08 de abril de 2018
08.04.2018
EDITORIAL

Protección social y laboral para 'las kellys'

El presidente de la nación pudo conocer de primera mano, durante dos horas, las reclamaciones del sector para mejorar sus condiciones de vida, jubilaciones dignas y poner freno a las ilegalidades en los contratos, entre otras propuestas

08.04.2018 | 02:15

Las cifras sobre cómo revierte la bonanza turística en la economía isleña son tozudas: no tira del empleo ni acaba por crear un tejido laboral cualificado, ajeno a la precariedad y a una cualificación sobresaliente. Un ejemplo de la espiral de rentabilidad máxima en la que está instalada la industria turística nos lo ofrece las kellys, el movimiento de camareras de piso que agrupa a 200.000 trabajadoras en España, y que el pasado jueves logró dar a conocer sus reivindicaciones a Mariano Rajoy a través de sus portavoces, entre las que tienen una representación las empleadas canarias.

El presidente de la nación pudo conocer de primera mano, durante dos horas, las reclamaciones del sector para mejorar sus condiciones de vida, jubilaciones dignas y poner freno a las ilegalidades en los contratos, entre otras propuestas. Conseguir una atención tan dilatada por parte de Rajoy constituye un éxito para las kellys, pero también resulta un fracaso para las instituciones públicas canarias y agentes económicos y sociales que no han sabido encontrar un cauce para aliviar las tensiones de un colectivo sometido a una presión derivada del crecimiento turístico.

Las kellys, nombre surgido a partir de "las que limpian", empiezan a hacerse notar en las redes sociales desde 2014, si bien se constituyeron de forma oficial en Barcelona, en 2016, con trabajadoras de Benidorm, Cádiz, Fuerteventura, Lanzarote, Mallorca, Madrid y la misma capital catalana. El Ejecutivo del Partido Popular (PP), en palabras de su cabeza más visible, se ha comprometido a intervenir con los mecanismos de que dispone para corregir una situación laboral con tintes dramáticos, en algunos casos, como es el efecto devastador que la misma acarrea en cuanto a enfermedades musculares y del aparato motor. Padecimientos, por otra parte, que hasta ahora no tienen el correlativo reconocimiento como enfermedades debidas a la misma actividad profesional.

El colectivo nacional, desengañado con los sindicatos, ha decidido hacerse oír con el apoyo de Nueva Canarias (NC) en Madrid. La senadora López Santana será ahora la interlocutora entre La Moncloa y las camareras, es decir, la responsable -con la anuencia del propio Rajoy- de que la entrega "cariñosa" y receptiva del presidente no sea un mero artificio electoral y convierta en realidad sus promesas. En principio, existe la predisposición tajante de que las kellys deben ser protegidas frente a una locomotora turística donde algunos tratan de minar la honestidad empresarial del sector con prácticas a las que deben poner coto las inspecciones correspondientes.

Una sociedad democrática, con derechos afianzados, no puede permitir que un colectivo tan mayoritario vea cómo sus condiciones de vida son afectadas negativamente por regímenes laborales que parecen de épocas pretéritas, conformadas en torno a la explotación de las personas por un abuso de superioridad frente a los débiles.

La economía de mercado no es un papel en blanco para poder saltarse todos los controles. La receptividad alcanzada por las kellys debe ser motivo de reflexión para los que no atienden a razones sociales y se escudan en la rentabilidad a la hora de justificar, por ejemplo, la externalización en los contratos de las camareras de piso, o para tratar de sacar un rendimiento inhumano con una hoja de ruta de tareas sólo abarcables desde el sacrificio del propio trabajador.

La llegada masiva de turistas supone un éxito sin paliativos para la economía canaria, pero también tiene que ser un acicate para redoblar los esfuerzos de control, pues sobra decir que tras este escenario fulgurante existen trabajadores, personas que tienen hijos, que tratan de progresar, que esperan evolucionar desde sus respectivos oficios o carreras universitarias, que aspiran a poder conciliar sus trabajo con la atención a sus familias... Situaciones como las de las kellys adquieren un alto valor para estimular la reflexión y dar paso a un necesario diseño de políticas sociales que fomenten mesas de negociación de las que deben salir las herramientas correctoras, y no esperar a que el problema llegue nada menos que a un presidente del Gobierno.

Pero es también una oportunidad para adentrarse en el mundo laboral del sector turístico y conocer cuáles son sus exigencias, y si realmente tenemos unos estudios universitarios y de FP conectados con la demanda.

Hace falta un diagnóstico claro sobre cuál es la razón por la que los números en positivo del turismo no acaban de llegar al tejido socioeconómico del Archipiélago. Una prueba de que se está ante una patología de fuerte arraigo la tenemos con las kellys. La discusión no es sobre la aportación de unos profesionales de alta cualificación salidos de nuestras facultades y escuelas, con conocimiento de idiomas y bien situados en los staff de las empresas turísticas. No, hablamos sobre empleo precario que trata de salir de la inseguridad e inestabilidad en las que está.

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