DANIEL MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Una docena de patos nada sobre la charca repleta de agua y barro ajena al destrozo que las escorrentías del pasado lunes provocaron en este punto de la parte alta de María Jiménez. En La Charca, en el nacimiento de los barrancos donde se refugian los caseríos de Valle Brosque y Valle Crispín, 20 metros de carretera han desaparecido. Dos palas mecánicas entullan el socavón gigante con la misma tierra de las corrientes. Los operarios esperaban en unas horas poder abrir una estrecha vía que permitiera acabar con la incomunicación. [El Ayuntamiento confirmaba al cierre de esta edición la apertura definitiva de esta vía].
Muy cerca, en el restaurante La Charca, los empleados siguen sacando fango. "El problema no es el barro, pues lo tendremos todo limpio en unos días; el problema son los accesos y el Ayuntamiento nos ha dicho que se tardará al menos un mes en reconstruir la carretera. O sea, ¿no podremos abrir hasta entonces? Si es así, ¿qué hago, qué pasa con los empleados?", se queja en la puerta del negocio su propietario, Virgilio Déniz.
A partir de esta zona hacia arriba, hacia los escarpados barrancos poblados de cardones y tabaibas que cobijan las casas y fincas dispersas, todos cumplen el cuarto día de incomunicación. Son algo más de un centenar los habitantes afectados que residen aquí y que han tenido que hacer a pie el camino hasta María Jiménez para comprar los alimentos básicos o cumplir con sus ocupaciones. Ya por lo menos ha vuelto la luz, pero el restablecimiento del servicio de agua para consumo, según confirma un técnico de Emmasa que trabaja en la zona, no se producirá en principio hasta hoy, "siempre que todo salga como está previsto". "Hay que volver a llenar las tuberías y reparar las que quedaron destrozadas", añade el operario. Tampoco hay posibilidad de encontrar cobertura de telefonía móvil, aunque eso no lo causó la tromba del lunes; eso ha sido así desde siempre.
Cargados de bolsas. Ramiro Pérez, su prima Concepción, las dos hijas de ésta y Antonio Pinto recorren no sin dificultad el tramo de carretera convertido en tierra y piedras. Los adultos cargan bolsas de supermercado mientras un operario ayuda a las niñas a salvar los obstáculos. "Esto es todos los días desde la riada: venga a caminar pa´rriba y pa´bajo porque si no, no hay comida", comenta Concepción resignada, para matizar que "gracias a que está viniendo a cada rato el helicóptero de emergencias hemos tenido productos básicos y pienso para animales". Antonio apunta por su parte que "menos mal que estábamos prevenidos por la tromba de hace unos años y el Delta. De no ser así, habría pasado algo grave". Entonces, pasa a señalar el que para él, y para la mayoría de residentes de Valle Brosque y Valle Crispín, fue el principal causante de los destrozos: la sucesión de puentes pequeños que conectan las casas a ambos márgenes que obstaculizaron la riada por la acumulación de cañizos y troncos. "El agua se acumuló en los puentes, rebosó y bajó todavía con más fuerza procedente del otro lado de la cumbre, de la zona de Jardina".
Y es que hasta las tormentas tienen su lógica. Por ejemplo, los vecinos se quejan del excesivo celo de los vigilantes de Medio Ambiente, que "no dejan tocar una sola planta" e impiden la limpieza de despeñaderos y caminos, o por ejemplo los datos meteorológicos señalaron precisamente a Jardina, en La Laguna, al otro lado de las montañas, como el lugar donde cayeron las mayores precipitaciones el 1F: 210 litros en sólo siete horas. Y aunque la mayoría de las viviendas de este paraje rural de Santa Cruz de Tenerife salieron indemnes, unas cuantas quedaron anegadas, así como se perdieron cosechas enteras, sobre todo de papas, frutales y verduras.
Evacuado por la tensión. Ahí está el mismo caso de Ramiro Pérez, que recuerda que tuvo que ser evacuado a un centro hospitalario por los nervios que cogió al ver su casa inundada. "Aquello era un río en el mismo salón", rememora este hombre que todavía tiene el susto en el cuerpo: "Fue tal la tensión que me entró un dolor en el pecho fortísimo. Los médicos me examinaron, pero descartaron un problema cardíaco. Dijeron que fue producto de los nervios acumulados".
"Esa tromba y esas corrientes no las había visto nunca en mi vida. Y mire que llevo años viviendo aquí... Antes llovía con más regularidad, pero ahora cuando cae, cae a lo bestia". Lo dice José Vicente Déniz y la credibilidad de sus palabras tienen el mayor aval posible: los 84 años que ha permanecido en este punto de la escarpada cordillera de Anaga en el que nació. "En el año 33 y en el 44 ocurrió algo similar. De hecho, en 1944 creo recordar que murieron dos personas. Ahora bien, nunca vi tanta agua como este lunes", admite nada más dejar la azada con la que limpia el puente que conduce a su vivienda.
La mayor tromba. Y no sólo lo dice José Vicente; lo dice todo el mundo aquí. Incluso, este último diluvio, subrayan, fue peor en esta zona que el ocurrido el 31 de marzo de 2002, cuando una gota fría anclada sobre Santa Cruz causó serios estragos y se llevó por delante la vida de ocho personas. "A mí no me cogió el agua por minutos", cuenta Francisco Javier Pérez, que acaba de llegar a su finca con su hermano José Luis a bordo de una motocicleta. Ambos están un tanto enojados. Se fueron a las nueve de la mañana al rellano que emplea el helicóptero de emergencias para sus operaciones, justo encima de La Charca, y regresan seis horas después con mucho menos pienso del que esperaban. "Pedimos 100 sacos, pero apenas han traído 23 y de los pequeños, de 25 kilos. A nosotros nos tocaron 10 kilos. Con eso no me da ni para dar de comer a tres cabras. ¡Y tengo 40!", protesta. Eso sí, ambos hermanos valoran la labor del helicóptero, sobre todo en los días anteriores en los que, gracias al aparato, "pudimos tener alimentos básicos para capear la situación".
En pie, de madrugada. Felipe Pérez, su esposa Cruz Covadonga, Marcos Pérez y Francisco Hernández se dirigen a sus casas. Todos van con bolsas de la compra excepto Francisco, que los acompaña al principio del camino para separarse y desviarse hacia el caserío de Valle Brosque, donde vive. Sus casos son sintomáticos de lo que ha supuesto para esta gente vivir incomunicados durante los últimos cuatro días. Para ir a sus trabajos, han tenido que levantarse a las cuatro de la madrugada, dos horas antes de lo habitual. Y encima se han tenido que bañar con la misma agua que baja del barranco.
Ya en su casa, Felipe y Cruz relatan algunas vivencias mientras se sientan para tomar un respiro. "Esto fue increíble. El sonido de la corriente era impresionante y todavía lo tengo en mi cabeza. No pasó nada de milagro. ¿El cambio climático? Yo qué sé... Lo seguro es que lo vivimos con temor, sin luz, sin agua, sin opción siquiera de escuchar la radio o ver la tele", cuenta Felipe.
Potaje de lentejas. Cruz se dispone a preparar un plato de potaje de lentejas, "con sus costillitas y todo". "Aquí la vida es muy sana y tranquila. Por eso quizá nos sorprendió tanto lo que pasó el lunes, algo nunca visto", relata mientras dos de sus chuchos revolotean alrededor de la mesa del comedor a ver si les cae algo de comida. De fondo, el sonido del helicóptero que vuelve a sobravolar las montañas rompe la calma bucólica de este paraje verde y agreste. "Aquí todos tienen una finquita o animales. Yo tengo cabras. Pero cada vez quedamos menos. Será por el abandono por lo que se acumulan tantos desperdicios que luego arrastra la corriente", puntualiza Felipe.
Unos 200 metros más arriba por la empinada y estrecha pista, los corrales de una casa parecen haber sobrevivido por poco. No así la vivienda anexa, con montones de tierra y piedras bloqueando la entrada principal y marcas del barro que corrió por la azotea. Abajo, en La Charca, un grupo de vecinos denuncia que el muro de contención, construido hace apenas dos meses, cedió "porque lo hicieron sin hierro, a lo chapuza". A las 16.00 horas aparecen por allí más vecinos cargados con bolsas. Una mujer se remanga los pantalones blancos para no enfangarse. En el bar de donde parte el jeep de Medio Ambiente que traslada a residentes, operarios y periodistas, el camarero no sale de su asombro cuando un cliente anuncia que acaba de producirse un terremoto. "¿Un terremoto? Madre mía. No salimos de una...".