02 de enero de 2017
02.01.2017
La columna del lector

Pilotos de avionetas

01.01.2017 | 23:13

Los tinerfeños, todos los canarios, tienen la palabra. la opinión de tenerife pone a su disposición La columna del lector, una sección para resaltar por su interés y oportunidad la opinión de un lector entre las decenas de cartas recibidas a diario.

Con motivo del reciente aterrizaje de una avioneta en la playa de Las Teresitas, recuerdo un caso de un compañero de colegio de nombre Juan José (JJ), que poco después de salir de las aulas del bachillerato de seis cursos, se enroló en el Aeroclub. Tuvo varios vuelos acompañado de instructor y luego le dejaron la avioneta por vez primera para él solito, con permiso solamente para volar en el cielo de Los Rodeos. Pero JJ, haciendo caso omiso, se animó airoso y se fue a dar unas vueltecillas por Bajamar. Los bañistas que echados de dos en dos se untaban armoniosamente cremas protectoras y cogían sol soporíferamente en las piscinas bajamareras, fueron sorprendidos inopinadamente y tuvieron que correr y botarse al agua para huir de la cercanía aparatosa del aparato pilotado por JJ. Pero al regreso al aeropuerto hubo una nube maligna e imprevista que se cruzó en el camino y espacio acostumbrado. JJ tomó otros derroteros, otra ruta de acercamiento a la pista de aterrizaje. No la encontró. No llegó. Terminó 'aterrizando' en una ladera escarpada, zona de los bajos del monte de Las Mercedes. La suerte, no obstante, le acompañó. Rociado de gasolina debido al encontronazo, consiguió salir con vida, pero en aquellos andurriales quienes primero aparecieron por una vereda fueron un burro y su dueño, un campesino que colgaba típicamente de su labio inferior el típico 'fedora', una marca de cigarrillo popular semi encendido, que es como siempre lo llevan los agricultores auténticos en el medio rural. Lo primero que le dijo JJ al susodicho dueño del burro fue: ¡ayúdeme, compañero, pero antes apague el cigarro, por favor, que esto no es agua, sino gasolina!

Así me lo confesó en su momento el interfecto JJ, que padeció, como secuela del golpe, una ligera cojera de por vida y que desrgraciadamente falleció cuarenta años después, por una enfermedad no directamente relacionada con el accidente, acaecido en julio de 1960.

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