Metha

Concierto: Zubi Metha (director) y la Staatskapelle de Dresde (Festival de Música de Canarias) Lugar: Auditorio de Tenerife Fecha: 11 de enero de 2010

 13:28  
Metha
Metha la opinion

ROC LASECA | SANTA CRUZ Lo común aquí sería alabar hasta el grado máximo la participación de Metha el pasado lunes en la primera cita chicharrera del Festival de Música de Canarias. Hablar de la magistral capacidad que tiene el indio por articular la masa sonora a modo arroyo perpetuo en el que las subjetividades particulares de sus músicos se entregan al vuelo surtidor de la gracia y el rocío del conjunto (¿qué me dicen de esa ductilidad a las cuerdas?); tocaría subrayar la facilidad para inflamar el latido en una docta comprensión del balance orquestal, de concebir cada una de las secciones como átomos de un torrente continuo extirpado de voladuras y gratuitos arabescos. Nada falta ni nada sobra en el granado cante de Metha y su equipo de Dresde.

Todo ello ocurrió, especialmente en Mahler y Strauss, y así debería expresarse en este análisis crítico posterior. Pero lo cierto es que no podemos dejar de reconocer la violenta magia que aconteció en el instante preciso del comienzo. Casi a modo de incipit, Metha decidió programar el op. 6 de Webern, un conjunto de seis miniaturas para orquesta compuestas hace exactamente cien años, para ir abriendo boca a lo que restaba. Y en esa sombra primitiva weberniana, desplegó el ahogo decadente del desierto. Una versión estrictamente expresionista, acompañando la amargura de los metales con los episodios fragmentados a las cuerdas, contribuyó a ir armando la monstruosa proliferación de un entorno polilloso, magníficamente poblado de oscuridad auspiciada por el trabajo de unas cuerdas toscamente rasgadas que proyectaban una suerte de luz arenosa, un hálito de huesos secos que –repetimos- enmarcaba la noche bajo el espíritu de la estética decadente de fin de siglo. Por lo general, estas miniaturas del discípulo menos lírico de Schoenberg suelen ser abordadas desde una mayor claridad, fruto de una esperanza de inicio de centuria que alimenta e hidrata el decir sonoro de lo que promete.
En esta caso, Metha se alineó más con los salones vieneses y apoyó su hombro en las junturas de una médula áspera para interpretar al mejor Webern sin chillidos ni aspavientos, casi diríamos que en voz áfona. Todo discurrió de manera polvorienta, como buscando un lugar para dejar de oír la lluvia azotando el tejado. Pero esa densidad espacial y mohosa del fliscornio quebrado y la cuerda reseca no teñía de melancolía imaginativa los seis cuerpos sonoros, no ahogaba su dolor en la quietud de los charcos putrefactos o la palidez del ensombrecimiento mudo y apagado, sino que los condensaba tornándolos en un objeto de deseo inabarcable por la suciedad de su decir. Admirable así fue el gesto inexplicable de Metha por atender lo que Hernández-Navarro denomina "lo infraleve", el espacio sonoro extirpado de dulzura, paisaje o miel y, aún así, erigiéndose como extraño lugar de deseo. Quizá ahí radicó la magia de Metha: en convertir la mortal curva escindida de luz en el imposible –acaso indirectamente anunciado- cuerpo de goce. El color expresionista de las más terribles escenas de Schoenberg o Berg se reflejaron en las palabras sin pulmón de este peculiar Webern.

Curiosamente, el resto del concierto fue mainstream, versión comercial de Mahler y Strauss. Metha es sin duda una de las batutas que mejor condensa la norma, el canon a partir del cual se rigen todas las cosas (y versiones). No hallamos en lo que restó de concierto sino perfección, balance y dicción; una extraña combinación de saturación articulada que alcanzó tratando a los violines democráticamente y las secciones graves como una gigantesca masa a la que domar. No hubo estridencias, tampoco anhelos ni riesgos. Tan sólo una joya que custodiaba Quasthoff en su garganta de barítono, un decir cóncavo y húmedo, casi gutural, que resultó perfecto para perfilar el jardín de barro y ciprés en el que debía llorar a los niños muertos de Mahler.

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