Rincones con encanto

El oasis de La Victoria

Esta barriada a un lado de Tres de Mayo esconde en los patios interiores de los bloques jardines que miman los vecinos, un ejemplo de cómo la voluntad popular puede embellecer la ciudad

28.08.2016 | 05:10
El oasis de La Victoria

La barriada de La Victoria alberga un encanto prácticamente desconocido para muchos chicharreros. Situado en pleno corazón de la capital, entre la Avenida Tres de Mayo y el Heliodoro Rodríguez López, este pequeño enclave guarda las formas de un pueblo en el entorno propio de una urbe, un ejemplo de cómo la voluntad colectiva puede embellecer la ciudad. El centro neurálgico de su actividad pasa por la Plaza de La Victoria, coronada por la parroquia de Santo Domingo de Guzmán. Sin embargo, mucha parte de su encanto reside cerca de los bloques de viviendas, en los patios interiores decorados y cuidados por los propios vecinos con esmero.

Sus inicios se remontan al final de la Guerra Civil, entre 1939 y 1940, cuando el Mando Económico de Canarias destinó fondos públicos para la construcción de viviendas individuales para los heridos de guerra. Los mutilados, como son conocidos popularmente, se situaron frente a los terrenos que rodeaban la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, que servían a los niños de aquel entonces de patio de juegos.

Mucho ha cambiado la zona, a la que se incorporaron más tarde los bloques de viviendas que acogen a la mayor parte de sus residentes. El más claro de los ejemplos lo protagoniza el antiguo terreno, ahora convertido en La Plaza de la Victoria, punto neurálgico de la actividad de esta coqueta barriada.

Bajo la sombra de los árboles que pueblan la plaza se dan cita cada día las diferentes generaciones de vecinos. En ella podemos encontrar espacios abiertos para que los más pequeños puedan jugar, numerosos bancos que invitan al transeúnte a descansar por unos momentos o un circuito de maquinas para ejercitarse en la calle. Diego Duboy, presidente de la asociación vecinal La Victoria-Tagoror, recuerda los tiempos en los que aquí "jugaba al fútbol con otros niños de la zona, apartando las piedras para crear el campo". Hijo de una de las primeras familias que habitaron estas viviendas, se deshace en elogios ante la belleza de un rincón olvidado por el resto de santacruceros.

"Si nos remontamos simplemente 20 ó 30 años atrás, esto alrededor eran todo fincas con plataneras" explica Duboy, que ha vivido todos los cambios producidos en la zona. Luego, continúa: "La incorporación de los nuevos edificios ha aumentado considerablemente el numero de habitantes en el barrio".

Nace aquí la particularidad de este espacio. Mientras que el desarrollo de la ciudad acabó con el legado tradicional de los antiguos asentamientos capitalinos y su sentido de comunidad, La Victoria se desmarcó de esta tendencia para crear su propio estilo. Este bebe del trabajo de los propios resodentes, que se han mantenido unidos durante todo este tiempo y han trabajado conjuntamente para preservar la belleza de los espacios que les rodean.

Cerca de la parroquia

La máxima expresión de esta labor la podemos encontrar en los patios interiores de los edificios próximos a la parroquia. En ellos se esconden pequeños oasis de paz que hacen olvidar por un momento que nos encontramos en el corazón de Santa Cruz.

Justo detrás del edificio religioso, bajo el nombre de Plaza de Magallanes, se encuentra uno de ellos. Allí, lo primero que llama la atención es la presencia de dos árboles de grandes dimensiones que abastecen de sombra a todo el patio. A su alrededor, bancos y grupos florales invitan al transeúnte a detener el paso y disfrutar del canto de los pájaros que revolotean sobre sus cabezas. "Antes era simplemente un solar donde los niños jugaban a la pelota pero varios vecinos se han dedicado a mejorar su aspecto", indica Diego Duboy. Además, esta plaza cuenta con dos pintorescos elementos decorativos: un ancla y una antigua máquina de respiración para buzos. Son restos de la relación que mantuvieron los vecinos de esta zona con los cercanos barrios pesqueros de El Cabo y Los Llanos.

Antes de la creación de la Avenida Tres de Mayo, puntualiza Duboy, únicamente existían dos caminos: "El camino de Marte y el de La Salle". "La comunicación se basaba en esas dos calles, lo que creaba una estrecha relación entre los vecinos de ambos barrios, llegándose a dar el caso de pescadores que vivían aquí y bajaban luego a El Cabo o Los Llanos".

Más arriba, en dirección al Centro de Salud, nos encontramos con otro de los patios interiores: la Plaza Alcalá Galeano. Esta se encuentra flanqueada por el grupo de las cuarenta viviendas, más conocidas por El barco. La razón se debe a su parecido con una embarcación y a la tradición vecinal de decorarlo durante las fiestas con motivos marítimos. Tanto fue así que un ilustre vecino ya fallecido, conocido por todos como Santiago El del carrito, solía hacer las veces de capitán.

Esta plaza debe su aspecto actual a Elías Gonzalo, residente del barrio. Él fue el cabecilla del movimiento vecinal que decidió participar activamente en la mejora del aspecto del lugar, que contó a su vez con el apoyo de la Refinería de Cepsa, que brindó los materiales necesarios. "Este barrio siempre ha tenido una estrecha relación con la Refinería, principalmente porque aquí residían muchos empleados. Uno era soldador, otro mecánico, otro fontanero... Entre todos se hizo la plaza", detalla Duboy.

Ahora, el patio interior destaca por la fuente que tiene situada en el centro, diseñada por Aquirino Torres, célebre pintor fallecido en los últimos años. Alrededor de esta se dibuja un jardín circular que separa las viviendas de los espectáculos de luz y agua del fontanal. En este encontramos diferentes grupos florales y árboles, entre los que destacan dos dragos canarios.

Una carreta de florero

A su vez, dentro del paisaje vegetal encontramos variados utensilios y pequeñas construcciones convertidas en hogar de la flora del lugar. Los que más destacan, por su óptimo aprovechamiento decorativo, son una antigua carreta hoy convertida en florero y un falso pozo. El primero de ellos pertenecía a la Refinería y servía como medio de transporte del equipo de bomberos. El segundo pertenece al elenco de detalles escondidos entre los árboles de la plaza, entre los que podemos encontrar hasta una placa dedicada al antiguo jadinero que cuidaba del rincón.

En defintiva, pasear por la barriada de La Victoria supone atreverse a redescubrir un rincón transitado por todos pero explorado por pocos y disfrutado por muchos menos. Un remanso de tranquilidad en medio del bullicio santacrucero que ha sido posible gracias al esfuerzo y dedicación de sus habitantes. Es un trabajo que ahora encuentra el apoyo del Ayuntamiento, tras la reclamación hecha por la Asociación de Vecinos, que recordó al anterior alcalde del municipio, Miguel Zerolo, la necesidad de emplear operarios públicos para el mantenimiento de estos espacios, ya que el nivel de complejidad de las instalaciones y el hecho de que muchos vecinos ya están mayores imposibilita que se mantenga la misma dinámica.

En un barrio tan independiente respecto de las autoridades públicas a la hora de solucionar sus problemas, aún quedan ciertas reclamaciones pendientes. Una se relaciona directamente con la organización vecinal, que no dispone de un local propio para reunirse y organizar actividades.

A pesar de haber recordado al Consistorio numerosas veces tal necesidad, esta aún no se ha cubierto. La otra tiene que ver con los grupos de viviendas y la ausencia de ascensor en estas. Las personas que en ellos habitan son en gran parte mayores, que se encuentran con dificultades a la hora de realizar tareas cotidianas como subir la compra o reponer la bombona de butano, aunque desde la dirección de la Asociación de Vecinos ven difícil que esto se pueda solucionar pronto, con lo que lo contemplan como un objetivo a largo plazo.

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