MIGUEL ÁNGEL AUTERO | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Cuatro pisos y sin ascensor. José Eulalio, aunque no ve y ha de caminar apoyado en una muleta o ayudado por alguno de sus familiares, vive una tortura casi a diario desde que le amputaron en 2005 una de sus extremidades inferiores debido a las complicaciones de la diabetes que padece: su edificio no cuenta con ascensor. Ha solicitado a los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife una vivienda adaptada o, al menos, una que esté situada en una planta baja. Pero hasta la fecha no ha obtenido una respuesta satisfactoria. Según comenta a este periódico "desde el Ayuntamiento me han dado largas, e incluso, con la celebración de la última subasta de viviendas adaptadas, me dijeron que había quedado fuera porque había personas en una situación peor que la mía", asegura García.
Este santacrucero, que vive con su esposa en la calle Juan Álvarez Delgado del barrio de La Salud, se mudó a esta vivienda en 1998, cuando nada le hacía presagiar el calvario por el que pasaría ahora. Deportista de toda la vida, como él mismo dice, militó en numerosos equipos de fútbol: como jugador, lo hizo en el San Andrés, Adela y el Tegueste hasta que le llegó la edad para retirarse.
Chele ya no patea el balón
José Eulalio García asegura que nunca fumó, ni bebió y que su gran pasión siempre ha sido el fútbol. Primero como jugador de Tercera División y luego como entrenador de Preferente con el Regla, equipo que dirigió durante 11 años y con el que obtuvo el galardón, concedido por el Cabildo de Tenerife, como mejor entrenador de la categoría en la temporada 2000-2001. "Guardo con orgullo muchas fotos, incluida ésta, donde el consejero José Manuel Bermúdez me entrega el galardón y me felicita por la temporada", recuerda este hombre de 66 años que rompe a llorar y que le indica a su esposa que continúe hablando porque él, emocionado, no puede seguir conversando.
Hoy ha de dializarse de nuevo y, por tanto, debe bajar los malditos 84 escalones; el lunes, un equipo médico del Hospital Universitario de La Candelaria debe valorar si dos de los dedos del pie que le queda han de ser amputados. "Yo creo que sí porque están muy negros, pero ellos son los médicos y sabrán lo que tienen que hacer", comenta resignado.
Por la vivienda en la que reside paga "un alquiler de 332 euros mensuales, luz, agua y teléfono aparte". Para hacer frente a estos gastos, y el resto, el matrimonio cuenta con dos pensiones. José Eulalio "cobra 450 euros de la pensión por invalidez del 95 por ciento; su esposa, una no contributiva de 285 euros", dice.
En la última promoción de viviendas adaptadas que concedía el Ayuntamiento capitalino, José Eulalio se quedó a las puertas de obtener una. Un total de ocho solicitantes obtuvieron una mayor puntuación que él, por lo que quedó como número dos en la reserva para optar, en una nueva promoción, a otro piso adaptado. Afirma que se ha puesto en contacto, hace meses, con el actual concejal de Asuntos Sociales del Ayuntamiento pero "que si en junio que para julio, y ahora en septiembre que para noviembre". "Lo que yo padezco –dice– es inhumano, es una auténtica calamidad que me tenga que ver arrastrándome por las escaleras todos los días". Casi 40 minutos tarda en bajarlas y algo más en subirlas.
Las cosas para esta familia humilde no han ido demasiado bien. Confiesa que hace unos treinta años, "cuando mi hija tenía seis y el niño cuatro años, solicitamos una vivienda de promoción pública, esa vez por los ingresos económicos, y tuvimos la misma suerte, no pudimos tener una", recuerda el matrimonio.
Por otro lado, la esposa de José Eulalio manifiesta que "han pasado casi dos años desde que presentamos la solicitud para la valoración del grado de dependencia de mi marido y en febrero pasado nos mandaron una carta donde se le reconocía como beneficiario de las ayudas, sin embargo, hasta la fecha no hemos sabido nada más al respecto" ni la prestación de un servicio, ni cantidad de dinero alguna para la contratación de una persona que pueda atenderlo. Señala que el pasado miércoles se personó "un joven en casa, nos dijo que era de Asuntos Sociales pero no sabemos si del Gobierno de Canarias o del Ayuntamiento, y tampoco sabemos para qué vino".
Ochenta y cuatro escalones torturan a José Eulalio todos los días. "¿Cuántos días más tendré que arrastrarme por ellos hasta que alguien me escuche?", pregunta.