27 de enero de 2017
27.01.2017
Retiro lo escrito

La adivinanza tarifaria

27.01.2017 | 04:22
La adivinanza tarifaria

Una de las pruebas definitivas para calibrar la solidez de un proyecto político en España es escudriñar en los programas y en la acción diaria de los partidos (en el poder o en la oposición) sus propuestas acerca del sector de la energía eléctrica de este país. Podrá comprobar entonces que se dividen entre el continuismo más o menos repatingado y el asirocamiento de nacionalizaciones y ukases normativos para castigar a los malvados y liberar al pueblo. En realidad los costes del sistema eléctrico -y su traducción tarifaria- son un enigma a mitad de camino entre Juan Tamariz y Georg Cantor. No será fácil salir de este galimatías creado por los sucesivos gobiernos en los últimos veinte años con el evidente propósito de conseguir el cariño de las compañías eléctricas y el menos evidente anhelo de no sufrir dolorosas consecuencias electorales. Ambas corrientes sentimentales han coincidido en un monstruo insaciable que se llama déficit tarifario, eje central de un diseño de mercado ineficiente, y principal responsable de los elevados costes del consumo eléctrico en España. Ahí, en el déficit sanitario, se mete todo: costes de transportes y distribución, cogeneración, primas a las renovables... Todo lo que no se trasladó en su momento a la factura, pero que debe ser pagado, y se trata de pagar una factura de miles de millones de euros.

Es muy sorprendente la resistencia de la izquierda -incluyendo un sector considerable del PSOE- a asumir que la desastrosa realidad del sistema eléctrico es más la consecuencia de un pésimo diseño institucional del mercado que la inevitable derivada de la rapacidad del oligopolio eléctrico. Noruega tiene una mayor concentración empresarial que España en el mercado de generación de energía eléctrica y, sin embargo, los precios medios de la misma son inferiores a los españoles. Aunque sea herético debe recordarse que en las multimillonarias ganancias de las compañías eléctricas se incluyen lo que son beneficios contables. El profesor Conde-Ruiz ha comparado la relación entre el beneficio obtenido y el capital invertido por las compañías eléctricas españolas y el resultado es muy interesante: su rentabilidad es relativamente modesta y muy inferior, por ejemplo, a las empresas constructoras, a las petroleras o al imperio comercial de Amancio Prada. El mismo déficit tarifario se anota en el haber de las empresas eléctricas: las deudas por déficit están titularizadas y figuran como ingresos en los balances.

Nadie parece atreverse a una reforma del disparatado sistema eléctrico español y es que cualquier reforma exigiría un coste económico, político o electoral. La incorporación de una parte sustancial del déficit tarifario a una partida específica de los presupuestos generales del Estado o la eliminación de barreras normativas -como el celebérrimo impuesto al sol impulsado por el ministro José Manuel Soria, en gloria esté- impuestas a la autogeneración de particulares y pequeñas y medianas empresas podrían ser dos medidas razonables si existiera un razonable debate político sobre la materia.

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