Enigma$

Fantasmas hospitalarios

23.07.2017 | 02:37

Los libros sobre fantasmas son folclore. Recogen rumores y testimonios de personas que observaron, escucharon o sintieron algo que interpretaron como una presencia fantasmal de acuerdo a cómo nuestras creencias populares aseguran que se comportan esos personajes evanescentes, si es que existen, cosa de la que es muy lógico dudar. El libro de Alfonso Ferrer y Alfredo Moreno, Los fantasmas de la Candelaria (2.0 Books. Ediciones Idea, 2016), es un ejemplo de ello, y tampoco aporta pruebas que estén a la altura de lo que pretende sugerir de manera más o menos indirecta: la existencia de esas entidades trasmundanas que, en esta ocasión, se hacen notar según algunos por los pasillos y habitaciones de la Residencia Sanitaria y del Hospital del Tórax de Santa Cruz de Tenerife. Los hospitales, junto con los cementerios y los caserones antiguos son los tres espacios arquitectónicos que la literatura considera como morada usual de esas almas atrapadas en lo material.

El libro se lee mucho mejor que la mayoría de los de su género y en su introducción incluye una especie de aviso que hay que agradecer a los autores: "Estos testimonios no son la prueba definitiva de nada, no pretenden demostrar la vida en el más allá, tampoco que sea posible la comunicación con personas fallecidas, ni que se pueda profetizar la hora de la muerte". Cada libro sobre misterios debería estar encabezado por una declaración semejante.

Los autores exponen una serie de testimonios sobre presencias, visiones de sujetos que no deberían estar donde están, puertas que se abren y se cierran solas, llantos de niños invisibles y cosas semejantes (más una desubicada historia de contactismo espiritista vía escritura automática y telepatía de una tal Desi Catalano), pero no nos explican si esos relatos proceden de personas que conocían otros testimonios previos y estaban, por ello, influidos y tenían expectativas en este sentido. Un estado de alerta continuado más la sugestión suele ser un factor desencadenante para este tipo de experiencias. En otra ocasión nos presentan un relato que claramente retrata una experiencia de parálisis del sueño y alucinación hipnopómpica -así lo sugieren los propios autores-, cuando un tal Adrián de madrugada abrió los ojos y vio una sombra de gran estatura apoyada contra la pared con la correspondiente sensación de miedo sin poder moverse ni hablar (páginas 124-126).

Uno de los párrafos del libro (página 114) con el que estoy en desacuerdo es: "Si aceptásemos a priori que todos estos fenómenos se resuelven desde el punto de vista psicológico científico, nada habría valido la pena en esta empresa. ¿Para qué hablar con los testigos? ¿Para qué consultar hemerotecas? ¿Para qué reflexionar y analizar más allá de lo meramente aparente?". Se trata de una versión sofisticada del clásico: "Si no crees para qué investigas". Mi posición es la contraria: si no explicas, resuelves y pulverizas el supuesto misterio, ¿para qué investigas? No se trata de aceptar a priori que todos esos fenómenos (relatos sobre supuestos fenómenos, mejor) se puede explicar; se trata de conseguirlo a posteriori. Si se da el caso, por supuesto que habrá valido la pena: se habrá conseguido explicar racionalmente un conjunto de testimonios sobre pretendidos sucesos ultramundanos. ¿Cabe mayor felicidad? La entrevista con los testigos y la consulta en hemerotecas son medios necesarios, pero no son fines en sí mismos.

La tendencia natural es dar cuenta de estas experiencias totalmente subjetivas sin necesidad de recurrir a energías psíquicas ni a otros elementos pseudocientíficos que, a su vez, nadie ha probado. Otro ejemplo es el uso del término "impregnación", que al parecer acusan algunos de los espacios hospitalarios considerados debido al dolor de pacientes, familiares y facultativos (página 29), pero hasta que se demuestre lo contrario la única impregnación que existe en este terreno es la cultural y la psicológica. Los autores tampoco sugieren la posibilidad de que esos testimonios procedan de individuos que desean creer, o de sujetos con personalidad con tendencia a la fantasía, personas totalmente normales pero con una habilidad destacada para fantasear. A menudo pasan mucho tiempo fantaseando, informan de apariciones y tienen experiencias extracorporales. También pueden declarar que poseen "poderes psíquicos" y sueños muy vívidos, y son muy sugestionables al contagio e interiorización de rumores y noticias sorprendentes, como explica Joe Nickell en Entities. Angels, Spirits, Demonds, and Other Alien Beings (Prometheus Books, New York, 1995).

Los fantasmas de la Candelaria supone una meritoria recopilación de testimonios locales sobre la creencia en entes desencarnados en su versión contemporánea, con la dificultad añadida del medio ambiente en el que fueron recogidos. En este sentido, es un material a partir del cual pueden trabajar folcloristas y psicólogos en pos de explicaciones o comprensiones racionales.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine