30 de diciembre de 2016
Retiro lo escrito

Fama y famosos

30.12.2016 | 02:48
Fama y famosos

Si se mueren tantos famosos es porque ahora hay muchos famosos. Cuando Plutarco escribió a principios del siglo II sus Vidas paralelas -en las que comparaba a una celebridad griega con una romana en la política o la milicia- pudo escribir cuarenta y ocho. Las Vidas paralelas fueron muy leídas durante el Renacimiento, pero algún que otro humanista le reprochó a Plutarco la escasa estatura histórica o el discutible mérito de alguno de sus biografiados para pasar a la memoria de los hombres. Cuarenta y ocho famosos, espigados incluso de los siglos de gloria de Atenas y Roma, se antojaban demasiados. La excelencia siempre es muy minoritaria y esa convicción se mantuvo durante muchísimos años. Hoy no es así y ya en los años setenta Warhol sentenció que todo el mundo disfrutaría de diez minutos de fama televisiva en un futuro inmediato, lo que pareció una coqueta exageración. Pero no exageraba lo más mínimo, como sabemos después de Operación Triunfo.

La fama se ha multiplicado, se ha transformado, se ha desacralizado. El famoso de antaño (Julio César, Francisco de Asís, Miguel Ángel, Beethoven) desprendía el fulgor de virtudes incomparables, mientras que la fama actual y posburguesa se basa, precisamente, en una comparación casi sistemática. Las celebridades de los siglos anteriores a la alfabetización universal, a la tecnología de reproducción de la obra de arte, al cine y la televisión y a la sociedad de consumo moraban en cimas inalcanzables y eran admirados desde abajo como referencias de ejemplaridad; ahora el famoso forma parte de nuestra vida cotidiana, es usado como un cromo y apenas merece auténtico respeto. Obsérvense las imbecilidades dedicadas en twitter a Carrie Fisher -eso de la princesa desclasada que quería destruir al Imperio: ahora la Guerra de las Galaxias es una deriva cinematográfica del Manifiesto Comunista- o los artículos que presentaban lo que no era más que un personaje de ficción, de naturaleza básicamente funcional, como una metáfora de la mujer independiente, inteligente y temperamental que exigía respeto y luchaba valientemente por lo que amaba. Artículos que no escriben adolescentes babosos, sino babeantes periodistas de ambos sexos de cuarenta y tantos años. Ese trapicheo con las celebridades - te uso como metáfora, como imagen, como acertijo, como icono, como pretexto de cualquier discurso o antojo intelectual o moral- era inconcebible antes. Nadie se atrevió nunca a tratar así a Elena de Troya, que hoy estaría condenada, para empezar, a rimas muy ocurrentes.

La fama se ha democratizado y se puede ser famoso por una serie de televisión, por la habilidad de apagar velas expidiendo gases, por haber sido abofeteado mientras se ha insultado a alguien, por tener la suerte en el casting para una superproducción que fue un incomensurable éxito de taquilla y el punto de partido de un negocio planetario y una mitología mucho más aburrida, simplona y ajena a la existencia humana que la de los griegos o romanos. Fischer fue una escritora estupenda, mucho más talentosa que esa joven, sosa y mediocre actriz que ha embobecido a tres generaciones de espectadores. Porque el famoso contemporáneo es, igualmente, una víctima, si dura lo suficiente para ser liquidado por su propia fama. En un futuro aún más próximo todos seremos famosos y llevaremos en el bolsillo, en previsión de una muerte fulminante, una ingeniosa necrológica escrita de puño y letra.

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