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LEAL COELLO | SANTA CRUZ DE TENERIFE La fobia universal se vive de otro modo en los países islámicos, y el choque de culturas siempre enseña. La hospitalidad, reconoce, es la mejor virtud en un lugar que poco reparte entre los suyos.
Carlos viajó a Argelia no por visitar el país o hacer turismo. Sus motivos eran otros. La desaladora para la que trabaja le dio la oportunidad de pasar varios meses en el país magrebí para colaborar como electromecánico en la puesta en marcha de una empresa de las mismas características. Por eso este tinerfeño se vio inmerso en una cultura musulmana que poco tenía que ver con la suya, y que desde un principio le impresionó. Skikda fue la ciudad costera que le acogió. Situada al norte del país, su producción es prácticamente industrial, y posee una gran actividad portuaria.
Confiesa que a la primera semana estuvo a punto de "tirar la toalla". "Lo que sentí al llegar al país fue miedo". Desde que estaba en Canarias ya les decían, a él y a sus compañeros, que no permanecieran solos. Las informaciones relativas a los países islámicos no son gratuitas, y la fobia popular se extiende impasible ante lo desconocido. Carlos lo vivió, él estuvo allí. Y todo lo que le pudo pasar estuvo influido por ese miedo. Y todo lo que tal vez se perdió, también.
Policía militar que no hablaba su idioma, provistos de armas más que llamativas; escoltas que los acompañaban a cualquier sitio; revisiones periódicas en busca de explosivos o bombas. El equipo de trabajo de Carlos tenía a su disposición un grupo de entre 15 y 20 escoltas, para protegerles.
El terrorismo de Al Qaeda lleva una quincena de años asediando el país, y a pesar de que su actividad mayoritaria transcurre en el sur de Argelia, en el norte se les teme y respeta. "Siempre nos decían que no fuéramos a las montañas, porque allí se refugiaban militantes del grupo terrorista". Todas las empresas, al igual que la suya, estaban protegidas por recintos militarizados. "Mientras estuve allí nos robaron ácido sulfúrico, utilizado para la fabricación de explosivos". El país, deteriorado por acciones violentas, no recibe casi turistas, "o por lo menos no los ves", comenta Carlos.
Pretendía que le confundieran con un argelino, y para contribuir a ello, se dejó crecer la barba. Esta era una manera de esquivar los controles, que al ver que eres extranjero, "intentan sacarte algo".
Uno de los clichés que se le vino abajo fue el del tiempo. Carlos confiesa haberse llevado sólo ropa veraniega "porque se iba África". Cuál fue su sorpresa al encontrarse con que el clima del norte argelino es frío y húmedo, llegando a nevar en las zonas montañosas. "Hacía muchísimo frío. Sólo hubo una vez que hizo buen tiempo, y allí, lo relacionaron en seguida con Alá".
La religión estaba en todas partes. Los rezos diarios, las prohibiciones, la escasa presencia femenina en las calles. "Lo peor de Argelia era el tiempo, la política y las creencias". Para Carlos, todo aquello no tiene sentido, "te limita la vida". Pocas veces se relacionó con mujeres, aunque cuenta que coincidió con una chica "rebelde". "Le gustaba quitarse el burka frente a nosotros", relata, "y las mujeres mayores la miraban alarmadas, pero ella lo seguía haciendo".
Los amigos que allí ha conocido son sus compañeros de trabajo, pues temía, tras tantas advertencias, alejarse de las instalaciones donde se alojaban. Cuando le preguntas por el mercado, una sonrisa asoma en la cara de Carlos. "Uno de mis amigos comentó que tenía que ir a comprar un pollo", comienza a relatar, "y yo pensé que era, pues eso, un pollo. Pero el animal estaba vivo, y le partieron el pescuezo delante de nosotros. De allí mismo se lo llevó a casa, dentro de la bolsa, llena de sangre". Contrastes visuales, sonoros y olfativos de dos culturas que nada tienen que ver. Todo es un impacto. "Ellos nos veían como su futuro; sorprendidos por los adelantos tecnológicos y la riqueza".
"Pero eso sí, tenían la última tecnología en la desaladora en la que trabajábamos". Y es que son las empresas extranjeras las que poseen la mejor parte. "Me quedo con la hospitalidad de la gente", confiesa, y como muchos al volver de países pobres, regresó con lo puesto. "Les dejé todo cuando vine; ropa, zapatos. Fue muy triste despedirse de todos ellos".
Tal vez en su próxima visita a Argelia se atreva a cruzar el miedo.
De La Laguna al norte de África
Carlos David González Rodríguez es un tinerfeño de tal sólo 32 años. Vive en en barrio lagunero de la Cuesta con su novia y el hijo de ella, y normalmente trabaja con le equipo de mantenimiento mecánico de la desaladora de agua de mar de Santa Cruz de Tenerife.
Gracias a sus conocimientos como electromecánico, esta empresa le da la oportunidad de ir a algunos de sus proyectos en el extranjero para poner en marcha empresas de similares características.
Tras haberse ido a Argelia, confiesa que estaría dispuesto a volver y pasar allí algunos años, aunque por ahora la empresa planea realizar proyectos en Australia, y Carlos espera formar parte de ello.
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