D.M. | SANTA CRUZ DE TENERIFE
APaco Ramos, Pacorro, le apasionaba tanto la fiesta de los toros que con 18 años lo detuvieron en Córdoba por escaparse de casa para participar en una becerrada. "Me fui de polizón en un barco sin que mi familia lo supiera, pero mi padre me reclamó y me agarró la Guardia Civil. Pasé cinco días en la cárcel de Cádiz y me devolvieron a casa". A sus 73 años, este tinerfeño todavía conserva cierta frustración por no poder convertirse en el tercer matador canario de la historia, después de Avelino Rivero Pedrucho de Canarias y José Mata. Su pasión, de hecho, nació por una casualidad relacionada con Pedrucho: "Encima del bar ya desaparecido de mi padre en la plaza de La Paz, Casa Ramos, vivía Avelino. Se entrenaba en la azotea y yo subía a verlo. Seguir sus ensayos con el capote me fascinó desde el primer instante. Tendría 10 años o algo así. Luego lo fui a ver torear a la plaza", recuerda Pacorro.
Todo un trotamundos –fue marinero, participó en prospecciones petrolíferas de empresas estadounidenses en África, trabajó de camarero y cogió cebollas en Francia, llegó a probar en Venezuela–, Paco Ramos, que también fue juez de boxeo y arbitró a Sombrita, Legra o Barrera Corpas, terminó fijando su nido en Tenerife al casarse y montar una pizzería cerca de la plaza Weyler. Pero su verdadera vocación era la de ser matador. "Un peninsular había montado una escuela taurina, que estaba en lo que hoy es la intersección de Tres de Mayo con la autopista, en la gasolinera. Tendría 16 años". De esos tiempos surgió la amistad que todavía mantiene con los últimos de la Peña Taurina de Tenerife. "Tendría que haber visto cuando vinieron El Cordobés, Manolo Vázquez... El ambiente de la fiesta en Tenerife era muy bueno. Pero no teníamos ayudas. Fíjese que la propia plaza de toros se la cedían a clubes de lucha, pero no a los mismos aprendices de la escuela de toros de Santa Cruz. Era incomprensible", relata este santacrucero.
"Claro que quiero que vuelvan los toros a Santa Cruz. Es lo que siento", comenta sin la menor duda. Y es que Pacorro confiesa haberlo pasado "bastante mal" cuando llegó la prohibición de la fiesta nacional a Canarias en 1991. "Nos reunimos, intentamos oponernos, pero no fue posible. Hacía años que ya no había corridas y la afición se había perdido completamente. En realidad, nunca hubo mucha. La plaza se llenaba, pero era más por novelería que por otra cosa", admite sin la menor esperanza de que la tauromaquia pueda volver a Canarias.
Terminó conformándose con hacer becerradas o corridas de vacas. No llegó ni siquiera a banderillero. Un amigo de entonces, Domingo Cabezafilo, otro de los supervivientes de la Peña, tampoco llegó a cumplir su sueño de ser matador. "Aquí fue fácil prohibir las corridas. Fuimos siempre a contracorriente en Canarias", concluye Pacorro.