Tormenta subtropical en canarias 

Paisaje de barro

El barrio santacrucero de María Jiménez fue uno de los más castigados por el temporal

 
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Estado en que amaneció ayer el restaurante Dos Barrancos, en María Jiménez.
Estado en que amaneció ayer el restaurante Dos Barrancos, en María Jiménez. José Luis González

El barro envolvía ayer las calles adyacentes al barranco, que se desbordó hasta anegar los aparcamientos subterráneos y arrasó uno de sus puentes, el dedicado al paso exclusivo de peatones a la entrada. Vecinos y servicios municipales se apresuraban a limpiar el manto húmedo antes de que se secara.

SARO DÍAZ | SANTA CRUZ DE TENERIFE El ruido de fondo en María Jiménez era ayer el de las palas sacando barro, mientras que algunas miradas aviesas se dirigían a la terminal de contenedores que asfixia el barranco del barrio, uno de los más impetuosos de la capital tinerfeña cuando corre.

El puente peatonal de la entrada, que servía para pasar de un lado a otro del barrio, era apenas una pasarela de hierros inútiles amasados de hojarasca y barro por la que ya no puede andar nadie sin arriesgarse a caer al barranco. El agua se lo llevó al mismo tiempo que iba atrayendo el miedo de los vecinos. Fue un 31-M, sólo que esta vez la previsión meteorológica fue correcta. Fallan las infraestructuras y sobra soberbia desarrollista.

Sita, una vecina de la Avenida Playa de los Pescaditos, contaba preocupada cómo ella y su marido vieron crecer el barranco hasta que se desbordó ya a primera hora de la tarde. "Creo que el edificio se movió". No está segura, el miedo crea impresiones erróneas. Pero el caso es que una vez más las calles principales de María Jiménez amanecieron envueltas en barro. Menos mal que temporales anteriores han enseñado a sus habitantes a sacar los coches de los garajes antes de que estos se inunden. La noche, por fortuna, dio tregua y el barranco convertido en un río turbulento de aguas marrones fue bajando su nivel paulatinamente. Los vecinos que hace años optaron por construir sus casas encaramadas a las montañas sufrían un temor distinto a quienes viven junto al barranco: el de que el temporal produzca desprendimientos, no en vano una familia entera aún no ha podido volver a su casa desde que hace casi dos años una roca irrumpió en la cocina de lleno.

Un par de días antes, se inauguró en la costa robada a María Jiménez por los contenedores una escultura con la que se pretende convencer a los habitantes del barrio de que allí hay algo parecido a una zona de esparcimiento. A velocidad más lenta que los trabajos para ampliar la terminal de contenedores se plantaron palmeritas y vegetales ornamentales (ahora afectados por el azote del viento) junto a unos bancos que nadie utiliza porque están al lado de la frecuentada carretera de San Andrés. Ahora, aquella inauguración en la que sonaron palabras de poetas disfrazando la muerte de una playa de iniciativa desarrollista, parece una ironía y a ella se referían (mofándose) algunos vecinos.

María Jiménez fue uno de los primeros barrios en encajar el corte del suministro eléctrico tras uno de los más de mil rayos que hizo descargar la tormenta. De hecho, a media mañana del lunes, cuando todavía la Alerta Naranja sólo era una advertencia, se cortó la luz. Volvió dos horas más tarde. De madrugada hubo cortes de agua, seguramente porque la empresa suministradora realizaba trabajos que evitasen males mayores.

Por la mañana, el líquido salía turbio pero suficiente de los grifos, y hacía falta, mucha falta, para limpiar los suelos una vez retiradas las toneladas de barro. A media tarde, la farmacia y el bar todavía achicaban agua y salían aún carretillas colmadas de barro de los garajes. El barro denso y casi negro del que está hecho el Planeta, pero que no debería estar entre paredes.

Casi todo el mundo había comprobado a media mañana el estado de sus automóviles y los conductores de guagua se mostraban amables y solidarios con los escasos vecinos que la utilizaron. Ahora habrá que arreglar los desaguisados. Hacer de nuevo el puente, que ya habían tumbado lluvias anteriores.

María Jiménez es un barrio hermoso, ubicado entre las montañas y el mar. Son famosos algunos de sus restaurantes. Pero cuando arrecia o persiste la lluvia se convierte en un paisaje frágil, pasto de las televisiones y las cámaras, atraídas por su amanecer envuelto en barro y hojarasca. Sus vecinos parecen resignados y las compañías de seguros de coches, negocios y sótanos desconfiadas. Al fin y al cabo siempre puede volver a suceder.

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