11 de noviembre de 2016
En voz alta

Un día en Londres

11.11.2016 | 04:10
Un día en Londres

Me puse a mediodía a ver informativos para olisquear sobre la World Travel Market de Londres. Ya saben, una de las grandes ferias turísticas del mundo. Parece que no eres nadie estos días si no estás allí. Luego ya se acaba la feria y vuelves a ser alguien. Sin embargo, a mí me pasa que no soy nadie todo el tiempo. Y como yo no soy nadie estaba en mi casa, donde paradójicamente he llegado a ser alguien. Comenzaron las imágenes del tal evento y vi a Susana Díaz en la pantalla. También a Francina Armengol y a Fernando Clavijo, al consejero de turismo, a alcaldes de todas las latitudes. Había más gente que en un encendido de alumbrado navideño. Casi espurreo la sopa. Allí estaba yo. Y el caso es que estaba saludando con mucha soltura a un concejal muy conocido en su casa a la hora de comer. Y que sin embargo no estaba comiendo y sí en Londres, donde ya dijo Julio Camba que si quieres comer bien tienes que desayunar tres veces. Después de saludar al concejal le di un abrazo a una azafata y más tarde le largué un folleto a un señor con bigote que me dio las gracias en una lengua que no entendí. Abrí mucho los ojos. Los abrí como nunca. Como se abren cuando estás en tu casa y de pronto te ves al mismo tiempo en la tele. Pensé que se habían equivocado y estaban emitiendo las imágenes de la World Travel del año pasado. Eso me alivió. Me alivió hasta que recordé que el año pasado tampoco había ido.

Las imágenes seguían coleando y allí estaba yo, arreglao pero informal, sonriente e incluso con rictus de estar haciendo un esfuerzo promocional sin precedentes. Me puse muy nervioso pensando en que tal vez iban a sacarme cogiendo turistas por las orejas para que aumentaran las pernoctaciones. Pero no había turistas. Había autoridades. Tal vez yo mismo era una autoridad y no me había dado cuenta de que, como tal, tenía la posibilidad de estar en dos sitios a la vez. Me miré el pecho y vi que tenía una acreditación colgada. Supuse que gracias a eso me habían dejado entrar en casa. Pero el caso es que había abierto yo mismo la puerta y estaba solo. Las imágenes seguían en la pantalla. Me vi allí, en Londres, saludando a un touroperador y cogiendo el teléfono y marcando. El aparato empezó a sonar en casa. Lo arrojé dentro de la sopa.

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