DORIS MARTÍNEZ FERRERO
Cuando sus ojos fríos e hirientes se clavaron sobre los míos mientras me arrinconaba contra la pared; cuando su mano agarró con rabia mi brazo y cuando con todo su cuerpo me sacó a empujones de su casa, ahí supe que todo se había terminado definitivamente.
No fue un conocimiento explícito y consciente, fue más bien una constatación interior de lo que llevaba meses sabiendo.
Tal vez, en el fondo, hayan sido 42 años de aprendizaje para saber lo que jamás voy a consentir en mi vida; o quizás hayan sido muchas generaciones de conocimiento impregnadas en mis genes las que me ayudaron a tomar una decisión, profunda, rotunda e inapelable.
Porque no es cierto que el sacrificio de generaciones de mujeres anteriores a mi haya sido en vano; porque nos mienten cuando nos hacen creer que repetimos los patrones aprendidos; porque a ellos les interesa que consideremos que nosotras somos culpables de lo que nos ocurre. No es así. La verdad es que de cada experiencia amarga ha surgido una enseñanza positiva; de cada mujer denigrada se ha sembrado una semilla de la que ha surgido una mujer valiente y suficiente.
Y no, no digo que yo sea "esa" mujer valiente; no voy a ser yo quien lo juzgue; pero si es cierto, que ante la primera y única agresión he dicho "basta". Un hombre me agrede una vez porque me coge de sorpresa, pero nunca más lo va a hacer una segunda vez, porque ya no estaré a su lado para comprobarlo.
Luego, después vienen los arrepentimientos; los perdones; el mea culpa, ("aunque tu me provocaste"); los ruegos y las llamadas constantes, incluso de amigos cercanos. Luego llegan las angustias porque pierden "lo que más quieren", pero eso también es mentira, si alguien te quiere no te agrede, no te somete y no acalla tu voz cuando le quieres hablar de lo que piensas.
Bueno, para ser exactos podemos asegurar que es verdad que nos quieren, pero nos quieren mal, y parafraseo un viejo eslogan feminista que decía "no me eches una mano, quítamela de encima".
Además olvidamos que hay cientos de formas de agresión: la humillación sutil; la falta de respeto; los celos enfermizos; los sometimientos graduales y apenas perceptibles llevados a cabo con constancia hasta que empezamos a dudar de nosotras, y hasta que menoscaban nuestra seguridad.
Pero las señales que dan son claras y evidentes, si no las tenemos en cuenta es porque creemos que después de todo "a lo mejor cambian".
Esta es la mentira que nos contamos, un maltratador en potencia que proviene de un machista en acto, no cambia, simplemente se disfraza de hombre arrepentido y bondadoso hasta que cree que ya ha vuelto a recuperar su sitio. Y por supuesto, siempre negará ser ninguna de las dos cosas.
No podemos esperar que se autoinculpen, aunque si podemos constatar que intentarán, por activa y por pasiva, hacernos creer que la culpa, "en cierto modo" es nuestra.
Y menos podemos esperar que no lo vuelvan a hacer. Sólo nos queda irnos.
Yo tengo 42 años, soy periodista e independiente en el sentido más estricto del término. Pero mi última pareja un día me agredió. Hoy él está sólo y yo sigo mi vida. No hay necesidad de explicar lo que desencadenó su terrible reacción, nada justifica la agresión, física o psíquica.
A cualquiera nos puede pasar una vez, pero que sea la última siempre.