Rincones con encanto

Entre fruta tropical y espuma de mar

Unas 600 personas residen en Igueste de San Andrés, un pueblo pintoresco y privilegiado por el clima y un paisaje natural que forma parte de la Reserva de la Biosfera del Macizo de Anaga

15.07.2016 | 17:24
Algunos de los vecinos de Igueste de San Andrés, entre ellos Isaac Rodríguez, Lari Aguilar, Ricardo Suárez o Águeda Cruz.
Entre fruta tropical y espuma de mar

Cuando la plaza de la iglesia de San Pedro Apóstol se engalana con banderas para celebrar las fiestas del Santo patrón a finales de junio, los vecinos que viven en este rincón de la capital tinerfeña saben que no ha de tardar mucho tiempo en que el viento comience a soplar, desde la cumbre hacia la costa silbando por el barranco de las Sombras; desde el Caserío de Las Casillas y desde más arriba. El aire fresco se cuela entre las montañas del Macizo de Anaga para llegar a este núcleo poblacional pegado a la costa, con casas y huertos que salpican ambos lados de un barranco que serpentea entre laderas rocosas en forma de cuña para abrirse luego al mar en playas y calas sobre las que baten con brío las olas. Un enclave así, casi mágico para el visitante y del que presumen con orgullo sus apenas seiscientos vecinos, solo puede llamarse, y ser, Igueste de San Andrés.

Del origen de su nombre hay controversia porque incluso Igueste se ha escrito con "h" en algunos textos antiguos. Unos dicen que es "topónimo guanche", otros que proviene de las "higueras" que abundan en la zona, y hay también quien afirma que es un canarismo que ha resultado, como tantas veces han hecho los isleños, de adaptar la palabra inglesa "highest", que significa "más alto". En este caso, "más alto que San Andrés". De esta población hay noticias desde al menos el siglo XVI, pero es posible que antes de la llegada de los conquistadores a la Isla, la zona ya fuera un asentamiento guanche, como demostrarían los restos que hace años se hallaron asociados a los aborígenes.

En Igueste de San Andrés predominan los Álvarez, los Suárez, los Cruz, los Vera, los León y los Melián, entre otros apellidos. Pero cada vez hay menos personas en este reducto de paz. Tanto es así que a su colegio solo van seis alumnos.

En apenas una década y media, este núcleo que forma parte del Parque Rural de Anaga, declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en junio del año pasado, ha perdido la mitad de su población, sobre todo jóvenes que se han marchado a la ciudad, que está a apenas unos 20 minutos en coche, para trabajar y residir pues en Igueste de San Andrés "construir una casa es imposible por la normativa protectora de espacios naturales", señalan al unísono un grupo de vecinos que este jueves pasado celebraban el día de San Fermín en el local de la Asociación de Vecinos Haineto Príncipe de Anaga.

La fiesta la hacían no porque le rindan una especial devoción al Santo de los pamploneses, sino porque uno de sus vecinos, Fermín León, les convidaba a una merienda a base de chocolate caliente, bizcochos y otros dulces.

¿Chocolate caliente en pleno mes de julio? Sí, a esa hora de la tarde se dejaba sentir el fresco que venía acompañado de unas nubes casi negras que se asomaban sobre las montañas, a modo de espesa muralla: "Eso es que viene viento y agua", repetían los lugareños tras superar la timidez con la que se mostraban en un principio ante la llegada de un periodista y un fotógrafo a su pueblo, aunque bien es cierto que Samuel Suárez, un joven de 28 años que fue presidente de esta Asociación de Vecinos, hizo de anfitrión en la visita y supo romper el hielo.

A partir de ese momento los vecinos se entregaron a describir las maravillas de este valle privilegiado por un clima que es capaz de sacar de la tierra papas, batatas, millo, habichuelas, coles, lechugas y pimientos, pero también plátanos y frutas tropicales como el mango, aguacate, papaya, mamey, guanaba y hasta lichis, una fruta carnosa originaria del sur de China, que planta el propio Fermín León en sus huertos.

"El clima aquí es muy favorable por las corrientes de aire y la humedad que llegan desde las montañas, pero también por el sol y la brisa del mar, que está muy cerca", señala.

Pero si la tierra brinda semejante variedad de productos, del mar también presumen los de Igueste de San Andrés llegando a decir que tienen "las mejores olas de izquierda de toda la Isla" y un "pescado de gran sabor, sobre todo viejas".

La costa está formada por unas calas que conocen como el Porís, ideal para pescar y donde se forman unas pequeñas piscinas naturales con la marea baja. Al lado, la zona de los barquitos y el varadero, que tiene el inconveniente de estar junto al emisario, lo que provoca malos olores y que en ocasiones se ha prohibido el baño. Al lado de éstas, y en dirección a San Andrés se encuentra la playa de El Cabezo y la playa del Llano, cerrada esta última en 2010 por desprendimientos.

La apertura de esta playa es una de las principales demandas de los vecinos, que señalan que aunque hace años se presupuestó su arreglo en unos 425.000 euros, nada se ha hecho. "Se tiran la pelota unos a otros". "Desde el Ayuntamiento dicen que no es competencia suya, que es de Costas, y así llevamos seis años sin disfrutar de la playa a la que venía mucha gente, muchos turistas", destaca una de las vecinas.

"Como en Igueste no se vive en otro sitio", refiere Marina Vera, una mujer que nacida aquí, como sus padres y generaciones anteriores que se pierden en su memoria. "No cambio por nada del mundo ni su clima ni su tranquilidad", incide.

Águeda Cruz también nació en Igueste de San Andrés, como sus antepasados. Y al igual que el resto de vecinos reclama una solución para reabrir la playa del Llano. "Las administraciones deben ponerse de acuerdo ya", sentencia.

"Quizás aquí seamos pocos vecinos como para comprometer una inversión de esa magnitud o quizás falte voluntad política", sugiere Lari Aguilar, una mujer que aunque no nació en este lugar se mudó aquí hace 15 años. Añade que "Igueste está olvidado por todos", argumento con el que parecen estar de acuerdo el resto de personas que se congregaban en la asociación de vecinos. "Los caminos están levantados y hay muchas cosas que deberían arreglarse. Me encanta este sitio, pero da pena cómo lo han abandonado las instituciones", reitera.

Isaac Rodríguez nació en este pueblo hace 61 años. "Que yo recuerde, toda mi familia es de aquí: mis padres, mis abuelos y antepasados". "Antes la gente se dedicaba al campo, a lo que sembraba, a las vacas y las cabras, pero ahora eso ya no da para vivir". "No hay apenas ganado, más que algunas cabras que tiene un señor, y el campo está prácticamente abandonado, salvo algunos pequeños trozos de tierra".

Argumenta que parte del abandono se debe a las restricciones que la normativa establece para construir casas en la zona al tener que dejar una importante cantidad de metros cuadrados entre una y otra casa, entre calles y el barranco. "Así, es normal que nadie quiera construir para quedarse a vivir aquí. Al final, todo esto desaparecerá cuando ya no estén los viejos".

Los vecinos se quejan de las dificultades que tienen para llevar su modo de vida con normativas como la Ley de Costas y las regulaciones del Parque Rural. "Nos encontramos en un asentamiento que está en medio de una zona protegida que protege al medio, pero no a las personas que siguen viviendo y se ganan la vida de forma tradicional". Y añaden: "Parece que Igueste no existe, todo llega hasta Las Gaviotas, y desde ahí para acá, no existimos".

Ricardo Suárez también es oriundo de este pueblo y también recuerda cómo se ganaba la vida antaño, cuando cuidaba de las vacas, trabajaba en las huertas y más tarde en el muelle. Era una época en la que ni la luz ni el agua habían llegado a Igueste de San Andrés. Fue en 1977, recuerda, cuando por fin conectaron ambos servicios.

El pueblo aún conserva los cuatro grifos públicos entre sus calles, de donde se recogía el agua para llevarla a casa. "Y teléfono solo había uno en una casa que, cuando se necesitaba, lo usábamos todos". Entre sus recuerdos también está la cantidad de veces que tuvo que caminar desde San Andrés hasta Igueste porque no habían guaguas a determinada hora de la tarde tras salir de su trabajo en el Puerto capitalino, o cuando llevaba a San Andrés los productos que cultivaba y le compraba Natividad o, tiempo después, su hijo Miguel", rememora.

Pero Igueste de San Andrés goza también de fama al tener el único cementerio de la Isla al que no se puede llegar en vehículo, solo a través de una estrecha vereda pavimentada al estilo de las aceras y que dista medio kilómetro de la iglesia. Los difuntos son llevados a hombros por el empinado Paseo Inciensal hasta llegar a este camposanto, que fue construido en 1896 y que es especial también por otra razón: no está cerrado en todo su perímetro por muros. Una puerta de forja pintada de verde cierra el lugar y mientras en el lado de la montaña se distribuyen los nichos, mientras que las tumbas más antiguas se sitúan en el suelo; por el lado que da hacia el mar, el cementerio queda completamente abierto, como si se hubiera pretendido no privar a los difuntos, durante su eterno descanso, de la vista del océano en primer término, de Santa Cruz de Tenerife en el frente y, al fondo, de la clara silueta del Teide que se erige majestuoso como si tocara el cielo.

La iglesia de San Pedro se terminó de construir en 1909 pero no sería hasta mediados de los años sesenta del pasado siglo -según relatan los vecinos- cuando terminó de construirse el torreón. En el interior de la iglesia está la imagen de San Pedro ataviado con los ropajes del apóstol, a diferencia de otras tallas que lo representan sobre una silla catedralicia y con los ropajes de la dignidad del primer obispo de Roma. También se encuentra una imagen de la Virgen del Carmen, copatrona del lugar como no podía ser de otra manera en un pueblo que limita con el mar, pero si hay dos tallas que merecen la pena ser tenidas en cuenta son un San Martín de Porres tallado en una pieza única de madera y donado en 1974 por una familia de República Dominicana y, sobre lo alto de la Sacristía, un Cristo Rey que emula al famoso Cristo del Corcovado, en Brasil.

Desde hace muchos años, Milagros Álvarez es la encargada de guardar las llaves de la iglesia de San Pedro Apóstol, motivo por el que Samuel Suárez bromeaba diciendo que "San Pedro tiene las llaves del cielo y Milagros tiene las de San Pedro".

Sobre los riscos que dan al mar se encuentra el famoso "Semáforo de Anaga", un antiguo sistema de señalización marítima que se comenzó a construir en 1880 en lo alto de la montaña y que avisaba al puerto de Santa Cruz de las embarcaciones que estaban a punto de llegar a sus muelles, pero también para controlar las actividades de contrabando. Fue un artilugio que estuvo operativo hasta 1971 y que se puede visitar a través de una vereda de tierra.

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