04 de septiembre de 2016
04.09.2016
Rincones con encanto

Una alameda sin álamos

El paseo que mandó construir el marqués de Branciforte en 1787 estuvo a punto de desaparecer pero hoy se integra en el proyecto Puerto-Ciudad

04.09.2016 | 04:00
Una alameda sin álamos
Una alameda sin álamos

Fue el primer espacio de ocio que se construyó ex profeso en Santa Cruz de Tenerife para tal fin, para el disfrute y esparcimiento de los vecinos. La Alameda del duque de Santa Elena, como hoy se la conoce, fue plaza, paseo y mirador desde el que observar la actividad portuaria. En ella se plantó diversa vegetación, pero nunca hubo álamos. Estuvo a punto de desaparecer, pero hoy se integra en el proyecto Puerto-Ciudad junto a la Plaza de España.

La Alameda del Duque de Santa Elena, que hoy está prácticamente integrada en el proyecto Puerto-Ciudad ideado por los arquitectos suizos Herzog & De Meuron, junto a la zona de la Plaza de España, fue un paseo de la capital tinerfeña y un lugar de encuentro y ocio de sus vecinos hasta bien avanzado el siglo XIX. El entorno ha sido restaurado en diversas ocasiones a lo largo de su historia, que comienza a finales del siglo XVIII, tras la iniciativa de Miguel de la Grúa Talamanca de Carini y Branciforte, primer marqués de Branciforte y comandante general en la Isla. Las obras, dirigidas por el ingeniero militar Andrés Amat de Tortosa, fueron financiadas por suscripción popular y concluyeron en 1787. "Fue costeada por la generosidad de las personas distinguidas de este barrio, movidas de buen gusto y deseos de reunir su sociedad en tan propio recreo", rezaba una placa conmemorativa que se exhibía allí.

La construcción de la Alameda se llevó a cabo después de que el terreno sobre el que se asienta quedara libre debido a que el proyecto de mercado cubierto que se pretendía levantar en este espacio se descartó en 1775.

El pórtico de tres arcos que hoy se encuentra en uno de los laterales de esta plaza arbolada, es una réplica del original aunque hoy en día ya no cuenta con las puertas de hierro fundido que antaño cerraban el que fue considerado como un mirador privilegiado del acontecer diario de las actividades portuarias, de la llegada de navíos fletados con las mercancías procedentes de América y de la Península así como de las personalidades que desembarcaban en el cercano muelle y que despertaban la expectación de la sociedad civil poco acostumbrada a ver pasear por sus calles a personajes ilustres de un Reino de España que pronto vería perder la mayoría de sus posesiones de Ultramar. Por aquel entonces, el puerto de Santa Cruz de Tenerife apenas era un pequeño espigón que sobresalía de la costa a la misma altura de la Alameda. No hacía falta más, los buques de entonces fondeaban en la bahía y descargaban sus mercancías o pasajeros con la ayuda de botes que los acercaban luego a la costa.

Su nombre original fue el de Alameda Marítima, pero esa nomenclatura oficial fue perdiendo peso entre los santacruceros, que lo cambiaron y la conocieron durante muchos años como Alameda del Muelle, Alameda de la Marina e incluso como Los Paragüitas, como muchos la siguen llamando hoy en día porque allí se habían instalado sombrillas para evitar que el sol molestara a sus visitantes cuando se sentaban o paseaban por el lugar.

No obstante, entre los nombres oficiales que se le dio a este lugar están los de Alameda o Paseo de Branciforte, calle del duque de Santa Elena (en recuerdo de Alberto de Borbón y Castellví, capitán general de Canarias) o Alameda 14 de Abril (1932-1936) hasta que el 5 de octubre de 1936 recuperó su antiguo nombre de Alameda del Muelle, para posteriormente volver a denominarse como Alameda del duque de Santa Elena.

El lugar fue un pequeño jardín público que imitaba aquellos de las grandes ciudades, surgido al abrigo de los gustos de los ilustrados de la burguesía de un Siglo de Oro que estaba a punto de terminar; un sitio acotado por donde pasear acariciado por la brisa que llegaba desde el cercano mar. Sin embargo, casi un siglo más tarde, tras finalizar la construcción de la Plaza de la Libertad -hoy Plaza del Príncipe-, la Alameda del duque de Santa Elena se quedó obsoleta como punto de encuentro de los chicharreros y estuvo a punto de desaparecer en diversas ocasiones.

Hasta 1813 dependió de los capitanes generales, pero en dicho año se transfirieron al Ayuntamiento los derechos sobre la Alameda. El municipio no tenía muchos medios para atender aquel cuidado paseo, llegando un momento hacia 1850, que hasta se pensó en venderlo para almacenes de carbón y dedicar el producto a la construcción del teatro.

El historiador Felipe Miguel de Poggi y Borsotto describe el lugar -en torno al año 1881- "con un largo de ochenta varas y tres paseos para deambular". "La vegetación estaba constituida, en su mayoría, por plátanos del Líbano y algunos tamarindos. Casi al fondo se ubicaba una fuente de mármol blanco de Carrara, procedente de un taller genovés".

La fuente, a pesar del vandalismo sufrido en los últimos años del siglo XX, aún se conserva tras ser sometida a una restauración aunque los tres delfines enlazados por las colas que la remataban desaparecieron sin poderse recuperar.

"Al final concluía el paseo ante una estatua, también de mármol blanco, que representaba -siguiendo el relato de Poggi- una alegoría del tiempo. En el pórtico de tres arcos se situaban también dos figuras marmóleas que representaban a La Primavera y El Verano y que hoy también coronan el arco central.

Pero si la cercanía del mar a esta plaza la hacía lugar de tránsito y paseos agradecidos por la sombra y el aire fresco de la costa, el mismo mar hizo morir a la primera vegetación plantada e el recinto debido al salitre que llegaba con la brisa y que terminó por secar a la mayoría de las especies. Dicha situación se corrigió cuando, con el transcurso de los años, se amplió la zona portuaria ganándole terreno al mar de tal forma que la Alameda se alejó, sin moverse nunca de su sitio, del Océano Atlántico.

Durante las postrimerías del siglo XX, la plaza contó con un quiosco que siempre estaba concurrido y que también asumía el cariñoso nombre de Los Paragüitas. Tras una remodelación del entorno, el lugar quedó sin negocios hosteleros, a pesar de que se construyó una infraestructura para tal fin. El elevado canon exigido por el Ayuntamiento hizo que no se interesaran empresas en abrirlo, hasta que hace escasos años se concedió una licencia de explotación de negocio tras rebajar el precio estipulado por la Corporación municipal.

En la reforma se instalaron columpios como un atractivo más del lugar con el que atraer a los más pequeños de la casa. Así, hoy este espacio es compartido por varias generaciones de santacruceros que lo disfrutan a diario.

Desde cualquier lugar de la Alameda se pueden observar los edificios del Cabildo, de Correos o el del Real Casino, en cuyos bajos está el bar Atlántico, otro establecimiento emblemático de la zona y en cuya terraza estuvo el pasado mes de junio el presidente en funciones, Mariano Rajoy, quien había viajado a la Isla para ofrecer un mitin de la última campaña electoral. Aquella tarde jugaba la selección española de fútbol en la Eurocopa y el aún inquilino de la Moncloa se detuvo allí para ver el partido junto a representantes de su formación.

La Alameda también se ha convertido en la actualidad, y solo en determinadas fechas del año, en espacio de ferias, exposiciones y mercadillos que atraen a miles de vecinos de la capital y otros lugares de la Isla. Y aunque ya no es mirador privilegiado desde el que observar la actividad del puerto, son miles los pasajeros de cruceros o de los ferrys que, tras desembarcar, pasan a diario por aquí.

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