17 de noviembre de 2017
17.11.2017
con mano izquierda

Zorras, perras y otras lindezas

16.11.2017 | 23:23
Zorras, perras y otras lindezas

Reconozco que soy poco amiga de los avances informáticos, aunque admito simultáneamente que estoy cometiendo un grave error instalándome en la nostalgia de un pasado de cartas manuscritas y de romances de carne y hueso. Internet me produce cierta prevención y, por qué no decirlo, bastante desasosiego, fruto sin duda de una vena provinciana de la que ni puedo ni quiero desprenderme. La certeza de un Gran Hermano que controla nuestros pasos y mediatiza nuestra intimidad me causa verdadero terror. Debe ser por eso que, incauta de mí, he renegado hasta la fecha de cualesquiera redes sociales a las que me invitan a pertenecer, persuadida de que con esta actitud pueril evito que trascienda hasta la marca del perfume que aroma mi cuerpo. Ese día llegará pronto, pero antes necesito preparar mis neuronas y ahormar mi tendencia a la introspección para dar el salto definitivo a la modernidad tecnológica.

Mi máxima cota alcanzada se reduce a un humilde blog y a una triste dirección de correo electrónico que, salvo honrosas excepciones, sirve de vertedero a multitud de archivos prescindibles que me envían, animados por su mejor fe, amigos y conocidos. Con frecuencia, y en función del remitente, los borro sin abrir, respaldada por la convicción de que su contenido no va a ser de mi agrado. Algunos son tan empalagosos que me sitúan al borde del coma diabético. Otros, los supuestamente graciosos, provocan en mi sentido del humor el mismo efecto que una posible fusión entre el índice Nasdaq y el Ibex 35. Los que más me incomodan son aquellos que pretenden hacerme un gran favor, bien avisándome de la fecha del fin del mundo, bien ilustrándome sobre los últimos avances en materia de estafas, bien mostrándome los innumerables perjuicios de las dietas disociadas, por no hablar de los que me amenazan con toda suerte de desgracias si oso romper la cadena de la que forman parte y que, dicho sea de paso, me apresuro a hacer añicos sin piedad. Pero a veces, como una flor solitaria en medio del páramo, descubro algún e-mail que obra el milagro de despertar mi curiosidad.

En su momento recibí uno con el llamativo título El machismo en la Lengua Española y, amante como soy de las letras puras, decidí perdonarle la vida. Al abrirlo, desfiló por la pantalla de mi ordenador un ejército de palabras que, utilizadas en su género masculino, rebosaban corrección y dignidad pero que, al feminizarlas, mutaban sus significados para desembocar en un club de carretera. Procedan a vestir de mujer a zorro, perro, aventurero, callejero y hombrezuelo e inmediatamente comprenderán de qué estoy hablando. Podríamos seguir con la versión femenina de hombre público (como sinónimo de personaje prominente), o de hombre de la vida (en equivalencia a varón con gran experiencia), en contraposición a mujer pública y mujer de la vida que, como habrán adivinado, se añaden al masificado burdel de las líneas precedentes. Queda más que demostrado que nuestra magnífica lengua común no adolece precisamente de denominaciones que hagan referencia al oficio más antiguo del mundo.

En este punto recuerdo también el caso de una academia madrileña que, años ha, decidió impartir cursos sobre prostitución de lujo. Setecientos euros eran suficientes para convertir a una señora con apuros económicos en una meretriz de alto standing (desde luego, menos cansado y más rentable que limpiar a domicilio es, y eso sin olvidar el aprendizaje de conocimientos utilísimos sobre cómo desinhibirse en el sexo grupal, hacer felaciones con elegancia o aprender modernas técnicas de striptease). Con el fin de ampliar el vocabulario y favorecer la comunicación verbal de tan aplicadas alumnas, hubiera sido buena idea incluir en el temario el citado texto de "El machismo en la Lengua Española". Así, cuando sus clientes se dirigieran a ellas de mil maneras distintas, se darían por aludidas de inmediato y sin temor a equivocarse. Ventajas de saber idiomas.

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