con mano izquierda

Vejar a mendigos como entretenimiento alternativo

21.04.2017 | 01:57
Vejar a mendigos como entretenimiento alternativo

Repugnancia. Vergüenza. Desolación. Asco. Esa es la mezcla de sentimientos que me provocan las imágenes de hordas de aficionados que, aprovechando la celebración de los partidos de fútbol europeo de sus respectivos equipos, se dedican a vejar a cuantos mendigos se cruzan en su camino de etilismo y excesos. Al parecer, humillar a indigentes en las distintas ciudades donde se disputan las eliminatorias del deporte rey se ha convertido en los últimos tiempos en otra disciplina de competición. La escena suele desarrollarse más o menos así. Los infelices se acercan a algunos grupos de hinchas que beben a discreción en las terrazas más céntricas de las capitales. Les piden alguna moneda, como acostumbran a hacer con otros turistas y visitantes, pero aquellos optan por lanzárselas al suelo. Conforme se van agachando para recogerlas, las mofas, los cánticos y las burlas arrecian. Incluso les ofrecen limosnas más jugosas si están dispuestos a bailar, a hacer flexiones o a prescindir de la autoestima en cualquiera de sus formas, siempre que, por descontado, provoque la carcajada. Hay quien ha llegado a tirarles trozos de pan y a orinarles encima.

Los opinadores más indulgentes acostumbran a sugerir que el gran culpable de estos desmanes es el alcohol (ya se sabe, las copas son el diablo), pero a mí ese argumento tan elástico no me convence. Por el contrario, me produce, si cabe, mayor rechazo. Desde luego, no me quiero ni imaginar el escándalo que se hubiera organizado si, en vez de maltratar a unos desdichados, las dianas de sus tropelías hubieran sido un toro, un perro o un caballo. Más de uno, a golpe de tuit, habría pedido la ejecución de los agresores en plaza pública. Pero, como sólo se trata de menesterosos anónimos, el escarnio se reduce a mera anécdota mediática.

Por si no fuera suficiente, los mandamases de la UEFA, agitando la bandera de su falaz lucha contra el racismo, se limitan a proponer la asunción de medidas urgentes, todas ellas -cómo no- de carácter estrictamente económico. De ellos tampoco cabe esperar ninguna reacción más contundente ni, por supuesto, más efectiva. Apartar a los clubes cuyas aficiones se comportan como bestias salvajes sería un buen comienzo (aunque momentáneamente tuvieran que pagar justos por pecadores), ya que sólo así se evitarían unas acciones tan impropias de la raza humana. Pero no parecen estar por la labor.

Lo que resulta más que evidente es que la sola aplicación de las leyes resulta ineficaz para resolver este problema. Como ocurre con tantas otras cuestiones, no basta con legislar, sino que urge educar en valores. Es obvio que a los seres humanos no nos define nuestro nivel económico. Pero esta sociedad en la que vivimos se dedica a ensalzar la hermosura y la riqueza y a denostar la fealdad y la pobreza. No nos importa que los refugiados huyan de la barbarie, a condición de que no ensucien nuestras calles y, sobre todo, no alteren nuestras conciencias. Lo que no se ve no existe. Así es la avanzada Europa de la que formamos parte, la misma en la que no estamos dando la talla como especie.

Para colmo, este denigrante fenómeno no es exclusivo del ámbito deportivo. Recientemente un joven youtuber de apenas 19 años dio veinte euros a un sintecho en riesgo de exclusión social con el fin de poder grabarle mientras comía unas galletas rellenas de dentífrico para, posteriormente, colgar su lucrativo video en las redes sociales. El caso se puso en conocimiento de la autoridad judicial por si pudiera ser constitutivo de un delito contra la integridad moral. Personalmente, no albergo dudas de que estas actuaciones de desprecio hacia los más necesitados deben acabar ante los Tribunales. Hechos como los expuestos anteriormente resultan altamente preocupantes, porque ni son aislados ni cotizan a la baja. Es preciso, pues, que la ciudadanía se muestre firme frente a estas exhibiciones de falta de humanidad. Desde ahora mismo.

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