17 de abril de 2018
17.04.2018
La Ciprea

El pianista ambulante

17.04.2018 | 00:17
El pianista ambulante

Lo vi en la calle. Era cerca del mediodía. Lo vi llegar con su piano de madera de pino montado sobre cuatro ruedas, dos más grandes, como de una moto inservible, y dos más pequeñas. Lo llevaba calle abajo como si fuera el carrito de helados de nuestra infancia. En un lateral, una red de pescar colgada de un gancho donde los paseantes podían dejar sus monedas, sus limosnas, para ser más exactos. Y allí, en esa bendita calle donde cada día sucede casi todo, se instaló el anciano pianista con su piano triste y su sonrisa, igualmente triste, y comenzó a tocar. La música de Rachmaninoff, Liszt, Schumann y una lista de músicos románticos cuyos nombres llevaba anotados en un pequeño papel a rayas, salía de sus manos, se deslizaba por las piedras del suelo y volaba por balcones y azoteas, llegando a los bancos de la calle, a las tiendas de puertas abiertas y a los bares repletos de turistas que acababan de desembarcar en la isla y escuchaban con asombro las notas desgarradas de aquel piano ambulante.

En salones y despachos de terciopelo gris, hay hombres ilustres que hablan de música, que opinan de música. Y en la calle, un pianista toca con el amor y la pasión de un virtuoso. Un pianista de verdad, sin chaqué, sin piano de cola, sin un público refinado o en apariencia refinado. Un pianista en plena calle. Un exquisito artista ambulante rodeado por cuatro caballeros encorbatados recién salidos de un despacho, una reunión política o de una notaría; unos cuantos jubilados sentados en los bancos al sol; unas madres aún jóvenes, paseando calle arriba, calle abajo, sus carritos de vida recién nacida; una pareja sucia y desgreñada que llora emocionada uno en brazos del otro; y unos jóvenes estudiantes embelesados ante la actuación del anciano pianista.

Y yo, llena de rabia y desazón ante semejante agravio, preguntándome por qué él allí y no dónde alguna vez estuvo o donde debería estar. Por qué toda aquella gente escuchándolo sin entender bien lo que está sucediendo en esos precisos momentos, sin comprender la verdadera realidad de lo que esa escena representa. Yo, allí, escuchándolo, admirada, mientras contemplo la imagen de un mundo al revés; viendo la educación, el conocimiento y la armonía desalojadas de la vida social, apartadas de ella, pidiendo unas monedas a cambio de la belleza y la emoción de la música de esos grandes compositores, y, al otro lado, un mundo que aparenta ser el real con gentes que no saben a dónde van ni por qué, seres solitarios que han olvidado hace tiempo el poder de la música, su fuerza, su milagrosa capacidad de curar las heridas, de engrandecernos y hacernos mejores.

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