10 de diciembre de 2016
Cine 'Hasta el último hombre'

La ética de la violencia y de la no violencia

10.12.2016 | 01:44
La ética de la violencia y de la no violencia

Nunca he sido fan de Mel Gibson. Exceptuando sus actuaciones en El año que vivimos peligrosamente y Cuando el río crece, lo considero un actor limitado, de esos que parece interpretar siempre el mismo papel, sea cual sea el proyecto en el que se involucre. El gran número de títulos en los que abusa de su condición de granuja adorable y alocado (Maverick, Conexión Tequila, Dos pájaros a tiro) o en los que exprime su imagen de rudo y musculado individuo de acción (las sagas de Mad Max y de Arma letal) no le han favorecido desde el punto de vista artístico, por más que hayan gozado del apoyo popular. Ni siquiera las cinco estatuillas obtenidas por Braveheart lograron llamar mi atención. Sin embargo, en su última película como cineasta me ha sorprendido gratamente.

Hasta el último hombre es una cinta bélica con un toque reflexivo que, además, se basa en una historia real y, pese a las requeridas alteraciones de los acontecimientos, derivadas de su adaptación a la gran pantalla, ofrece una trama realmente interesante. Durante la Segunda Guerra Mundial, un joven que ha padecido un episodio familiar brutal y desgarrador que le hará declararse contrario al uso de la violencia, se alista en el Ejército de los Estados Unidos para prestar sus servicios como médico mientras dure el conflicto. Su rechazo a las armas le enfrenta a soldados y a mandos militares e, incluso, se ve sometido a un proceso judicial. Finalmente, consigue su objetivo y es enviado a servir como profesional de la Medicina al frente japonés. A pesar de ser recibido con recelo por todo el batallón durante la salvaje toma de Okinawa, termina demostrando su valor salvando a setenta y cinco heridos y consiguiendo, no sólo convertirse en el primer objetor de conciencia estadounidense en recibir la Medalla de Honor del Congreso, sino obtener finalmente el respeto de sus compañeros y de sus superiores jerárquicos.

Aunque en algunos tramos del metraje se observa cierta tendencia al excesivo fervor patriótico y cierta predisposición a forzar la narración para que el espectador la digiera de un modo más ameno, el nivel de entretenimiento y emoción es destacable. Con dos partes bien diferenciadas (una primera hora centrada en todo lo relacionado al adiestramiento y a las penurias de este atípico soldado por culpa de la incomprensión de su entorno, y una segunda desarrollada ya en el campo de batalla), Gibson alcanza un complicado equilibrio entre el pacifismo y el belicismo, entre la reflexión y la acción, entre el ocio ameno y el discurso reivindicativo. Tan pronto sitúa al público ante una cruda y salvaje recreación de la lucha cuerpo a cuerpo como ante un alegato sobre los derechos constitucionales y el heroísmo. De hecho, me aventuro a afirmar que es su obra más completa y acertada. Sin llegar a codearse con los largometrajes más sobresalientes del género -de los que Black Hawk derribado sigue encabezando mi listado particular- constituye una apuesta recomendable e, incluso, emotiva.

En los últimos Hollywood Film Awards su realizador ha obtenido el premio en la categoría de director y en los Critics' Choice Awards opta a los de mejor película o actor.

Por lo que se refiere al reparto, el joven e interesante actor Andrew Garfield (Spiderman, La red social, Nunca me abandones, Leones por corderos) realiza una actuación muy correcta y sostiene sobre sus hombros el grueso del film. Le acompañan el hijo del director, Milo Gibson, Hugo Weaving (Matrix, V de Vendetta) y Rachel Griffiths (La boda de mi mejor amigo, Al encuentro de Mr. Banks).

www.cineenpantallagrande.blogspot.com

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