21 de noviembre de 2017
21.11.2017
volando bajito

Saray perdió la partida

21.11.2017 | 02:43
Saray perdió la partida

No sabía que en el piso alto vivía quien acabaría con su vida brutalmente. Ahorraré detalles que por escabrosos solo aportan dolor. Hablo de Alberto Montesdeoca, 20 años, acusado de la muerte de Saray González estudiante de 27 años, inquilina de sus padres en Pérez del Toro. El 15 de octubre de 2015 ambos mantuvieron una discusión porque el volumen del ordenador del chico impedía a Saray concentrarse.

Diré que dedico estas letras al suceso porque Saray era vecina del barrio, vivía a dos calles de casa. Aquel día de octubre la vecindad estaba conmocionada. Se sabía que la adicción del procesado a los vídeo juegos preocupaba a su madre. No digo que los vídeo juegos fueran causa única de que perdiera la cabeza pero lo cierto es que cuando las reiteradas quejas de su vecina por el volumen puso en peligro su adicción, la ira lo incendió y la mató. Pero aquí hay más. El padre daba alas a ese enfrentamiento ya que también él se quejaba de los ruidos que Saray hacía en el piso alto. Gasolina al fuego. En ese ambiente Saray estaba planteándose seriamente mudarse. Un día me llamó para preguntarme si sabía de una casa. Hablé brevemente con ella y le dije que no tenía ni idea. Como conocí su asesinato me acerqué a los comercios que lindan con su vivienda. Doy por hecho que ahí le facilitaron a Saray mi teléfono. Ahí también supe que la relación de la madre de Roberto con Saray era mala, no podía ni verla. Hablaba de la fallecida con desprecio, deseando que dejara la casa. Como entenderán en ese ambiente, con un hijo colgado de los vídeos juegos, un padre que avivaba el fuego y una madre que le comía la oreja con comentarios insultantes hacia su inquilina, era el caldo de cultivo perfecto para cortar por lo sano. Esa mujer comentaba en las esquinas que "no le gustaba Saray, deseando que se largue", decía.

Estos días he seguido con atención el juicio por ver si algún dato me colocaba el desconcierto. Y llegaron dos. Una, la voz de la madre del chiquillaje. Percibí en ella la misma falta de empatía que su hijo. Ninguna. Y la declaración del chico es para enmarcar. Cuando le preguntaron el por qué de su acto dijo como argumento: "Dejar la partida para subir a hablar con Saray me enfureció". Cuando regresó había perdido "todo lo ganado", concluyó.

Ella perdió más, cafre. La vida.

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