07 de noviembre de 2017
07.11.2017
La Ciprea

Las niñas tristes

07.11.2017 | 00:35
Las niñas tristes

Ayer vi una. Había un baile en la plaza del pueblo. La niña triste estaba con su padre. Juraría que era su padre por el gesto huraño y perdido de los ojos y el roce leve de sus hombros contra los hombros de la muchacha. Ella tendría unos 16 años y estaba, sencillamente, triste. Naturalmente triste. Con su vestido gris y su pelo lacio caído sobre los hombros. No miraba a nadie ni a nada. No miraba. Parecía fija en el aire. Como muerta. Ella era gris. Más que pálida, era gris. Y cuando todos parecían comer y beber, reírse o bailar, ella permanecía impávida debajo del toldo que cubría las mesas y los comensales. Me resultaba familiar y pensé: ¿Dónde he visto yo a esa niña? Luego dije: esa muchacha es una niña triste. Y añadí: pienso que la han violado.

Solo eso dije. Y pensé en el padre, su propio padre, un hermano, un tío, un amigo íntimo de la familia del que nadie desconfía que coge en brazos a la niña triste y la sienta en sus rodillas mientras ve la tele y el partido de fútbol del domingo y acaricia sus muslos y sus partes íntimas mientras la niña triste calla y se sofoca y se pone roja y no sabe el porqué. Y pensé en el amigo médico del padre que le hace una radiografía y le palpa los pechos mientras sugiere que la niña triste está mal colocada y si la visita en casa porque tiene fiebre mete sus manos debajo de las sábanas para tocarle los muslos y la vagina sonrosada y triste. Y cuando la niña le cuenta eso a mamá porque la mamá le dice que tiene carita de querer vomitar y ella le dice que no, que es que el amigo de papá la ha estado tocando, la madre se alarma por esa manía que tiene la niña de creer que todos los hombres la tocan.

Y entonces la niña se pone su traje gris de no querer vivir. Y todos sienten miedo a la oscuridad de sus ojos y a ese modo de dar la espalda a la vida y a esa forma de caminar junto al padre que la protege y condena para siempre. Y un día cualquiera, en una fiesta cualquiera, me tropiezo con ella y la miro y fuerzo su mirada hacia mí y le sonrío como nunca nadie le ha sonreído y le digo con la mirada que no está sola, que yo comprendo lo que siente, que hay millares de niñas como ella en otros lugares del mundo que han sobrevivido a tanto dolor y hoy sostienen en alto una espada dispuesta a defenderla hasta quedar sin aliento.

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