DANIEL MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Sentado en la mesa de un despacho atiborrado de libros, carteles y recuerdos, José Méndez muestra con explicaciones apasionadas las fotos de cogidas famosas en la plaza de Toros de Santa Cruz, imágenes de la alternativa de Avelino Rivero Pedrucho de Canarias –uno de los dos matadores que han dado las Islas–, entradas de los espectáculos taurinos, biografías, fichas, más fotos... A sus 74 años, este comerciante jubilado se puede considerar una especie en peligro de extinción: es uno de los cuatro miembros que quedan de la Peña Taurina de Tenerife. La poca actividad que mantienen, después de unos años gloriosos en los que hubo centenares de socios, sedes (primero en la Rambla Pulido y después en General Mola), una escuela, corridas al alcance y hasta una peña femenina (la Peña José Mata, en nombre del otro matador que dio Canarias), se resume en dos o tres comidas al año para hablar de los viejos tiempos y, cómo no, de la lidia.
José Méndez, Domingo Cabezafilo, Ernesto Zambrano y Paco Ramos Pacorro. Es lo que queda, más otros seguidores desperdigados, la mayoría peninsulares, de una afición que no terminó nunca de cuajar. Lo admiten ellos mismos, aunque no dudan en reconocer que su deseo es que "los toros vuelvan a Canarias". "Claro que querría que volviera la fiesta, pero también soy realista: la afición que había se ha perdido completamente. Habría que remodelar la plaza de Toros, invertir mucho dinero en traer el espectáculo, hacer una promoción con la gente joven... Es muy complicado, como ya pasó en su día, por los altos costes", comenta Méndez con resignación.
El caso excepcional de Canarias como única comunidad autónoma que tiene prohibida por ley la fiesta nacional ha vuelto a saltar a la palestra esta semana por el intenso debate desatado en el Parlamento de Cataluña. La iniciativa ciudadana, que persigue lo mismo que se hizo en 1991 en el Archipiélago, ha sido alabada por su carácter democrático, pero también criticada por esconder un trasfondo político: la ruptura con el Estado que sienten amplios sectores de la sociedad catalana. Y no hay nada más español que los toros. Hasta el portavoz de CiU en el Congreso, Josep Antoni Duran i Lleida, se ha apoyado en el caso canario para argumentar que la prohibición en Cataluña no es "identitaria". Nombrado en tertulias radiofónicas como la de Hora 25, de la SER, porque aparte Canarias no quiere toros pero sí permite las peleas de gallo, el paralelismo en realidad "no tiene sentido". Así lo opinan José Méndez o el mismo Pacorro, para quienes hay una diferencia fundamental: la ley autonómica canaria 8/1991 de protección de los animales se aprobó cuando ya habían pasado ocho años de la última corrida celebrada en las Islas.
La historia de Solitario, relatada por el propio José Méndez en su libro La centenaria plaza de Toros de Santa Cruz, refleja en toda su dimensión cómo la muerte de la fiesta nacional en Tenerife pasó con más pena que gloria por la mirada mayoritariamente ajena de la sociedad local. Así, el empresario de uno de los últimos espectáculos celebrados en la plaza santacrucera, el 6 de marzo de 1983, dejó abandonado en los corrales a uno de los novillos, rebautizado entonces como Solitario. Comió gracias al pienso que le echó Juan, el conserje, hasta que un guardia civil lo abatió al ver que el empresario no lo reclamaba.
el caso de cataluña
"Me encantaría volver a ver toros en Canarias. Esto es fácil: al que no le guste, que no vaya, como en el Carnaval. Para eso está la libertad", señala Paco Ramos, quien reconoce que tiene todavía la espinita clavada por no ver nunca cumplido su sueño de debutar como matador. Él se enfadó especialmente con el veto de 1991 y ahora se ha reencontrado con aquella sensación al escuchar los argumentos de los en contra. José Méndez, por su parte, procura no coger nervios. "Lo que está pasando en Cataluña es todo política asquerosa. Es estar en contra de todo lo que huela a España. Pero no quiero opinar más. Ya tengo mis años". Pero, ¿qué le diría a quienes no están de acuerdo con los toros? "Que me dejen tranquilo. Mire, muchos aficionados sufren e incluso castigan a los toreros que se pasan haciendo sufrir al animal. De todos modos, el toro no sufre. Nació para la lidia, sólo para eso. El día que se quite la fiesta, desaparecerá el toro".
Méndez no faltó a la plaza desde que en 1945, con sólo 11 años, asistió embelesado a la exhibición de los dominguines. "Mi abuelo era andaluz y aficionado. Venía de familia". Los actos taurinos habían comenzado en La Laguna, en septiembre de 1891, nada menos que con cuatro miuras. El éxito fue tal que se construyó rápidamente una plaza en la capital, inaugurada el 30 de abril de 1893 con los matadores Luis Mazzantino y Antonio Moreno Lagartijillo. El Cordobés, El Pireo, Paquirri, Palomo Linares, Luis Miguel Dominguín, Paco Camino, Manolo Navarro... Corridas, novilladas, espectáculos cómicos. Cogidas graves, guardias civiles matando a un toro desatado, tendidos a rebosar. Hoy apenas se oye el eco de aquellos olés que llegaron a tener miles de bocas. Ya sólo quedan cuatro.