03 de diciembre de 2016
Retiro lo escrito

Historia y televisión

03.12.2016 | 04:47
Historia y televisión

Los seguidores tinerfeños de la serie de televisión Breaking Bad se quedaron transidos de emoción cuando el protagonista, en el capítulo inicial de la tercera temporada, menciona el accidente aeroportuario de Los Rodeos de 1977. Es asombroso el asombro de la gente ante las referencias sobre Canarias en la tele y el cine en los últimos diez o quince años. Se les antoja con algo que linda con lo prodigioso: como si los poderes fácticos hollywodenses conocieran los golondrinos de nuestro tío abuelo. Que aproximadamente unos 14 millones de turistas visiten las islas anualmente, es decir, que Canarias sea uno de los grandes destinos del turismo internacional, debe ser irrelevante.

En el extremo opuesto, por ejemplo, están los neoyorkinos. Los habitantes de Nueva York -una ciudad maravillosamente viva, mestiza, creativa y ambiciosa- están absolutamente curados de sorpresas cinematográficas sobre su ciudad, que suele ser elegida como escenario predilecto de catástrofes climáticas, asalto de monstruos apocalípticos, magnicidios, bombardeos nucleares o virus mortíferos. "Nos han encargado tantas veces del fin del mundo", me dijo una vez un residente, "que cuando llegue estoy seguro que esta maldita ciudad seguirá funcionando como si nada, ocupándose cada cual de sus negocios". Se me antoja una observación certera. Porque no se trata única y exclusivamente de reacciones ajustadas al esquema de centro y periferia culturales, articulada en una dialéctica de productores activos y pasivos receptores. Esta pasmada admiración, entusiasta y babosa, por cualquier mención en series televisivas óptimas, regulares o pésimas, es propia de indigentes que no conocen su propia historia, y que suponen implícitamente que ser citados en Perdidos es una novedad que casi entienden como un homenaje. Canarias está en toda la literatura hispanoamericana, y en una de las grandes novelas del siglo XX, Cien años de soledad, uno de sus personajes, un empresario belga, compra de camino a Colombia, a Macondo, canarios en nuestras islas para su esposa, Amaranta Úrsula, la última mujer de la saga de los Buendía, y los pájaros escapan y vuelan de nuevo hacia el Archipiélago, un episodio que Daniel Duque aprovechó en su día para escribir uno de sus más bellos cuentos. Yo encuentro -quizás porque escribo este articulejo en una tarde oscura y lluviosa- particularmente triste y sintomática esta idolatría babieca por las citas televisivas mientras el verde y frondoso árbol de cinco siglos de historia continúa silencioso en nuestro patio trasero con tan pocas visitas, tan poca curiosidad y atención en escuelas e institutos, tanta ignorancia y memez.

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