15 de febrero de 2018
15.02.2018
RETIRO LO ESCRITO

El fin de un ciclo

15.02.2018 | 00:35
El fin de un ciclo

Después de varios encuentros y desencuentros entre el PP y Ciudadanos -en el que participaron ministros y altos cargos por instrucción directa de Mariano Rajoy- el Gobierno ha tenido que reconocer que no dispone de mayoría parlamentaria para aprobar su proyecto presupuestario y, lo que resulta sorprendente, que quizás sea necesario prorrogar los presupuestos generales de 2017 -diseñados en 2016- no solo para este año, sino para el siguiente. Es perfectamente normal y democráticamente asimilable que un gobierno no pueda aprobar sus cuentas durante varios meses. Pueden concurrir varias circunstancias que lo dificulten. Pero prorrogar unos presupuestos vencidos durante todo un ejercicio es distinto y augurar pachorrudamente desde el propio Ministerio de Hacienda que lo mismo ocurrirá en 2019 ya se asemeja mucho a un vacilón. Un gobierno que trabaja con unos presupuestos indefinidamente prorrogados es un gobierno con una legitimidad democrática muy discutible. Los presupuestos no se reducen a un conjunto de cifras, sino que definen -y posibilitan financieramente- un programa de Gobierno, con sus objetivos, sus prioridades y sus preferencias políticas, sociales e ideológicas. Gobernar toda una legislatura con los presupuestos que se consiguió aprobar el primer año quizás sea normativamente posible, pero es democráticamente insostenible. Si no consigue aprobar su proyecto, Mariano Rajoy debería convocar elecciones.

Rajoy no ha cumplido con el programa que firmó con Albert Rivera en 2016. Pensó que Ciudadanos se desgastaría apoyando a su Gobierno quizás hasta quedar reducido a alpiste anaranjado para las gaviotas. Se le cruzó Cataluña. Se le cruzó una corrupción política que sigue creciendo y alimentando el hartazgo ciudadano. Se le cruzó una recuperación económica desigual y que alimenta un paro estructural, la precarización laboral y la desigualdad rampante sin haber puesto en marcha una sola reforma que merezca tal nombre: se ha limitado a abaratar el despido y destruir derechos y convenios colectivos. Desde hace más de un lustro podía diagnosticarse la mutación del sistema político-electoral español y el presidente ha seguido corriendo a trote cochinero como si avanzara sobre una superficie de mármol y no sobre un río de lava sulfurosa. El PP es un partido grande, potente, generalmente bien organizado y tradicionalmente muy cohesionado. Pero nunca nadie le había disputado el espacio electoral de centroderecha y Ciudadanos está entrando en la ciudadela electoral de los herederos de Manuel Fraga y José María Aznar.

El ecosistema político español está a punto de cambiar sustancialmente y la transformación no comenzará por la izquierda, como se pensaba gracias a la irrupción de Pablo Iglesias y compañía, sino por la derecha. Y lo mismo comenzó a ocurrir en Canarias a partir de 2015 para llevarse por delante lo mejor y lo peor de un statu quo político que se ha mantenido durante treinta años. Canarias está condenada a gobiernos tripartitos y deberá enfrentarse con el reto de los problemas derivados de las deficiencias de su articulación institucional, de una sociedad con índices de productividad, pobreza y desigualdad intolerables y con la consolidación (o no) de un modelo de incorporación al proceso de globalización económica. Y si se examina desapasionadamente las virtudes para el diálogo político, la capacidad para el consenso y la calidad y viabilidad de las propuestas de los principales partidos de Canarias -los nuevos y los viejos- el futuro inmediato produce bastante desazón.

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