01 de febrero de 2017
01.02.2017
Retiro lo escrito

Donald Trump y Canarias

01.02.2017 | 04:56
Donald Trump y Canarias

Benditos aquellos que todavía piensan que Donald Trump es espantoso o admirable, pero que contemplan sus hazañas iniciales en la Casa Blanca como un espectáculo televisivo. Se equivocan. Por decirlo de una manera sin duda alarmista y campanuda: el señor Trump supone un riesgo elevado para nuestras ínsulas baratarias. Muy sencillamente: el nuevo presidente estaría encantado con un debilitamiento político, económico y militar del proyecto europeo, y si esa patología conduce a su desarticulación, tanto mejor. El que será su embajador frente a la UE, Ted Malloch, ya ha profetizado que al euro le queda un año o, todo lo más, año y medio de vida, porque la unión monetaria "ha fracasado definitivamente y amenaza con derribar todo el edificio institucional". En la reestructuración de las relaciones que conforman el orden mundial anhelado por la camarilla aupada al poder en Washington, la unidad política que más tiene que perder es Europa, esa tierra "llena de líos", como comenta Trump con un mohín de asco.

El discurso de los antieuropeístas -mayoritariamente situados en la ultraderecha- muestra indudables concomitancias con la retórica del trumpismo y tiene la misma ventaja para su atractivo electoral: reconocer que la percepción de las empobrecidas y precarizadas clases trabajadoras y la agonía de las clases medias se ajusta a la realidad. La Unión Europea no funciona. Las élites políticas y los mandarines de Bruselas se han equivocado atajando la crisis financiera con sus políticas de control presupuestario y tributario, originando un enorme sufrimiento social y un horizonte de desesperanza. No se avizora ningún proyecto imaginable de armonización fiscal entre estados deudores y estados endeudados. Los grandes bancos están agusanados por deuda pública invendible y préstamos mutuos insalvables. Los liberales, los democratacristianos y los socialdemócratas no son ya discernibles y carecen de un argumentario decente para defender a la UE: la brecha entre los principios fundacionales del proyecto (valores democráticos, pluralismo ideológico, bienestar social, relaciones basadas en el consenso multilateral, apertura al mundo) y los programas políticos implementados en los últimos quince años deviene insalvable. Los europeos cultos y bien nutridos -no son todos ni mucho menos- expresa su horror por las órdenes ejecutivas que firma Trump con su corbata roja sangre, porque ha olvidado de las decenas de miles de refugiados que se agolpan en sus fronteras y que mueren de frío en el invierno polar o de los africanos que se ahogan como perros cruzando el Mediterráneo.

Implosionada la UE, la administración Trump, a buen seguro, estaría dispuesta a firmar tratados comerciales con Alemania o Italia, como el que ha prometido ya al Gobierno del Reino Unido. Pero sin la Unión Europea el futuro de Canarias se torna muy oscuro. Primero, porque aunque se metabolice escasamente por el establishment político, la economía pública ha sido fundamental para la transformación de las condiciones materiales del Archipiélago en los últimos treinta años, y en esas inyecciones financieras a través de proyectos y programas la UE ha jugado un papel fundamental, y segundo, además de las asignaciones concretas que siguen llegando, "el capital soft que se aglutina desde un común marco institucional entre sociedades y agentes es inmenso", como ha indicado el profesor José Ángel Rodríguez. No, Trump no es irrelevante para Canarias.

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