tribuna abierta

Tenerife no puede esperar más

16.07.2017 | 03:29
Tenerife no puede esperar más

Fue en octubre de 1978 cuando se inauguró el Aeropuerto de Tenerife Sur, tras un impulso en las obras motivado por el trágico accidente de los dos jumbos en el Aeropuerto del Norte. Ya en ese momento, incluso un año antes de que fuera inaugurado, el plan director del Reina Sofía contemplaba la construcción de una segunda pista, paralela a la primera y situada a una distancia de 750 metros.

Han pasado casi 40 años desde su apertura y a lo largo de este tiempo todos los planes directores del Aeropuerto Reina Sofía han incluido siempre el proyecto de la segunda pista. Pero hasta ahora continúa siendo solo eso, un proyecto, incumpliendo incluso el plan de obras previsto por Aena hasta el 2020.

A esto se suma que la Agencia Europea de Seguridad Aeronáutica exige determinadas infraestructuras por motivos de seguridad, como una segunda pista para emergencias, de las que adolece el aeródromo del sur de la Isla, uno de los

más rentables de España, junto a El Prat, en Barcelona; Adolfo Suárez, en Madrid; Palma de Mallorca o Gran Canaria.

Durante todo este tiempo el argumento utilizado por Aena para no construir la segunda pista ha sido que a 60 kilómetros de distancia, en el norte de la Isla, se encuentra el Aeropuerto de Los Rodeos, disponible para absorber las consecuencias de este tipo de accidentes, funcionando a modo de segunda pista.

El accidente que afectó al tren de aterrizaje de una aeronave de la compañía Jet2 el pasado 27 de junio ha puesto sobre la mesa la vulnerabilidad del Aeropuerto. Por suerte, tenemos que felicitarnos todos porque no hubo consecuencias mayores para la seguridad de las personas. En realidad, si lo pensamos fríamente, fue un incidente sin la más mínima importancia.

Un incidente nimio que, sin embargo, provocó que durante cinco horas se paralizara toda la actividad aeronáutica hasta que se consiguió despejar la pista. Se desviaron 33 vuelos, algunos a Los Rodeos, pero otros a otras islas porque Tenerife Norte no tiene la capacidad suficiente para absorber mucho más tráfico del que ya registra cada día.

De hecho, de los 33 vuelos que se desviaron durante esas horas, 25 se dirigieron al aeropuerto grancanario de Gando, cinco a Los Rodeos, dos a Lanzarote y otros dos a Fuerteventura.

¿Qué hubiera pasado si hubiera ocurrido un accidente más importante? ¿Cuánto tiempo se hubiera tardado en restablecer la operatividad de la pista? ¿Cómo afectaría a la economía de Tenerife?

No es un debate nuevo, no nos engañemos, pero quizá ahora sea más necesario que nunca. Sí quiero dejar claro que no debemos contaminarlo con otras discusiones paralelas, como la de la segunda terminal de pasajeros. Porque lo que es importante por encima de todo es la seguridad de los viajeros y eso solo podemos garantizarlo con una nueva pista. Me refiero a la T2 que se inauguró en 2007 mientras José Segura era delegado del Gobierno en Canarias tras una inversión aproximada de 30 millones de euros y que está siendo infrautilizada. Ambas cosas son importantes, sin duda, pero la segunda pista es prioritaria porque si hubiera ocurrido

algo más grave, la operatividad del Aeropuerto podría verse afectada durante días, poniendo en riesgo la principal fuente de riqueza de esta Isla: el turismo.

Es una necesidad que no se debe al interés de unos cuantos alcaldes, ni de los empresarios del sur. La realidad es que Tenerife no puede esperar más, porque es una infraestructura clave para el desarrollo económico y social de la Isla y, además, como se demostró con el accidente del Jet2, está fundamentada en razones de seguridad y operatividad.

Solo en 2016, el Aeropuerto del Sur recibió 10,5 millones de pasajeros, casi un 15% más que durante el año anterior y la previsión es que la cifra siga aumentando en los próximos años.

Por tanto, la segunda pista del Reina Sofía es una prioridad, tanto por seguridad, como para garantizar el futuro de un territorio insular como el nuestro que depende tanto de las infraestructuras portuarias y aeroportuarias. No podemos permitirnos el lujo de no tener una alternativa.

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