13 de enero de 2017
Ritos de paso

Cosas de curas

13.01.2017 | 03:16
Cosas de curas

Estábamos tranquilos, un café con leche, dos periódicos locales, La Voz de Galicia y La Opinión de A Coruña, y El País, en una cafetería de pueblo gallego regentada con elegancia. Estábamos esos cuatro y yo en una mesa. Ah! se me olvidaba: también una botella de agua con gas, Cabreiroá, con las burbujas exactas, ni una más, ni una menos, servida en una copa sin hielo y sin limón, agresión de moda contra el agua con gas en todas las cafeterías, bares y restaurantes de este país. Estábamos, digo, y dos mesas a la izquierda, otro lector de prensa. En estas apareció el cura del pueblo. Saludó como saludan desde hace medio siglo los curas aparentemente abiertos a la sociedad y a las nuevas formas y costumbres. Por supuesto, no vestía sotana. Se sentó con mi vecino lector de prensa, y empezó a largar: que si la despoblación, que si las muchas parroquias que atendía, que si el obispado no llevaba bien las cosas, que si tal cura se había secularizado por hartazgo? Lo cierto es que me interesaba poco lo que contaba, pero no podía dejar de oírlo. Hasta salió el padre Ángel, el de Mensajeros de la Paz, el de la iglesia de San Antón de Madrid, una parroquia insólita en la que se da de beber al sediento y de comer al hambriento. Salió a colación el padre Ángel y para mal: que si era un cura mediático, que si sólo pensaba en su protagonismo, que si lo que hacía no era cristiano, que no hacía apostolado, etc. etc. Desconecté pero me di cuenta que el cura de pueblo buscaba apoyos para que la gente despreciara al padre Ángel porque, al parecer, algo estaba haciendo mal con respecto a lo que manda la iglesia católica. ¡Cuánta miseria! pensé. Cuánta miseria y qué viejas monsergas y envidias entre curas. Conocí al padre Ángel en Buenos Aires hace catorce años, cuando el corralito estaba agónico pero hacía mucho daño, sobre todo en los barrios de la capital argentina. El padre Ángel tenía dos o tres guarderías para acoger gratis a niños a los que sus padres no tenían donde dejar mientras hacían sus trabajos clandestinos retribuidos en patacones. Después cenamos en la embajada de España con otras personas. Me encantó la actitud y la corbata desaliñada del padre Ángel. Sé que resulta incómodo desde hace tiempo a la casta eclesial pero, como siempre, de lo local a lo global, creo que algo gordo se está preparando contra el más cristiano de los cristianos. Atentos a las noticias.

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