14 de noviembre de 2016
Tribuna abierta

Juan Carlos Alemán

14.11.2016 | 01:25
Juan Carlos Alemán

La política canaria sigue de luto. Pasan las horas, los días y pasarán semanas, meses. Puede que incluso pasen años sin que nos acostumbremos. Nada resulta tan doloroso y tan difícil de asumir como la ausencia definitiva de una persona cercana, un hombre noble como Juan Carlos Alemán, compañero y gran amigo.

Era sobre todo una buena persona. Luchador incansable y defensor a ultranza de los ideales de izquierda y de los intereses de nuestro archipiélago. Ya no está con nosotros, pero su recuerdo nos acompañará siempre. Protagonista desde los primeros tiempos de la Autonomía y ampliamente reconocido por su familiaridad, su carácter conciliador y su facilidad para sacarnos una sonrisa.

Fue secretario general de PSC-PSOE entre 1996 y 2007, un tiempo en el que coincidimos apostando por la cohesión de las islas. Él en Tenerife y yo en La Gomera, pero sin diferencias, pues supo entender como nadie la necesidad de unificar Canarias. Con toda probabilidad su trayectoria vital tuvo que ver en este entendimiento, porque Juan Carlos Alemán era, ante todo, un isleño con clara vocación regionalista.

Natural de Gran Canaria, estudió, vivió y formó familia en Tenerife, pero también supo acercarse a las islas periféricas. El equilibrio fue un dogma que asumió sin resquicio, tal y como han reclamado los territorios no capitalinos, un axioma que hoy es pilar fundamental para Agrupación Socialista Gomera, y que requiere de la magnificencia y amplitud de miras que él demostró.

Juan Carlos Alemán era miembro de la Audiencia de Cuentas de Canarias, pero antes destacó en el Parlamento autonómico, donde no sólo fue diputado, sino también vicepresidente. Su espíritu de consenso le aseguró el cargo y le fue muy útil en el Cabildo de Tenerife o en los ayuntamientos donde trabajó como concejal. Ninguna institución pública le era extraña y en todas dejó huella.

Siempre sensible con los problemas de sus conciudadanos y siempre dispuesto a escuchar. La apuesta por el bienestar social figuraban entre sus valores, los mismos que lo llevaban a reconocer el talento y rodearse de la buena gente que estuvo a su lado y a los que, sin duda, les costará olvidar las largas conversaciones, los debates sobre los asuntos que afectan a nuestra sociedad y, sobre todo, su elegancia, sus consejos y sus palabras de apoyo.

Lo echaremos de menos, especialmente, su familia más cercana -reitero con este texto mi más sincero pésame a su mujer y sus dos hijos-, pero también todos los que en algún momento coincidimos con él. Esta semana ya lo extrañó el Parlamento de Canarias, que se silenció al conocer el desenlace de una enfermedad que se lo llevó demasiado rápido.

La noticia nos consternó a todos los diputados pues, aunque supimos de su dolencia, no tuvimos tiempo de asimilar lo que estaba pasando: se nos iba una persona coherente, rigurosa y capaz, tanto que no han parado de lloverle homenajes, pero el mejor reconocimiento que podemos hacerle es empezar a sembrar desde ya las semillas de diálogo y puntos de encuentro que nos legó.

Se agota el espacio que generosamente me ceden los periódicos, con los que él tan bien supo relacionarse -nunca defraudó a los medios de comunicación-. No puedo terminar, no obstante, sin confesar que pocos artículos me han costado tanto como éste.

Hay tanto que decir y resultan tan insuficientes las palabras; es tan grande el vacío que provoca la muerte que, una vez más, me veo en la obligación de recurrir a su generosidad y pedirle que no se vaya del todo. Aunque tal vez esto también sea innecesario, pues conociéndolo como lo conocí, estoy seguro de que, desde donde quiera que ahora esté, nos seguirá acompañando.

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