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El mirón

Infarto nacional

 
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FERNANDO DELGADO En estos días de alborozos taurinos en los que muchos pueblos desahogan sus instintos sobresaltando a un toro, cegándolo por los cuernos o tirándole del rabo, tuvo un astado la suerte de morir de infarto en Turis. Es una de las formas que un toro puede tener de aguarles la fiesta a los que se solazan a su costa. Se trataría de una desconsideración del toro, sin más, en el caso de que hubiera muerto por propia iniciativa o de que pensara, facultad que poseen sin duda los seres civilizados que se divierten a su costa, y que de tanto pensar y desear morirse (el toro, claro), para fastidiar, consiguiera con su muerte dejar a sus seguidores a la mitad del divertimento. Pero al toro le tocó esa muerte en la rifa del destino, con lo que la impotencia de los que lo habían comprado para que sufriera un ratito más sucedió al desconcierto. No sería extraño pensar que en tales circunstancias desearan tener a mano al ganadero que les vendió un toro desgastado para terminar el festejo con él en lugar de con el toro. Pero la idea de ponerle fuego en la frente a un hombre y tirarle de los testículos no debe parecerles aún una idea que quepa en el programa de fiestas. En consecuencia, el ganadero, que parece por ahora a salvo, habrá podido explicarse: el toro gozaba de buena salud, pero debieron asustarlo demasiado y de golpe, de modo que su corazón no dio para tanto. Un verdadero sádico ha de saber administrar el sufrimiento y no parece que el sadismo popular resultara esta vez acreditado por su profesionalidad. La muerte del toro ha hecho caer en la cuenta a los vecinos de que los toros también tienen corazón, como ellos cabeza. Pero eso, más que moverles a la compasión ante un ser vivo que sufre, les ha permitido comprobar que sufre verdaderamente, que es lo que más puede divertir a las cabezas y a los corazones de la gente que corre a gritos detrás de un toro en nombre de la tradición.
Y APARTE.- Siempre hubo banderas de España con escudo y sin escudo, y hasta con escudos ilegales, pero ahora es frecuente ver banderas con un toro negro. En las tiendas de souvenirs, españolas y extranjeras, se venden estas enseñas con el gran símbolo patrio: el toro. Lástima que haya toros cobardes, débiles como niñas, capaces de morir de infarto en plena correría festera, pero si los hubiera con cabeza y lograran asociar sus sufrimientos y sus muertes a su destino de símbolos patrios, de morir de algo sería de orgullo. Bien es verdad que para morir de orgullo patrio se necesita más corazón que cabeza y hasta es posible que algunos consideren que la cabeza es un inconveniente para los orgullos nacionales. Y, vistas así las cosas, nadie podría asegurar que el toro que ha muerto de un ataque al corazón no fuera una víctima de la propia exageración de su sentimiento patrio más que el cadáver conseguido por la desmesura de los que lo sometían a sufrimiento. Y si de lo que se come se cría, como sostiene el dicho popular, de la degustación de la carne de ese toro no habría que privar a los carentes de patriotismo, pero tal vez podría ser embalsamado y exaltado en monumento como gratitud a quien dio su vida en un ataque profundo de españolidad, que es lo que seguramente lleva a muchos a echarse a la calle detrás de un toro.

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4 comentarios

Comentario enviado el día 28-08-2008 a las 20:24:44
¿El comentario del LIBRO NEGRO DE PAPINI pretende ser una defensa del espectáculo del toreo? La cultura literaria no justifica el hecho de que se trata de una tortura. El marqués de Sade también escribió (Los 120 días de Sodoma, Justine, Juliette) y eso no justifica el sadismo.
Autor: Anahí
Comentario enviado el día 28-08-2008 a las 19:54:58
El "triunfo" sobre la fiera sensual y agresiva es la proyección invisible de una victoria interior. La corrida constituye, por lo tanto, el símbolo pintoresco y emocionante de la superioridad del espíritu frente a lo material, de la inteligencia rente al instinto, del héroe que sonríe frente al monstruo de espuma en el belfo, o si así lo preferimos, del sabio Ulises frente al cíclope ignorante. De ahí que el torero actue como el ministro, de una ceremonia de inequívoco sabor religioso. Su espada no es otra cosa que la última descendiente del puñal cultrario esgrimido por los antiguos sacerdores.
Autor: Del "Libro Negro" de Papini.
Comentario enviado el día 28-08-2008 a las 14:37:48
D. Fernando, usted que tiene tanta influencia cultural con el Gobierno Central . ¿Porqué no le pide por favor, que, dejen de torturar a los pobres animales, en ese Pais tan culto y tal, para que se de haga una ley que prohiba tales demanes? Ya que todos los dias atormenta a los toros y diciendo algun personajillo, que no hombre que no, que el toro no sufre?. Menudo salvajes, mejor dicho, menuda partida de imbeciles y jilipuertas. Despues hablan de que los romanos, pero si nosotros somos iguales.
Autor: Juan Carlos S.
Comentario enviado el día 28-08-2008 a las 10:04:05
Para una tribu primitiva, la costumbre es sagrada. La razón y el sentimiento de compasión por los animales es `como muuu raro´, ¿no?. No le digas a un taurino o uno de Villarriba que torturar a los animales es una barbaridad; el primero dirá que es arte, y el segundo, que las costumbres de nuestros abuelos son sagradas. Lo malo es que esos abuelos, algunas costumbres buenas sí que tenían, pero ésas, como las golondrinas, no volverán; las que perduran son las de la barbarie. Dentro de dos o tres generaciones se santificará alguna fiesta en que dos individuos se fajan a palos y otro graba con el móvil. Así lo hacían nuestros antepasados, desde el año 2.000, dirán.
Mi abuelo, que era muy raro, me contó la tradición de otra forma: si el torero perdía la partida, se le cortaba (al torero) una oreja y, si procedía, el rabo . . Yo reivindico esa tradición; es tan sagrada como otra; hay que respetar todas las opiniones, y eso; ah, y el arte, con medio peso. Un respeto para mi tradición. Saludos al paisano Fernando.
Autor: Sospechoso, celoso de otras tradiciones


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