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Portada de la edición impresa de la Opinión de Tenerife de este 22 de julio de 2017

Enseñar, guiar, santificar

El obispo Bernardo Álvarez ordena a tres nuevos sacerdotes en la lagunera iglesia de La Concepción

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El obispo de la Diócesis nivariense, Bernardo Álvarez, durante la homilía de la ceremonia de ordenación sacerdotal. A la derecha, los tres nuevos diáconos.
El obispo de la Diócesis nivariense, Bernardo Álvarez, durante la homilía de la ceremonia de ordenación sacerdotal. A la derecha, los tres nuevos diáconos. delia padrón

NAIMA PÉREZ
LA LAGUNA
Los vestigios de la fiesta nocturna del viernes aún se percibían a las diez de la mañana de ayer en La Laguna. El Baile de Magos de la plaza de La Concepción en honor a San Benito batió récords –al menos de asistencia, con más de 4.000 personas–, y los servicios de limpieza se afanaban en dejar lo más limpia posible una de las zonas del casco de mayor concurrencia. Mientras muchos disfrutaban del laguneo matutino, a pocos metros, en el interior de la iglesia de La Concepción, varios centenares de fieles y familiares de Airán, Julián y Antonio esperaban con ciertos nervios el momento de su ordenación como sacerdotes.
Aunque julio suele ser un mes gris en La Laguna, el de ayer fue un día soleado. A quince minutos del inicio de la ceremonia, la sacristía era un lugar bullicioso donde decenas de curas y seminaristas se preparaban para participar del acto religioso y acompañar a los neopresbíteros en esta nueva misión en su vida: "Enseñar el Evangelio, guiar al pueblo y santificarlo mediante los sacramentos de Dios". Este es el significado de la ordenación sacerdotal, al menos así lo explica el delegado del clero Juan Fernando Pérez.
Con la habitual túnica blanca, los tres futuros curas abrazaban y besaban a quienes, emocionados, habían ido a verlos. "Ya hablamos luego, me tengo que preparar", le dice algo apurado Antonio a una señora que, por su euforia, podría ser muy allegada. Algunos habían venido incluso de la Península y de varias partes de las Islas.
Julián y Airán, de 28 y 27 años, respectivamente, intercambiaban con Antonio, de 48, algunas palabras minutos antes de que el obispo de la Diócesis Nivariense, Bernardo Álvarez, apareciera por la sacristía. De traje negro, irrumpió apresurado: tenía que cambiarse para presidir la ceremonia.
La iglesia no daba para más; ni un solo espacio libre en los numerosos bancos de este templo originario del siglo XVI. Muchos se arremolinaban, de pie, cerca del altar con cámaras de vídeo y fotografía, y hay quienes usaban también los escalones del púlpito y los pequeños bancos del confesionario para elevarse unos centímetros y ver mejor el altar. Parecía como si nadie quisiera perderse un solo detalle. Y entonces, con puntualidad inglesa, dieron las 10:30 horas, el instante en que un religioso anuncia por megafonía el inicio del acto, al tiempo que pedía silencio.
Al son de Pueblo de Reyes, interpretado por un coro al que se suman las voces de los cientos de asistentes, salieron de la sacristía en dos filas indias los al menos 70 curas y seminaristas que formaban parte de la ceremonia. Al cierre, el obispo. Por la nave izquierda del templo se dirigieron hacia el final para girar por la nave central rumbo al altar, a cuyos lados irían ocupando todos los religiosos su sitio. Todos, menos Airán, Julián y Antonio, destinados a las únicas sillas situadas de forma oblicua.
"¿Sabes si son dignos?", le preguntó el obispo al rector del seminario, tal y como marca el protocolo. Una respuesta afirmativa dio paso a la homilía. En ella, Bernardo Álvarez utilizó la clásica metáfora del pastor y su rebaño de ovejas. El primero es Dios y quienes a través de él difunden su palabra (sacerdotes), mientras que las segundas son los fieles. "Es duro el trabajo apostólico y pastoral", afirmó el obispo, quien ensalzó la imagen del verdadero pastor, aquel que ante los momentos duros no se achanta. "Es él quien cuida, quiere y alimenta a su rebaño", dijo. Sin embargo, "el pastor asalariado sale huyendo" a la primera dificultad, añadió. "El Señor nos manda a que apacientemos a las ovejas en tiempos difíciles, de luchas, enfrentamientos, contradicciones", comentó Bernardo Álvarez quien, de pronto, en un arranque bromista, preguntó a los futuros curas: "¿Están seguros de donde se van a meter?".
Y llegó el momento de la imposición de manos, aquel en el que se traslada a los "nuevos misioneros de la palabra de Dios" la capacidad para hacerlo, el instante en que se convierten oficialmente "en vehículos de Dios" para hacer llegar a la feligresía los principios católicos. Este momento gráfico en que los tres nuevos diáconos permanecen unos minutos acostados boca abajo frente al obispo. Después, de uno en uno, los sacerdotes participantes en la ceremonia se acercan al altar y depositan sus manos sobre la cabeza de cada uno de los nuevos servidores del Señor, que las reciben de rodillas.
La vocación católica cuenta desde ayer con tres nuevos sacerdotes. Fuera, el día seguía para el laguneo.

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