26 de diciembre de 2017
26.12.2017
La Ciprea

Los grandes edificios

28.12.2017 | 16:05
Los grandes edificios

Mientras la pobreza se cuela por los alrededores y duerme sobre cartones, la soberbia del ser humano se levanta en forma de torres, rascacielos oscuros y siniestros que se hicieron a base de las especulaciones más feroces. Las ciudades con ese tipo de edificios son ciudades enfermas con la polución y la miseria a tope y sus gentes corriendo de un lugar a otro sin saber bien o exactamente por qué o para qué. Cuando miro esas torres de vértigo en las ciudades que he visitado siempre me hago la misma pregunta: ¿Qué sentido tienen a no ser que pretendan hacer visible la prepotencia de algunos seres humanos; la demostración de hasta dónde puede llegar su vanidad y su afán de retratarse como el animal dominante sobre cualquier especie, sobre cualquier tipo de naturaleza? ¿Qué intentan hacer visible a no ser el querer mostrar en toda su arrogancia la tan rara propensión a escalar alturas?

No hay ciudad moderna que se precie que no tenga un rascacielos, un edificio que proclame a gritos el desafío de los hombres a los dioses. No podemos evitarlo. Siempre habrá alguien que se canse de reptar por el suelo, de lamer zapatos, de aullar a la luna, y un día, por un golpe de suerte o un golpe de mano, se encuentre erguido y el suelo le quede rastrero y lejano. Y ese día, ¡ay ese día!, por los cielos jura que no volverá a pasar hambre ni miedo ni castigos ni enfermedades penosas y propias de la plebe a la que perteneció. Y entonces ordena construir palacios, fincas de recreo, almacenes de trigo, despachos ovales y un enorme, inmenso edificio desde el que poder contemplar su éxito y la derrota de los demás.

Un gran edificio significa vanidad, intento de control y una idea equivocada del resto del mundo, ese que contemplamos como idiotas desde arriba y nos parece tan pequeño, tan de hormigas en constante procesión. Desde esa altura meditamos durante unos segundos y pensamos en las posibilidades que nos quedan: o nos tiramos y volamos como Ícaro o escupimos al hormiguero que avistamos desde lo alto o decidimos bajar y recapacitar sobre lo poco que somos y si merece o no merece la pena vivir como vivimos, razonar sobre lo parecidos que somos desde arriba, lo poco que representamos en esta comedia del mundo y, al mismo tiempo, lo bueno que es saberlo para precisar nuestra situación, hacernos cargo de ella y no llegar a pensar que somos más o mejores que los otros. Iguales, sí. Y los de arriba, mientras tanto, que sigan mirando y creyéndose que son alguien, que ya caerán y sabrán lo que son realmente a la hora de su derrumbamiento.

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