Rincones con encanto Plaza de San Francisco

Entre burguesía, fe y modernidad

El espacio peatonal junto a las calles Villalba Hervás y Ruiz de Padrón huele a historia por sus cuatro esquinas

21.07.2016 | 13:51
Entre burguesía, fe y modernidad
Entre burguesía, fe y modernidad

La plaza de San Francisco es un pequeño recoveco de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife que compagina historia, cultura, religiosidad y actividad comercial. Lo antiguo y lo moderno se dan la mano, pero sin demasiada complicidad, ocupando hoy la mayor parte del lugar las terrazas de las tascas que se llenan de clientes a partir del mediodía. Este pequeño remanso de paz, de arbolado centenario, por el que ya no transitan coches sobre sus vetustos adoquines, es un espacio cuadrangular que rezuma tranquilidad aunque esté situado en el mismo centro de la capital. El lugar parece pertenecer a otro tiempo, como si su reloj se hubiera detenido y no quisiera participar del bullicio y las prisas de la vida contemporánea que la rodea. Es curioso cómo el ruido de la ciudad se apacigua aquí para convertirse en un armonioso murmullo cuando sopla la brisa y mece las ramas y raíces aéreas de los ficus elastica -árbol del caucho o gomero-. Ese arrumaco vegetal, casi hipnótico en una calurosa tarde de verano, solo se interrumpe de vez en cuando con las conversaciones que vienen y van entre clientes de los negocios de restauración.

Durante la mayor parte del tiempo, si no llueve, se percibe esa sensación de quietud en este rincón urbano que solo es interrumpido en un par de ocasiones al año: cuando con estrepitoso ruido se festejan los Carnavales en la calle y le caen de lleno cientos de decibelios de atronadora música, miles de litros de bebidas derramadas de vasos que se mueven al son de la salsa, el merengue o la pachanga o, lo que es peor, cuando el alcohol ya ha sido digerido y el homo carnavalensis micciona en los alrededores sin el más mínimo reparo cívico. De resto, solo se logra romper esa placentera monotonía de la plaza con el repicar de las campanas de la parroquia de San Francisco de Asís cuando llaman a misa, o con los vítores de familiares y amigos que se congregan en su pórtico para recibir a unos novios recién casados un fin de semana cualquiera.

Pero este apacible espacio ha sido protagonista en otros tiempos de algaradas provocadas por conflictos relacionados con el "pleito insular" o escenario del asesinato a tiros del presidente de la antigua Audiencia Provincial, José Ramón Fernández Díaz, al regresar de noche a su casa el 9 de octubre de 1935. Aunque fue llevado a la antigua casa de Socorro, en calle José Murphy, a escasos metros de ese antiguo Palacio de Justicia, murió minutos después.

La plaza de San Francisco debe su nombre a la parroquia, que formó parte del antiguo convento franciscano de la orden tercera de San Pedro Alcántara, que se fundó en 1677. Menos de dos siglos después fue expropiado con la desamortización del entonces ministro de Hacienda Juan Álvarez de Mendizabal, en 1836. Aquella enorme propiedad no solo abarcaba toda la manzana que está por encima de la plaza y en la que hoy se encuentra la iglesia, la sede provincial del Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC), la Biblioteca y el Museo Municipal, sino que se prolongaba hasta la actual plaza del Príncipe, que era entonces la huerta del convento. Hoy solo queda, como testimonio de la presencia de la congregación, una pequeña capilla que es cuidada por cuatro de sus miembros.

El padre Macario Martínez es uno de estos frailes. Explica que la capilla no se la pudieron quitar a la congregación "porque los frailes se la habían dado a los terciarios de San Pedro Alcántara, que son seglares". "Luego entregaron la capilla al Obispado, que la devolvió a los franciscanos", señala. En su retablo se encuentra la imagen del Señor del Huerto, una obra de la escuela genovesa muy venerada en la ciudad. Además, contiene unas pinturas muy valoradas de Juan de Miranda y que representan el Vía Crucis.

La iglesia está considerada, desde 1869, como la segunda parroquia más importante de la ciudad, tras la parroquia matriz de la Concepción. Está catalogada como uno de los mejores ejemplos de arquitectura barroca en Canarias y también es uno de los templos más ricos en arte sacro del Archipiélago. En su interior se encuentra el Señor de las Tribulaciones, también conocido como el Señor de Santa Cruz, muy venerado de la capital.

La plaza está delimitada al norte por los edificios de la iglesia y el TSJC, por debajo discurre la calle San Francisco y por los flancos corren perpendiculares la calle de Villalba Hervás, antes calle El Tigre hasta 1899, y la de Ruiz de Padrón, una calzada peatonal que discurre sobre el barranquillo de San Francisco, cubierto en 1863 cuando el farmacéutico José Suárez Guerra (1825-1913) era alcalde de la ciudad. No en vano su casa limitaba con dicho barranquillo, justo con la esquina de la calle San Francisco, vía que también era conocida antiguamente como calle Real hacia Paso Alto, o más popularmente, calle de los Balcones, por la cantidad de este tipo de elementos voladizos que existían hasta que una ordenanza municipal limitó su número y distancia respecto de las fachadas para evitar la propagación de incendios, toda vez que estaban construidos en madera. Dicha vía nacía en la actual calle de Cruz Verde y era la más larga de la ciudad y en la que más vecinos habían empadronados.

El empedrado que bordea la plaza es reminiscencia de los antiguos adoquines con los que se realizó dicha calzada en 1780. Por ellos trotaron caballos y mulas que tiraban de carros cargados con las mercancías que llegaban al Puerto y se repartían luego entre los comercios de la floreciente ciudad.

El conjunto de la plaza de San Francisco sirve de nexo entre calles comerciales del centro y el barrio más antiguo de la ciudad, el Toscal. En este espacio aún se conservan casas señoriales y de la burguesía del siglo XVIII y XIX y en una de ellas, que angula con Milicias de Garachico, mantiene las defensas de madera que se colocaban en las esquinas de las viviendas para que los carruajes no las dañaran cuando maniobraban para hacer un giro. Aunque lo habitual era colocar cañones de bronce en desuso, enterrados en el empedrado, pero de éstos ya no se conserva más que alguna imitación en madera.

La plaza ha sido, además, aprovechada para que la ciudad rinda honores a algunos de sus próceres. En los trozos ajardinados centrales se erigen dos bustos: el del "maestro de periodistas" y político, Patricio Estévanez Murphy (1850-1926), y el del doctor Santiago Beyro Martín (1859-1926), párroco de esta iglesia y gran orador con sus sermones desde el púlpito así como en las fiestas más solemnes de la urbe: a primeros de mayo, con motivo del Día de la Cruz, y a finales de julio, por el Día de Santiago.

El 'Padre' de la ciudad

En el centro mismo de la plaza está reservado para una figura tallada en bronce, a tamaño casi natural, de José Murphy y Meade (1774-1841). El político liberal fue apodado como Padre de Santa Cruz de Tenerife, ya que logró como diputado en Cortes que la ciudad se convirtiera capital uniprovincial de Canarias a partir de 1822, como defendía la burguesía santacrucera. Ese cambio administrativo, que se tradujo también en florecimiento económico, le causó no pocos enemigos entre las clases dirigentes de La Laguna y de Las Palmas de Gran Canaria. No obstante, no sería este asunto el que más problemas le causó, sino su decidido rechazo a que se pusiera punto y final al periodo constitucional del reinado de Fernando VII para dar paso a una década absolutista. Su oposición le sirvió para que un tribunal lo condenara a muerte en 1826, lo que le llevó a exiliarse en México hasta la amnistía general de 1837. Poco después fue nombrado cónsul general de España en México donde murió cuatro años más tarde en la más pura de las miserias.

Frente a la plaza se encuentran aún algunas de las casonas más antiguas de la ciudad, de principios del siglo XVIII. Una de ellas, que data de 1702, conserva su torreón, tan típico de las casonas santacruceras pegadas al puerto. Desde ellos se vigilaba ante un eventual ataque de barcos moriscos, y dar la voz de alarma, o lo que era más habitual, para observar la llegada de barcos cargados con mercancías. Cuando se vislumbraban por el horizonte, los comerciantes más avispados salían en barcas de remos antes de que atracara para comprar parte o toda la carga que trajera, pues si así se hacía, el flete salía más barato y rentable para luego ponerlo a la venta en las tiendas de la entonces villa y puerto de Santa Cruz de Santiago de Tenerife.

Quien relata esto es Juan Carlos Cardell Cristellys, cuya familia ha vivido desde 1914 en este antiguo inmueble en el que se encontraba la farmacia Cristellys hasta que cerró sus puertas en 2002 para abrir al poco tiempo una tasca, La Rebotica, de la que se encarga en la actualidad su hijo, Pedro David Cardell Bilbao. Explica que la casona perteneció a la familia Rivas, que por vínculo se fue heredando entre los primogénitos de esta estirpe entroncada luego con la de los Monteverde. Esta familia ya era propietaria de la casona en la época de la gesta del 25 de julio 1797, cuando las tropas mandadas por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero venció a la escuadra comandada por el contraalmirante Horacio Nelson.

En 1835, una ley derogó la costumbre de que los primogénitos heredaran la totalidad de las propiedades familiares, por lo que una de las hijas de Antonio Monteverde dispuso de la mitad de la herencia, conteniendo en ella esta casona. En la década de los cincuenta del siglo XIX, se la alquiló a Manuel J. Suárez y Gómez, padre de José Suárez Guerra y, treinta años más tarde, la compraría finalmente. José Suárez Guerra estableció su farmacia en el bajo de la edificación y cuando murió sin descendencia, su viuda vendió la propiedad al bisabuelo de Juan Carlos Cardell Cristellys.

Cuenta Cardell Cristellys -autor de cinco libros y miembro de la Tertulia Amigos del 25 de Julio- que , a los dos años de que su familia la adquiriera, sufrió un incendio y se destruyó una parte de la misma, justo una esquina que da hacia la calle San Juan Bautista. Relata que la casona "es más antigua incluso que la torre del convento franciscano" y para él "esta casa fija el comienzo del barrio del Toscal o de las toscas".

En un caserón aledaño, que ya no existe, vivió durante unos meses don Enrique de Borbón-Dos Sicilias cuando fue desterrado en 1864 por decreto del gabinete que presidía Narváez. El nieto de Carlos IV y primo a la vez que cuñado de Isabel II, se vio obligado a un exilio forzado por su participación en revueltas contra la propia monarquía. Pero a pesar del destierro conservó su título de capitán general y fue recibido en el puerto santacrucero con la dignidad de un Príncipe de Asturias: con 21 cañonazos de salvas y recepción de las autoridades civiles, militares y religiosas en la capital.

Cardell Cristellys comenta que la de San Francisco es de las plazas más antiguas de la ciudad y la única en la que existe vegetación. "Ni en la plaza de la Concepción, ni la de La Pila (actual plaza de Candelaria), tiene verde" y añade que "los ficus centenarios de San Francisco fueron donados por Anselmo J. Benítez, que fue teniente alcalde, siendo plantados alrededor de 1890".

Relata que sobre la torre del convento franciscano existía una imagen de mármol de una Inmaculada Concepción, pero un vendaval la tiró al suelo de la plaza rompiéndose en pedazos. Entonces hubo una cuestación popular organizada por el Obispado para sustituirla y se encargó a un taller de París que elaboró una imagen de hierro fundido que pesa cerca de 300 kilos. Su elevado peso impidió subirla a lo alto de la torre y hoy está colocada en una ornacina, sobre el pórtico principal de la iglesia, sustituyéndose la anterior imagen de San Pedro Alcántara. En el lugar en el que estaba la imagen original se colocó un pararrayos, y existe la anécdota de una señora que escribió una queja entonces, a principios del siglo XX, en la que expresaba que "cómo era posible que una parroquia tan importante como la de San Francisco no estuviera rematada por una cruz sino coronada por la cola del diablo".

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