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Un momento vital 

La tragedia de dos tinerfeños en alta mar

 16:21  
A la izquierda, Imeldo Barreto León, conocido como El Pescador de Punta Hidalgo, junto a Epifanio Perdomo López, oriundo de Taganana y popularmente bautizado como El Ahogado, esta semana en la plaza de España de Santa Cruz.
A la izquierda, Imeldo Barreto León, conocido como El Pescador de Punta Hidalgo, junto a Epifanio Perdomo López, oriundo de Taganana y popularmente bautizado como El Ahogado, esta semana en la plaza de España de Santa Cruz.  delia padrón

Esta es la historia de los tinerfeños Imeldo Barreto y Epifanio Perdomo, que sobrevivieron al hundimiento del mayor carguero del mundo y navegaron a la deriva 19 días

LAURA DOCAMPO | SANTA CRUZ DE TENERIFE Han pasado 35 años desde aquel fatídico día y, sin embargo, los tinerfeños Epifanio Perdomo López, El Ahogado, como lo llaman en Taganana, e Imeldo Barreto León, El Pescador, como lo conocen en Punta del Hidalgo, no dejan de emocionarse al relatar los detalles de la hazaña que vivieron tras el hundimiento del mayor carguero del mundo en aquel entonces. Perdomo reconoce que antes de aquella catástrofe, que sepultó en alta mar a otros diez canarios y a una veintena de tripulantes de distintos países, "vivía muy rápido", pero tras pasar 19 días a la deriva, sin agua, comida o ropa con la que protegerse, aprendió a "ir a otro ritmo" y a "vivir lentamente". A Barreto se le quiebra la voz una y otra vez, y se le empañan los ojos al recordar el milagro que hizo que su pequeño cuerpo escapara de la descomunal fuerza del buque en su camino hacia el fondo del océano.

Eran las cuatro de la tarde del 30 de diciembre de 1975. El sol todavía estaba alto sobre el Pacífico. El capitán había mandado a que se soldara una gran superficie de la cubierta. Imeldo y Epifanio miraban de reojo a las chispas que saltaban de la soldadura desde la zona de popa del Berge Istra, el buque más grande de la naviera noruega Bergesen, de 315 metros de eslora y más de 50 de manga. El gigantesco carguero era 40 metros más largo y 20 más ancho que el Titanic, y se mantenía a flote pese a que, con sus tanques de carga llenos, alcanzaba las 220.000 toneladas, algo así como lo que pesarían 31 torres Eiffel y 11.000 guaguas.

12 tripulantes isleños

El Berge Istra había zarpado de Brasil ocho días antes y navegaba con bandera liberiana hacia Japón. A bordo viajan 31 tripulantes provenientes de Noruega, Suecia, Bélgica, Brasil, Yugoslavia y Canarias. La mayoría de los doce isleños eran avezados marineros que hacía mucho tiempo que recorrían el mundo por mares y océanos. Imeldo Barreto, en concreto, llevaba 12 años trabajando en distintos barcos. Hijo y nieto de pescadores, mientras pudo se ganó la vida con una pequeña embarcación, el bote San Juan, con la que salía a faenar desde Punta Hidalgo hasta conseguir lo necesario para mantener a su esposa y sus cuatro hijos. Pero la pesca artesanal no daba para mucho. En los cargueros, el trabajo era sacrificado, pero más rentable. Eso fue lo que atrajo también a Epifanio Perdomo, oriundo de Taganana, casado y con diez hijos. Él no sentía ninguna pasión por el mar, como Imeldo, pero hacía un año que había picado el anzuelo de los tentadores sueldos que ofrecía el transporte marítimo de carga.

A las cuatro en punto, Epifanio relevó a Imeldo en la guardia de cubierta. El barco acababa de ser pintado. El sol de media tarde pegaba con fuerza, encandilando a los marineros, mientras el Berge Istra surcaba un mar absolutamente en calma con todos sus tanques llenos de minerales. Quedaba sólo un metro de soldadura para terminar el arreglo cuando, de repente, "se oyó una especie de bufido (…) o bocanada de aire surgida de lo más profundo, que estremeció el barco. A continuación se produjo una tremenda explosión, seguida de un chorro de humo negro tirando a azul y una llamarada amarilla, que se elevó hacia las alturas por encima del puente, envolviendo el barco por la popa y banda de babor", detalla José Delgado Díaz en su libro La tragedia del Berge Istra.

La cubierta se inundó de gigantescas lenguas de fuego y una nube de denso humo negro convirtió aquella tarde en noche. La exposición hizo que el barco se escorara hacia una banda, desplazando la carga y provocando un gran estruendo a partir del cual el buque se resquebrajó. Epifanio e Imeldo, junto a otros dos compañeros canarios, controlaron como pudieron el pánico, que mantenía inmóviles a los otros tripulantes, y corrieron a desatar una de las balsas amarradas en cubierta.

Todo se precipitó muy rápido. Se resbalaban mientras la fuerza del agua devoraba la popa y levantaba la proa. El hundimiento era inevitable y se aferraban a una baranda para evitar caer desde los más de 200 metros de altura sobre los que se alzaba el barco por fuera del agua, mientras la popa se hundía en el mar. Veían cómo, a su lado, caían algunos de sus compañeros y cómo a otros los golpeaban enormes piezas que se desprendían del buque. Una de esas piezas golpeó a Epifanio.

Imeldo resistió como pudo hasta que el agua lo cubrió todo. Entonces, la fuerza de succión del coloso generó una turbulencia –conocida por los navegantes como sifón– que lo arrastró muchos metros bajo el mar. La presión de la profundidad estuvo a punto de reventarle los tímpanos. "Era imposible que yo saliera con vida", se cuestiona ahora Barreto con los ojos cargados de lágrimas. Pero de pronto, en aquel preciso instante, ocurrió lo que muchos creen que fue un milagro: las ganas de vivir de un hombre hicieron que sus brazos fueran más fuertes que la atracción hacia el fondo de miles y miles de toneladas.

El hundimiento

Cuando por fin salió a la superficie, la postal era desoladora. No quedaba nada. Todo se lo había tragado el agua. "El mar parecía chocolate por la mancha negra que había dejado la carga del mineral que se había esparcido", puntualiza Barreto. Sobre el agua negra flotaban algunos restos del material que estaba en cubierta, chalecos salvavidas y la balsa. Nada más. Imeldo nadó más de 50 metros hasta llegar a la balsa, una plataforma de corcho de tres metros cuadrados que era su única salvación. Una vez arriba vio que justo al lado alguien flotaba boca abajo. Lo levantó y le hizo respiración boca a boca hasta que consiguió reanimarlo. Ya no estaba solo. Epifanio sería su compañero de travesía desde ese instante.

Perdomo estaba mal herido, "aunque todavía no estaba para irme a California", ironiza mientras se remanga el pantalón para mostrar una de las cicatrices que guarda su cuerpo. Tenía un golpe muy fuerte en la cabeza y heridas en ambas piernas, aunque en la izquierda el corte era más profundo y no dejaba de sangrar. Apenas se podía mover. En el momento del accidente, llevaba puesto un mono de trabajo encima de un pantalón vaquero, una camisa con todos sus botones abrochados y unas botas. La brutal fuerza del agua lo dejó desnudo, con apenas una camisilla. A Barreto le había pasado algo parecido, aunque tuvo la suerte de conservar también los calzoncillos.

Sin ropa para abrigarse o protegerse del sol, con cuatro litros de agua y una docena de galletas vitaminadas, los tinerfeños desafiaron un mar embravecido que amenazó su diminuta plataforma durante buena parte de los 19 interminables días que compartieron a la deriva. "Pensábamos que vendrían pronto a rescatarnos, que estaríamos así unas horas hasta que llegara otro barco". Pero lo del Berge Istra había sido demasiado rápido. La sala del telegrafista estaba, además, justo al lado de donde se había producido la explosión. Por eso no emitió ninguna señal de auxilio antes de irse a pique.

De todos modos, la compañía dio la alerta cuando perdió contacto con la nave. Un amplio operativo de búsqueda se desplegó en las cercanías de la isla Borneo, última ubicación conocida del Berge Istra. Lo buscaron durante 13 días hasta que, el 14 de enero de 1976, el cónsul de Suecia en Tenerife comunicó oficialmente a las familias que el buque se daba por desaparecido y a toda la tripulación por fallecida en el suceso.

"Nadie nos vio, ni nosotros vimos a ningún avión. Sólo vimos dos barcos. Era de noche y pasaron demasiado lejos como para vernos", recuerda Barreto. "Fueron los días más amargos de mi vida", apunta Perdomo sin dudarlo. Por fortuna para él, Barreto tuvo la fuerza para resistir en "aquella balsa tan incómoda, en la que apenas había espacio para los dos". Allí no se podía dejar de achicar agua en ningún momento. Pasaban calor por el día y un frío insoportable por la noche. No dormían. La piel se les caía a girones por las quemaduras del sol y la sequedad de la deshidratación que arrastraban. Era una verdadera pesadilla.

Tras la tempestad de los primeros diez días, el clima les dio una tregua. Volvió la calma y Barreto aprovechó para intentar pescar algo con "una línea, una cucharita y un anzuelo" rudimentario que encontró en la balsa. Esa actividad lo mantuvo entretenido e hizo que se sintiera útil, un factor psicológico fundamental en aquellas circunstancias.

El pescado crudo no les gustaba, pero estaban famélicos. Chupaban los ojos y el hígado de los peces y masticaban algunas otras partes. Los restos de las capturas los arrojaban al agua y eso terminó por atraer a los tiburones. No eran muy grandes, de uno o dos metros, pero sí había en cantidad.

Los días siguieron pasando y nada rompía la monotonía de un horizonte desierto, sin barcos y sin aviones a los que pedir auxilio. El cansancio de las noches sin dormir y la debilidad de las tripas vacías iban ganando la partida. La esperanza se alejaba y la idea de que ésa sería su tumba cobraba más intensidad.

"Quiero tirarme"
El antiguo marinero de Taganana confiesa ahora, 35 años después, que un día se asustó al ver que su compañero flaqueaba. "Quiero tirarme al agua, no aguanto más", le dijo Barreto. Él le pidió que no lo dejara solo. "Le dije que se acurrucara a mi lado para darme un poco de calor, porque hacía frío, y que descansara". Una vez más le hizo caso y el sueño los venció a los dos.

Al rato Perdomo se despertó y oyó un sonido extraño. "Era un chu, chu, chu. Como si fuera un motor". Levantó la vista y se revolvió en la balsa hasta que finalmente vio algo. Entonces gritó: "¡Imeldo, un barco!". Barreto dio un brinco y comenzó a hacer señas con un plástico fluorescente, mientras Perdomo le sujetaba las piernas porque estaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie. Frente a ellos echaba ancla un enorme pesquero japonés cuya tripulación también saltaba en la cubierta, festejando que los náufragos estuvieran vivos.
Fueron hallados cerca de las Islas Marshall, a 500 millas de donde se hundió el carguero. Al llegar a tierra, los supervivientes fueron paseados como celebridades por Copenhague, Nueva York y Madrid antes de regresar a Tenerife en marzo de 1976. En el aeropuerto de Los Rodeos, los esperaban sus familiares y amigos, y también autoridades y medios de comunicación. Muchos se hicieron la foto dándoles la mano o hasta estrechándolos contra el pecho en un abrazo, mientras lanzaban promesas al aire.

Un escritor sueco se presentó en Tenerife al poco tiempo ofreciéndoles comprar los derechos de su historia para escribir un libro. "Epifanio pensaba que sería un best seller, porque en esa época no había tantas historias como ahora de naufragios. Le pidió demasiado dinero y el sueco dijo que no y se mandó a mudar", rememora El Pescador de Punta Hidalgo. Pero la euforia duró poco y muy pronto volvieron a ser dos ciudadanos desconocidos. "Olvidados", dicen ellos. Golpearon muchas puertas pidiendo trabajo y ninguna se abrió.

Epifanio Perdomo no volvió a embarcarse nunca más. Consiguió un trabajo como vigilante de seguridad y se dedicó a eso hasta que se jubiló por invalidez, dadas las secuelas que arrastraba del accidente. Imeldo Barreto volvió a pescar con su pequeño bote. Al principio tenía miedo y navegaba bordeando la costa, pero después recuperó la confianza. Y ni siquiera la perdió tras un accidente posterior, frente al puerto de Santa Cruz de Tenerife, en el que casi muere ahogado. El hundimiento fue el momento más aterrador de su vida, más incluso que aquellos días perdido a la deriva. Pero esta misma semana, tras recordar junto a Epifanio Perdomo el momento vital que más les marcó su existencia, se dirigió a renovar su licencia para navegar.

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