21 de noviembre de 2017
21.11.2017
RETIRO LO ESCRITO

Entrevistas, risas y silencios

21.11.2017 | 02:43
Entrevistas, risas y silencios

Empujado por amigos, compañeros y otras gentes de mal vivir me resigno a ver y escuchar la entrevista de Jordi Évole a Nicolás Maduro en el programa Salvados. Es infinitamente predecible. Évole está mucho mejor entrevistando a Puigdemont que al presidente venezolano. Porque muy probablemente el expresident Puigdemont sea un delincuente, pero no es un dictador caribeño inflado de arepas y papelón criollo, y a la grabación de su entrevista con el president, por ejemplo, solo asistieron media docena de personas de su séquito. En cambio, en el caso de Maduro, contemplaban la entrevista en directo, ahí en el saloncito de Miraflores, entre 70 y 80 personas entre asesores, edecanes, secretarios, cargos de la Presidencia de la República, responsables de la Oficina de Prensa, guardaespaldas y meatintas. Es una primera circunstancia a la que un entrevistador estrella se enfrenta cuando charla con un sátrapa: la superpoblación del espacio físico de la entrevista. Una forma inmediata y elemental de intimidación. No es que el patriarca esté acompañado: es que aparece con un pequeño ejército de fieles que te escuchan directamente y fijan sus ojos en ti sin perder una palabra, un gesto, un aspaviento. El curioso puede contemplar igualmente la serie de entrevistas que Oliver Stone ha grabado con Vladimir Putin. El Auténtico Hijo de Rusia -así lo llama el propio cineasta norteamericano, que desde el primer instante trata al entrevistado con una idolátrica babosería- aparece y desaparece precedido por una nube de acólitos y rodeado por varios ayudantes que le rodean como pálidos nenúfares. El poder es proliferante. El poder absoluto tiene mil ojos y todos te observan, te escrutan, te disciplinan.

Luego, por supuesto, está el tono. Un tono de risitas y alguna carcajada gutural incapaz de proyectar un ambiente grato y relajado. En un par de ocasiones, por supuesto entre risas falsamente cómplices, Maduro le pide a Évole -más bien se lo recuerda- que no caiga en la provocación. ¿En qué consiste la provocación? En formular preguntas inapropiadas, por supuesto. Porque al poder -cualquier poder- no le molesta que escribas, indagues o preguntes, sino lo que escribes, sobre lo que indagas o las preguntas concretas que pretendes formular. Y el periodista catalán no provoca casi nunca. Cuando le señala a Maduro la anormalidad que suponen dos asambleas legislativas que funcionan simultáneamente el presidente se ríe de nuevo y murmura: "Es que esto es Venezuela, chico". Por supuesto que no explica en absoluto la anomalía y las grotescas irregularidades que la han hecho posible, sino que opta por citar los artículos de la Constitución venezolana que posibilitan convocar una asamblea constituyente. A lo largo de más de una hora Maduro no brinda una miserable explicación sobre la caótica, ruinosa y violenta situación que atormenta a Venezuela, sobre el catastrófico fracaso económico de su régimen, sobre el hundimiento de la separación de poderes, la cooptación de las magistraturas o la militarización acelerada de una República que se construye como una ideocracia con materiales retóricos de cuarta mano. Básicamente suelta huevonadas maniqueas cuya complejidad teórica avergonzaría a un araguato lobotomizado.

Casi en coincidencia con este oscuro paripé televisado Antonio Ledesma escapaba de su arresto domiciliario para huir a España a través de Colombia, mientras la ex fiscal general Luisa Ortega Díaz continúa su peregrinaje internacional denunciando los crímenes y tropelías del chavismo. Al menos se escapan, lo que no hace la Mesa de la Unidad Democrática, incapaz de escapar de sus mezquinas contradicciones, sus conciliábulos enfermizos y sus enfrentamientos internos. No es una mesa, sino una mesita de noche. Durante la oscuridad gritan, se acuchillan, pactan y se traicionan mutuamente. Cuando amanece y pega duro el sol despiadado del madurismo todos se meten corriendo en la gaveta y guardan silencio.

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