LA GALAXIA A MEDIODÍA

Púrpura y grafito. Laura Mesa y Sema Castro

18.06.2017 | 23:42
Púrpura y grafito. Laura Mesa y Sema Castro

Los artistas Sema Castro y Laura Mesa, que pertenecen a generaciones diversas (media entre ellos década y media de transformaciones y derivas plásticas que, en Canarias, ha terminado generando un espacio artístico de enorme calidad), presentan en La Laguna sus últimas creaciones.

Sema Castro (Gran Canaria, 1960) abre las puertas de su mundo onírico en Artizar con Sycopúrpura, una reflexión o, mejor dicho, una ensoñación que se centra en el pasado remoto de las Islas Canarias, conocidas también en la antigüedad, acertada o equivocadamente (pues los historiadores no han cerrado la discusión acerca de si se trata de nuestras islas o de los islotes de Mogador) bajo el nombre de Islas Purpurarias.

Aparte de la clara referencia al arte psicodélico, del que en efecto se podrían rastrear no pocos elementos en la obra de Castro, Sycopúrpura, en especial el prefijo, remite a uno de los elementos más característicos del proceso interno de todo el trabajo del pintor. Me refiero al vuelo psíquico de la mente, es decir, a las realizaciones imaginarias no motivadas que el ojo concreta frente a las pinturas del grancanario. Aunque no es su única influencia, la estirpe artística de Castro, en este sentido, está fuertemente enraizada en el sustrato surrealista de nuestra historia insular. Sus pinceladas diluidas, quebradas, insistentes, están prefiguradas, mutatis mutandis, en algunas obras de Óscar Domínguez. Obviamente en los paisajes litocríticos y cósmicos de mediados de los años 30, y también en la decalcomanía, si bien en Castro no hay automatismo mecánico puro, sino un trazo más o menos intencional en el que la ensoñación pictórica se transmite sobre la superficie, a través del pincel diluido (pero no fluido), a modo de micro-pulsaciones que van quebrando el trazo al mismo tiempo que lo hacen avanzar.

Sin llegar al borde de la imagen puramente fantasiosa y del delirio cromático de la pintura psicodélica (el propio artista ha mostrado su rechazo a dejarse llevar y alcanzar tales grados de ofuscación), las formaciones plásticas de Castro terminan por crear la ilusión de que estamos presenciando algo familiar, un mundo o zona, que reconocemos vagamente, o que es reconocido en nuestro subconsciente. El proceso pasa por tres fases: fase de pareidolia, fase de reconocimiento simbólico y fase de disolución.

El fenómeno pareidólico presente en las pinturas de Castro nos invita a construir, a media distancia de la superficie pintada, paisajes, atmósferas y seres míticos de gran potencia expresiva. Aunque lo verdaderamente importante de este fenómeno de reconocimiento reside, más que en la creación misma de esos elementos, en el hecho de que, en el nivel subconsciente, esos paisajes pareidólicos son incorporados a nuestro imaginario como escenarios propios de una sobrerrealidad insular que alcanza enseguida el grado de mítica o simbólica. ¿Cuántas veces, ante una pintura de Castro, no hemos visto o creído ver, como en la representación de un sueño atávico, una bahía solitaria al borde de una isla, espacio sin el más mínimo dato de presencia humana, cubierta por una luz de irisación envolvente, siempre de amanecer o atardecer, elevándose desde un silencio que se remonta al origen de los tiempos? Desde la distancia asistimos incluso al claro dibujo de las rugosidades de las rocas, de los más pequeños pliegues de las olas, de los surcos de las hierbas en los que brilla aún el rocío de la noche, de las curiosas vegetaciones bajo las que bulle un microcosmos celulario invisible y presente. Todo un ensueño que, de repente, tras ese otro efecto tan característico de la pintura de Castro (me refiero al efecto engañoso de miniaturización de la materia), al acercar la mirada, nos sorprende con un vacío, con la certeza de que solo hay las huellas y surcos de un pincel visionario que avanza con latidos milimétricos.

En la otra punta del arco temporal de la gran generación (en sentido amplio) de artistas plásticos de Canarias, se encuentra la casi desconocida Laura Mesa (Tenerife, 1975), Doctora en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna en 2008. Aparte de algunas muestras, una de ellas individual, organizada en Mogán en 2006, se puede decir que 1364 es, en el sentido fuerte y comprometedor de la expresión, su primera exposición individual. El suelo de madera de la única sala expositiva de que dispone el Ateneo de La Laguna ha sido cubierto por Laura Mesa con cientos de bandas circulares de papel insertadas a diferentes alturas unas dentro de otras. Cada banda de papel ha sido tratada con grafito o tinta. La sencillez contrasta con la laboriosidad del proceso de creación, en el que los conceptos de repetición, insistencia y acumulación son cardinales. El resultado es un extraño paisaje de mastabas circulares que apenas se alzan del sueño veinte centímetros.

Pero el proceso realizado en el taller, o eso me parece, no es meramente una actuación sobre la materia, en este caso las tradicionalmente más pobres de la pintura: el grafito, la tinta y el papel. Para empezar, Mesa no doblega la humilde materia maleable con la que trata. No es una Efestos muscular blandiendo un martillo. El recuerdo del gran maestro canario del grafito, Julio Blancas, viene a mi cabeza. Ambos artistas no quieren en sus manos otra cosa que el material más simple, más primario. Incluso en sus gestos se parecen: los repiten una y otra vez, son insistentes, obcecados. Es, seguramente, el precio que hay que pagar por elegir el camino del dibujo. Y por ello ambos artistas demuestran gran arrojo y voluntad. Sin embargo, tengo la impresión de que en el taller de Mesa, el modo en que el grafito es impelido en el papel nunca llega a ser un acto violento o forzoso, sino todo lo contario. En algunos dibujos el grafito ni siquiera parece que haya sido más que arrastrado delicadamente sobre la superficie, sin aplicar presión alguna. Además, Mesa hace surgir sus materiales de su estado larvario, los anima para que se levanten y tomen cuerpo y espacio. En otras piezas, el grafito o la tinta son adheridos delicadamente, en diminutas partículas, ya sea sobre el papel o sobre la superficie interior de unas urnas de cristal, que se convierten a su vez en estancias de objetos desdibujados (una cuerda, una lata, un trozo de madera).

El trato con los milagros de lo minúsculo, con lo que no ocupa espacio, con lo que tiende a ocultarse, como la tinta, que aspira a retirarse místicamente al interior de la celulosa, marcan la naturaleza del trabajo de Mesa. Miles de papeles de seda manchados con ligeras gotas de grafito, amontonados, terminan por formar una pieza de gran finura y profundidad. Una poética arriesgada la de Laura Mesa, poética de la ocultación, de lo mínimo, de lo primordial, de la nada. Una nada que, como quería María Zambrano para la poesía, saca la nada de la nada misma.

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