Tormenta subtropical en Canarias

Las ´zonas cero´ del 1-F

El chaparrón del pasado lunes dejó tras de sí destrozos puntuales

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Juan José Ramírez, miembro de una hermandad de la iglesia de La Concepción, en los trabajos de limpieza.
Juan José Ramírez, miembro de una hermandad de la iglesia de La Concepción, en los trabajos de limpieza. daniel millet

El chaparrón del pasado lunes no causó graves daños, pero sí dejó tras de sí destrozos puntuales que afectaron especialmente a puntos de la capital tinerfeña como la iglesia de La Concepción y alrededores, el barrio de Somosierra y la avenida de Venezuela. Pero también dejó el susto en el cuerpo a tantos tinerfeños que ayer se reponían de las consecuencias de la borrasca tormentosa. Éste es el viaje a las zonas cero del 1-F.

DANIEL MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE El tono café con leche de la mañana se había convertido a eso de las cinco de la tarde en chocolate espeso. "Cuando empezó a entrar el agua por allí, aquello era imparable. No pude hacer nada", dice resignado Juan José Ramírez, señalando a la puerta principal de la iglesia de La Concepción, uno de los lugares emblemáticos de Santa Cruz. Detrás, miembros de otras hermandades y personal de las unidades contraincendios y forestales de la Brifor, movilizados de forma extraordinaria, sacan el lodo ayudados con palas y escobillones. Este vocal de la hermandad del Santísimo Sacramento estaba junto a un fiel dentro del templo cuando el agua empezó a entrar a raudales. "Fue tal la intensidad que en unos cinco o siete minutos el agua nos pasaba de la rodilla", rememora en un descanso de la ajetreada jornada.

Ramírez, manchado de barro como las decenas de voluntarios que van y vienen con las carretillas y las botas, se había quedado en La Concepción por si acaso el lunes por la tarde, prevenido por las alertas meteorológicas. "Despejé los tapones de los sumideros de fuera de la iglesia, recogí las alfombras y las cuelgas de la Virgen de Candelaria, y me volví a meter dentro. Ya ahí empezó a caer el chaparrón, sobre las cinco y media de la tarde. El ruido del agua corriendo por el barranco se escuchaba cada vez con mayor nitidez. Entonces empezó a entrar. Primero venía limpia y entraba poco a poco, pero de repente aquello se desbordó, el color era cada vez más marrón y las puertas cedieron ante la intensidad de la corriente. El escándalo retumbaba dentro del templo", explica.

La inundación llegó a cubrir casi un metro. Los topes se pueden observar en las columnas y la pila. Confesionarios y bancos anegados aparecen en los laterales de la iglesia, apartados para la limpieza y sucios, como todo. Las imágenes se salvaron porque todas están en altura. Muy cerca de Juan José Ramírez aparece José Francisco Cortés, que debería estar celebrando la victoria de la murga infantil que representa, Los Rebeldes. Pero no, como capataz de la Real Hermandad de La Macarena, ha preferido acudir a La Concepción a echar una mano. "La iglesia y los alrededores eran una charca cuando vinimos esta mañana", comenta Cortés.

Ambos coinciden en destacar cómo el párroco de La Concepción, Mauricio González, ha estado todo el tiempo al pie del cañón a sus 76 años. "Se acaba de ir porque el hombre está nervioso. Ha sido mucha la tensión. Justo cuando yo me quedé bloqueado dentro por la tromba, él vino pero no podía entrar. Luego, ya cuando pudo acceder, tomó el mando de las tareas de limpieza", señala Ramírez, mientras Cortés añade: "No sabíamos por dónde empezar".

El problema principal vino porque el puente de El Cabo, que se rebosó a causa del embudo que provoca y por las piedras y otros restos que traía la riada. Un vecino, cuya casa da al barranco y que prefiere mantenerse en el anonimato, saca fotos y mapas antiguos para mostrar el problema: "Todo el espacio que se ha ganado al mar y la pérdida de profundidad del barranco en este punto del puente han provocado que ésta no sea la primera vez que pasa esto. De hecho, la iglesia se ha inundado cuatro veces, con ésta, que yo recuerde. Esto es por la mala planificación urbanística. Es que... No me haga hablar". Las escorrentías se llevaron las barandillas y el agua y todo lo que llevaba consigo ocuparon los alrededores del Museo y de la iglesia. Piedras, tierra, basura, troncos... Todo desperdigado por la bravura del agua.

"De la tierra salieron hasta microondas"

En cholas, en chandal y con sus tres pequeños perros , Evaristo Gil recorre la carretera y la plaza de Somorriera por donde antes desfilaba el barranco. Cuantas noches de San Juan enterradas por la acción del urbanismo imparable... "La ciudad se lo come todo, ése es el problema", comenta un señor mayor que se dirige al Pancho Camurria tomando buena nota de tamaño destrozo. "El agua que bajaba por la canalización subterránea de repente salió como la lava de un volcán. Fue ahí y ahí", apunta señalando a varios puntos reventados por la corriente. Donde estaba el piche y la acera ahora hay un montón de piedras, socavones que desnudan las tuberías, y varias palmeras y una farola arrancadas de cuajo. Más abajo, varias palas mecánicas recogen el barro. "El agua venía por todas partes, pero con más intensidad por aquí", dice exactamente situado en la zona por la que iba el barranco y que los destrozos han vuelto a marcar. "Fíjese, de la tierra salieron hasta microondas, piezas de lavadoras antiguas, otras basuras...".

"Esto era dantesco"

Carlos Millet todavía no se ha recuperado del shock. Observa sorprendido por fuera de su comercio de animales domésticos, Decor Acuarium, cómo unos vecinos rebuscan entre los restos de los productos que se ha llevado la inundación. "Pero si esos piensos están todos mojados y no sirven para nada...", señala. Amigos y allegados se acercan para echar una mano. "Menos mal que mucha gente ha respondido, porque anoche esto era una hecatombe. Hasta lloré. Y mira que me cuesta llorar". Carlos y otros seis empleados estaban el lunes en la tienda cuando se les metió el diluvio. "La corriente reventó la puerta principal y anegó todo. El agua llegó hasta casi un metro. Los bomberos nos tuvieron que sacar por la puerta de emergencias porque estábamos atrapados. Nos llevaron a un centro de salud próximo, porque estaba elevado, y de ahí volvimos a la tienda cuando amainó. Lo que nos encontramos era dantesco".

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