09 de febrero de 2018
09.02.2018
RETIRO LO ESCRITO

Fracaso y éxtasis carnavalero (y II)

09.02.2018 | 01:06
Fracaso y éxtasis carnavalero (y II)

Como en el seno de todos los pueblos mestizos y de poca edad, en Canarias se tiende a fabricar pasados míticos para acontecimientos que comenzaron anteayer, y así el origen de los carnavales isleños -y singularmente el de Santa Cruz de Tenerife- se sitúan en la noche de los tiempos. Una noche, supuestamente, poblada por kioscos que vendían garrafón mientras suena una pachanga ensordecedora y el asfalto se empapa de meadas priápicas. Pero no, obviamente, los carnavales populares son casi una novedad histórica. Para que exista carnaval es imprescindible cierta riqueza, cierta sobreproducción, una capacidad siquiera modesta de derroche. Por aquí hemos aprendido a derrochar muy recientemente. La inmensa mayoría de las fiestas de raigambre carnavalesca -o que terminaron alimentando simbólicamente los carnavales más recientes- se caracterizan por un conjunto de rituales que siempre han estado ausentes en Canarias. Pero los cronistas no lo admiten. Si lo admitieran, en fin, se quedarían sin trabajo. Los cronistas tienen la alegre desfachatez de hacer pasar algún bando en el siglo XVIII -dedicado en realidad a advertirle a una veintena de gamberros que no persistan en su actitud- como una tremenda prohibición legal con que la autoridad arremetía contra los carnavales. ¿Y ese invento de las tapaderas, "señoras de las clases acomodadas que, ladinamente enmascaradas, se mezclaban en la calle con la gente llana"? ¿Dónde se mezclaban? ¿En la calle de La Noria? ¿En qué tumulto se podía nadie mezclar hasta resultar irreconocible en el deprimido pueblo de pescadores -cuatro gatos y una raspa de pescado- que era Santa Cruz en 1800?

Algunos trabajadores -vinculados al puerto y a sus servicios anexos- celebraban un modestísimo y familiar carnaval en los primeros lustros del siglo XX. Pero el Carnaval en la capital chicharrera no comenzó de verdad hasta 1925. El Carnaval lo inventó el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, que creó ese año el primer programa oficial de las fiestas. El carnaval santacrucero es y ha sido siempre un producto deliberadamente municipal. Después de la dictadura franquista -el único acto heroico de los carnavaleros, por cierto, consistió en tirar media docena de huevos al coche oficial de Carlos Arias Navarro, gobernador civil de la provincia- fue igualmente el Ayuntamiento quien lo resucitó, apoyó, financió y dirigió sistemática y programáticamente. Alcaldes y concejales -auxiliados o entorpecidos por gente próxima a la fiesta- han inventado todo: desde los bailes multitudinarios a los concursos de murgas, comparsas y rondallas, desde el carnaval de día hasta la siempre indescriptible Gala de Elección de la Reina. Todo. Y todo regado con dinero público: unos 600.000 euros en 2014 según creo recordar. No conozco ninguna propuesta o innovación relevante creada por la fiesta misma. Todo el formato básico de las fiestas tal y como crecieron y cuajaron bajo el alguacilazgo de Manuel Hermoso se institucionalizó casi instantáneamente. Murgas, comparsas y rondallas exigen, precisamente, ser tratadas como instituciones. Y es que lo son.

Nuestro Carnaval es una mixtura de influencias y reminiscencias y plagios más o menos metabolizados procedentes de otras fiestas carnavaleras. Hemos sido unos oportunistas de cierto éxito. Creo que al menos, para variar, con el carnaval no nos hemos derrotado a nosotros mismos. Y eso se merece una copa. Esta noche, por ejemplo. Mientras llovizna y comprobamos que la vida puede ser terrible, pero que cualquier alternativa suele ser peor.

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