10 de noviembre de 2016
Retiro lo escrito

Juan Carlos Alemán

10.11.2016 | 00:58
Juan Carlos Alemán

A los niños se les suele preguntar qué quieren ser de mayores. Suelen responder que futbolistas, o médicos, o cantantes, pero si se lo hubieran preguntado a Juan Carlos Alemán la respuesta hubiera sido ligeramente distinta.

-¿Qué quieres ser cuando seas mayor, pibe?

-¿Yo? Secretario general, yo quiero ser secretario general.

Y lo consiguió. Durante nueve años ocupó la Secretaría General del PSOE de Tenerife y durante una década fue el secretario general del PSC-PSOE. Venía del PCE y de la cultura comunista de la clandestinidad y la predemocracia le quedaron varios rasgos de comportamiento, especialmente, el gusto inmoderado por las conspiraciones y el no fiarse demasiado de cualquiera, empezando por sí mismo. La conspiración era todo: un método para acabar con algo, un método para empezar con algo, un ejercicio de purificación, un punto de vista desinfectante, un examen cotidiano, una vibración de los intestinos casi poética, un cuestionario transformado en una metáfora, una canción de cuna, una selección de verdades, un hervor de mentiras, una manera de pasar la tarde. La Secretaría General siempre la entendió como una posición para alcanzar y mantener equilibrios internos -sin duda imprescindibles- y no como un instrumento de liderazgo para dinamizar al partido a partir de una estrategia política definida. Una vez salvaguardados los equilibrios de intereses y ambiciones de los gerifaltes locales, Alemán dejaba que los alcaldes hicieran de su capa un sayo, sin excluir burradas, antojos y barrabasadas. Por desgracia ese espacio de socorro mutuo -yo los apoyo como alcaldes y ustedes me apoyan como secretario general- no sirvió de mucho cuando ATI primero y CC después comenzaron a aniquilar alcaldías socialistas empezando por el Norte de Tenerife, cuando Paulino Rivero sustituyó el kruger por la navaja en la boca.

Yo sospecho que Juan Carlos Alemán sufrió más que disfrutó de su largo reinado al frente del socialismo canario. Porque desde ese trono, precisamente, debía irradiar un liderazgo magnético, un hambre de victoria, un apetito presidencial que sabía perfectamente que no se acoplaban con su personalidad y su modelo burocrático y charlista de dirección. Para Alemán fue terrible ese momento del mandato de Román Rodríguez -al que terminó poniéndole una moción de censura- en el que el presidente le sugirió un Gobierno con el PSOE y le dijo que él, Alemán, debía asumir la Consejería de Sanidad. Recuerdo lo que me dijo, pálido y con ojos vidriosos:

-Yo llevando la consejería de Sanidad. Solo me faltaba eso.

Pero fue un hombre para el que el partido lo era efectivamente todo. Esa su casa, su lenguaje, su memoria, sus amigos, sus anhelos, sus tristezas y alegrías preferidas, su certificado de autenticidad vital. La lealtad al partido era simplemente la lealtad a uno mismo y viceversa. Mi recuerdo central de Alemán me remota a una tarde en un pleno parlamentario, hace muchos años, un pleno de un atroz aburrimiento. De repente Juan Carlos comenzó a dar palmas, a reír, a hacer extraños signos a otros diputados y a la tribuna de prensa. Me vió y repitió sus gestos. Me encogí de hombros, no le entendía nada. Entonces se medio incorporó en el escaño y dijo muy alto una palabra que pudimos escuchar todos: Pinochet. Y entendimos: Augusto Pinochet acaba de ser detenido en Londres. Juan Carlos tenía los ojos llenos de lágrimas y se abrazaba porque ahí, en el escaño, no podía abrazar a nadie.

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