Ritos de paso

Un escrito de la nada

29.09.2017 | 00:21
Un escrito de la nada

En la calle Petritxol de Barcelona están casi todas las cosas que se pueden disfrutar. Chocolate, cruasanes, libros, objetos de papelería de postín, láminas, cuadros? Después de hurgar en Maragall Ediciones, una tarde llevé a Nuria a la Granja Dulcinea. Nuria era una bomba explosiva sin detonador que levantaba vendavales a su paso. Meses antes, julio de 1977, me había ido con ella, su hermano y otras gentes a las Sis horas de Nova Canço en Canet de Mar. Me encantaban aquellas noches de canço, pero, además, tenía que hacer méritos para conquistar a Nuria. Por eso no dudé en enarbolar la estelada que me ofreció su hermano, entonces fervoroso militante del PSAN (Partit Socialiste d'alliberament nacional). De poco valió mi esfuerzo aparentemente independentista porque Albert, el hermano de Nuria, tenía tanta influencia en ella como Mariano Rajoy en Carles Puigdemont. Aun así, en invierno, Nuria y yo estábamos en la calle Petritxol buscando el calor de un buen chocolate porque en el hostal donde habíamos pasado la noche y la mañana hacía un poco de frío. Resultó incómodo el tránsito, engañar a la guardesa, éramos ambos, a todos los efectos, menores de edad, Nuria más que yo, pero la permisividad hosca de la hostelara de la plaza del Pi nos permitió vivir nuestra corta e intensa historia de amor. Ninguno de los pisos conocidos era posible para el encuentro, yo me hospedaba aquellos días en casa de los padres de un amigo y ella vivía en la de los suyos. Pero en aquella Barcelona se podían hacer casi las mismas cosas que se hacían en París y no en ninguna otra ciudad de España. El verano anterior, el parque Güell había vivido unas jornadas libertarias que asombraron al mundo, y a Martín Villa, que no tardó más de seis meses en montar el incendio del Scala. Nuria se fue de mi vida tan pronto como apareció. Al revés que su hermano, no tenía ningún tipo de inquietud política, prefería ignorar y divertirse. Esta semana, en una ráfaga en un informativo de televisión, vi a Nuria entregando una flor a un guardia civil. Era ella, porque a pesar de los años seguía siendo la adolescente del hostal de la plaza del Pi, la que mojaba los churros en la taza y se dejaba los labios llenos de chocolate para que yo la besara. No sé si este domingo se podrá ir tranquilamente a pasear por la calle Petritxol. Espero que sí, y que un guardia civil acepte las flores de Nuria.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine