G. GARCÍA-ALCALDE | LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Lastrado por la crisis, como casi todo, el 26º Festival de Música de Canarias recorta en cantidad pero salva la calidad. Esta es hoy la política general de los primeros teatros, auditorios y festivales europeos y americanos, por no decir de todos. La iniciativa del Gobierno de Canarias, presidido en 1984 por Jerónimo Saavedra, ha alcanzado notoriedad mundial con un cuarto de siglo de convocatorias sucesivas.
Todos los gobiernos posteriores, presidentes y consejeros de Cultura, respetaron la continuidad y la mejora, conscientes de tener en manos un instrumento de extraordinario alcance, aun cuando las prioridades fueran otras. Casi tan antiguo como autonomía, el desarrollo paralelo los hace indivisibles y nadie aceptaría el abandono del patrimonio intangible más internacional de la democracia canaria.
No cabe criticar una reducción devenida de la crisis general, que, por fortuna, acierta a preservar las líneas de fuerza de las veinticinco convocatorias anteriores. Orquestas, directores y solistas responden, al igual que el repertorio, a los cánones más celebrados por el público. La incorporación de una de las dos orquestas cimeras que aún no habían venido, la Staatskapelle de Dresde (ya sólo falta la Sinfónica de Chicago); la presencia de una estrella absoluta del podio como Zubin Mehta, la del sensacional venezolano Gustavo Dudamel, que arrasa allá donde dirige, la de otro joven supermaestro como Vladimir Jurowski; el debut del genial barítono Thomas Quasthoff y de dos pianistas consagrados como Leif Ove Andsness y Mitsuko Uchida; todo esto conforma un mapa de acontecimientos en línea con lo que el Festival ha sido hasta hoy. Los estrenos encargados mantienen su protagonismo en la programación, con la joven compositora grancanaria Laura Vega y su Concierto para piano y orquesta In Paradisum. Otros dos estrenos no encargados por el Festival, de Benzecry y Turnage, subrayan los parámetros de la modernidad junto al estreno en Canarias de la descomunal Sinfonía Turangalila de Messiaen, pieza cardinal de la segunda mitad del siglo XX, y el debut del joven creador español Jesús Rueda.
Las dos orquestas canarias limitan su prestación a sendos programas que incluyen solistas canarios: la de Tenerife, dirigida por su titular, Lü Jia, actuará con el pianista grancanario José Luis Castillo en el estreno de Vega, y con el tinerfeño Gustavo Díaz Jerez en Messiaen. La Filarmónica de Gran Canaria, también con su titular Pedro Halffter, tendrá a Iván Martín en Albéniz y a su propio Coro en Los Planetas, de Holst.
De las veintiocho obras programadas, nada menos que once son de autores rusos, lo que sugiere una cierta intencionalidad argumental. Seis de ellas forman parte de las dos actuaciones de la Orquesta Nacional Rusa, con Mikhail Pletnev en el podio, garantía de estilo con la famosa formación moscovita. Beethoven, Brahms, Mahler, Strauss y Sibelius dan nombre al romanticismo europeo, y puede hablarse de expectación ante los debuts de dos jóvenes solistas ascendentes: la violinista Carolin Widmann y el pianista Denis Matsuev. Faltan recitales y música de cámara, pero la presencia sinfónica es de primera categoría.
¿Cómo será 2011? Las preguntas se desplazan al 27º Festival (2011) y siguientes, si es que persiste la voluntad de continuar sin fractura. Tras las 22 convocatorias programadas y dirigidas por Rafael Nebot y las tres de Juan Mendoza, debuta con la actual la tercera directora, Candelaria Rodríguez, cuya formación musicológica ya se ha dejado sentir en algunas anticipaciones sobre la programación del futuro. Es interesante su énfasis en el Clasicismo, en especial Mozart y Haydn, a condición de soslayar las tentaciones monográficas y de procurar intérpretes con la calidad señera que hasta ahora tuvieron los repertorios romántico y contemporáneo. El público ha adoptado el Festival -al menos el público de Las Palmas de Gran Canaria- con el espléndido formato- Nebot acuñado a lo largo de un cuarto de siglo. Cambiarlo será fecundo si se soslaya la radicalidad.
Por otra parte, la forma sinfónica ha sido la especialidad, por decirlo así, del Festival de Canarias. Los catálogos de cámara son fundamentales, pero también habría riesgo en una mutación brusca.
Finalmente, algunos atribuyen a la altura del repertorio culto la ausencia de grandes llenos en el Auditorio de Tenerife (el de Gran Canaria está garantizado desde hace años), y aconsejan una programación menos rigurosa o más mixturada de formas populares. En esto, el riesgo puede ser letal. Las oportunidades de la música popular en las Islas son especificas y numerosas. A nadie se le ocurriría exigir una sinfonía en el escenario Womad, ni un cuarteto de cuerdas en las citas pop de Tenerife. De la misma manera puede darse un rechazo si los conciertos del Festival derivan a "fusiones" que nadie pide seriamente.
La concurrencia masiva del público insular se logra con paciencia, perfeccionando un modelo similar al standard de los primeros festivales del mundo, a los que Canarias supera durante el invierno. Si ese público no colma un aforo, ya es tarea de los gestores del turismo, no de los programadores, atraer asistentes de otras procedencias. Esta controversia quemó muchos debates a lo largo de los años, pero en Gran Canaria ha empezado a funcionar el pluralismo del público. Lo que procede es aplicarlo en todos los escenarios de un Festival que ya es en el exterior un referente de Canarias mucho más específico que el sol y las playas. Si alguien lo duda, que viaje un poco, si puede y le gusta.
Por todo ello, procede la prudencia y equilibrio: clasicismo, sí, en dosis moderadas, con los mejores intérpretes del mundo y huyendo de famélicas versiones pseudoauténticas que aburren a las piedras; camerismo también, sin suplantar la personalidad sinfónica de la institución ni dejar sin contenido a otras como la Sociedad Filarmónica; y fusiones clásico / populares también, pero en obras tratadas por los grandes maestros. Sobre todo, no esgrimir en vano la cantidad de público como coartada de un salto en el vacío, sino atraer mayor número a un acontecimiento que, hasta ahora, se ha movido al nivel que prestigia a un país y a una sociedad.
Las mutaciones mal meditadas pueden producir el efecto de ahuyentar a los miles de leales del Festival. Si esto ocurriese habría que pensar que los cambios no fueron inocentes sino dirigidos a liquidar el evento a corto o medio plazo. Así es el ritornello de muchas conversaciones, que aceptan la rebaja en el programa de este año pero aún no ven claridad en lo que se masca para los sucesivos. La "sostenibilidad" del Festival de Canarias pasa por no desnaturalizarlo...