió la secretaria del embajador. No sólo le dijo que se volviese a Bombay, que desde allí era imposible, sino que su frase la fulminó: "Ten paciencia: una chica tardó dos años en arreglar la situación". Ana se derrumbó, le pudo la ansiedad y rompió a llorar. "Lloro por impotencia. Nadie te ayuda, nadie sale a saludarte. No sabes qué hacer. Unos te dicen una cosa y otros otra. Nos están volviendo locos", cuenta.

Mientras tanto, a esta ovetense le sigue subiendo la factura. Cada día paga por el apartahotel donde se aloja, 120 euros (3.600 al mes). Lo hace por el bienestar de sus hijos. "Si voy a otro lugar más barato están todas las paredes llenas de bichos", sostiene. Su hermano Enrique Coto le ayuda a pagarlo todo. Ella había calculado que, en total, gastaría unos 60.000 euros, entre los casi 45.000 que le costó alquilar el vientre de alquiler y los 15.000 que dejó para gastos de viaje y alojamiento. Pero su previsión inicial ya se ha cumplido con creces.

A esta pareja de oventeses se le ocurrió esta idea el año pasado después de varios tratamientos fallidos de fertilidad. Sopesaron adoptar, pero se decantaron por el vientre de alquiler. Eligieron la India "porque es más barato" que en EE UU. A través de unos abogados de Barcelona, "que ahora se están desentendiendo", hicieron los trámites. El pasado septiembre viajaron al país asiático para conocer a la donante del óvulo. Al segundo intento, la persona que prestó su vientre (distinta a la donante) se quedó embarazada. Salía de cuentas a principios de julio. Siguieron el proceso desde España a través de los abogados. Veían las ecografías y estaban al tanto de la evolución. Ana Coto tuvo que viajar unos días antes porque le avisaron de que el parto se adelantaba. Se fue el 17 de junio. Sus niños nacieron el 1 de julio. Y su marido y su madre llegaron al día siguiente. Todo iba bien y aquella noche salieron a celebrarlo. No contaban con que ese "maldito" trámite se convirtiera en pesadilla.

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