10 de abril de 2018
10.04.2018
La Ciprea

Las brujas

10.04.2018 | 00:20
Las brujas

Hace años me dediqué durante meses a buscarlas y escribir sobre ellas. Rebusqué entre los libros, en documentos y en lugares propicios, y en 1972 encontré algunas que ejercían como tales. Las visité y recogí toda la información que necesitaba. Durante dos décadas anduve buscando curanderas, yerbateras y brujas de todas las condiciones. Con esos datos empecé a trabajar con Julio Caro Baroja en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, quien me puso en contacto con otros investigadores que me dieron las pistas necesarias para encontrar distintas causas de muchas de las creencias y supersticiones que rodeaban el tema.

El asunto me apasionó durante más de dos décadas. Escribí sobre ellas y sobre la relación que la brujería tenía con otras cuestiones como la influencia del viento en determinadas enfermedades mentales, las mujeres y su situación social, la religión y sus consecuencias culturales. La persecución de las mujeres durante siglos por toda Europa y las características comunes de todas ellas que motivaban las acusaciones y su posterior matanza, me hicieron llegar a conclusiones que aún mantengo hoy en día. Porque fueron principalmente mujeres las que murieron en la hoguera. Mujeres acusadas de hacer maleficios, causar enfermedades, peligros y muertes. Mujeres que vivían solas, alejadas del grupo social al que pertenecían y se dedicaban a recoger plantas con las que preparaban ungüentos y pócimas que ofrecían a sus clientes o a sus víctimas y que eran la causa de locuras, enfermedades y milagrosas curaciones. Además de comerse a los niños crudos eran capaces de volver locos a los hombres con los que mantenían extraños comportamientos sexuales. Sus poderes eran tan grandes que incluso podían volar y transformarse en seres fantásticos que los atraían hacia sus lechos y allí les partían en dos el alma. Uno procuraba no encontrarse con ellas en caminos desiertos o en bosques umbríos. Y si tal cosa llegaba a suceder, no debías mirarlas ni creerte sus ensalmos. Al final, la hoguera acababa con ellas y la sociedad quedaba así liberada de todos los males que el cuerpo de una mujer puede llegar a ocasionar.

Rara vez hubo hombres condenados por tales prácticas. En algunas culturas los hubo, pero fueron considerados dignos y poderosos y con capacidad para decidir sobre el destino de la comunidad a la que pertenecían. Las connotaciones maliciosas eran para las mujeres y no me voy a dedicar a exponer las razones de esa diferencia. Ustedes ya las conocen. Solo recordarles cuando vean arder el cuerpo de una mujer en una hoguera (sea real o simbólica) y a un pueblo entero aplaudiendo tal sacrificio, que ellas aún existen y siempre estaremos dispuestos a exterminarlas para liberarnos a nosotros mismos de ser como somos y de pensar como pensamos.

Elsa López. Escritora y poeta

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