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El jefe de estación

25.11.2016 | 05:11
El jefe de estación

E n Medina del Campo, Miranda de Ebro o, incluso, en Monforte de Lemos, el jefe de estación siempre me cuenta lo mismo: "Con veintidós años, después de haber leído ya muchos libros -ni te imaginabas cuánto ni cómo se multiplicaría ese factor- y acabada la carrera, tenías una sensación de anciano precoz, de saber muchas cosas, cuando apenas eras un adulto en ciernes. Curiosa sensación treinta y seis años después, pues te consideras ignorante de todo, sin certeza alguna, con dos o tres ideas, inseguro del mundo y de lo que te rodea. Quizás, y solo quizás, aprendiz de brujo." Supongo que el jefe de estación, los jefes de estas estaciones, sustituyen de forma gratuita la psicoterapia que necesitan con monólogos semejantes. Con el de Monforte tengo mis dudas, ya que ha perdido mucho poder y se enfrenta cada mañana a las tristezas de los cambios de vías, las dobles composiciones y la añoranza de las máquinas diesel buscando sentido inverso. El de Medina también sufre cierto abandono, y más que le tocará así que el AVE llegue por fin al noroeste, por eso ya no me habla tanto: ha contratado a unapsiconalista, que vive cerca del castillo de la Mota, es argentina y su único libro de lectura es Juana la Loca de Gregorio Marañón. Me dice que le tiene muy reconfortado porque han superado la conversación monotemática y unidireccional sobre los Reyes Católicos y han pasado a la del recuerdo y la historia de los ferrocarriles españoles. Ya están por el TAF, el primer salto del XIX al XX, aunque fugaz. Eran trenes plateados e italianos en los que se comían huevos duros y las familias intercambiaban bebidas y chascarrillos porque no había departamentos. A los TAF siguieron los TER, pero a estos, me dice, todavía no han llegado en la terapia. Añoro a los jefes de estación, imponían con su gorra roja, su bandera y su pito. Hace un mes, en Tudela, creí ver a uno así, todo imperial, pero fueron los efectos del nuevo ascensor que comunica los andenes, el cual revindicaba Iñigo en ese chusco programa de RNE1 de los fines de semana, A vivir que son dos días, cuando el ascensor ya estaba funcionando. Los jefes de estación daban y dan seguridad de que las cosas están bajo control, a pesar del psicoanálisis mesetario y porteño. A Machado le gustaba mucho el tren, tanto para la ida a Soria, en su vagón de tercera, alegre, como para el retorno, hundido por la pena, casi bruno.

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