Crónicas galantes

El que manda (en las listas) manda

28.10.2016 | 03:37
El que manda (en las listas) manda

La cuestión no son las palabras: la cuestión es quién tiene el poder", decía el personaje de Humpty Dumpty en la Alicia de Lewis Carroll: y esto es exactamente lo que acaba de ocurrir en el PSOE. Bastó que los veteranos del partido relevasen al impetuoso Pedro Sánchez para que el "no es no" dejara paso a una abstención que permitirá gobernar a Mariano Rajoy, aunque sea muy a duras penas. No es que los socialdemócratas hayan cambiado de idea, sino de mando. Las ideas parecen un asunto mudable, mayormente cuando consisten en ejercer la negación sin proponer otra opción positiva a cambio. Más que una ideología, eso es una simple trinchera. Y en tan extraña guerra, el PSOE llevaba todas las de perder si, como pretendía que una ideología, eso es una simple trinchera. Y en tan extraña guerra, el PSOE llevaba todas las de perder si, como pretendía Sánchez sin pretenderlo, se celebrasen unas terceras elecciones. El asunto, en todo caso, consiste en saber quién manda: detalle del que se han enterado ya en el partido socialdemócrata a juzgar por su apresurado cambio de rumbo. Quedó claro, por si hiciera falta, que el que toma el poder -aunque sea en precario y provisionalmente- tiene en sus manos la potestad de elaborar las listas electorales. Esa facultad es la que permite al jefe conceder puestos de diputadas a sus novias, a sus amigos y, en general, a quienes se muestren adecuadamente dóciles -o disciplinados- ante los deseos del mando. Hay precedentes históricos como el de Calígula, que nombró cónsul a su caballo; aunque la peculiar ley electoral española no permita llegar, cierto es, a tales extremos. Aun así, el sistema español de votación en listas cerradas concede a los partidos el poder de elegir a aquellos de sus afiliados que entrarán en el bombo con garantías de premio en las urnas. Son los gerifaltes al mando del aparato quienes elaboran las candidaturas que posteriormente se sirven, ya precocinadas, a la mesa del votante. Los encargados de elegir por los electores pueden ser gente de la talla de José Blanco o César Luena, por remitirnos tan solo al caso del PSOE que nos ocupa. Aunque lo mismo pueden hacer -y de hecho, hacen- Pablo Iglesias en Podemos o Albert Rivera en Ciudadanos. El sistema se lo permite y ninguno de ellos ha puesto objeciones, como es natural, a esa palanca de poder que les ofrece. Existen, desde luego, otros procedimientos electorales en los que el partido y sus burócratas no gozan de tales prebendas. Es el caso de los británicos, raros por tradición, que eligen a sus diputados de uno en uno, sin listas en las que puedan emboscarse gentes desconocidas para el público cuyo único mérito es a menudo la proximidad y/o la obediencia al jefe. La elección depende allí de las virtudes del candidato más que de una decisión de los gerifaltes laboristas o conservadores; lo que acaso redunde en una mejora de la calidad del Parlamento. Otro tanto ocurre en Estados Unidos, donde un majadero como Donald Trump (ese Silvio Berlusconi a la americana) puede llegar a competir por la presidencia incluso en contra de los deseos del Partido Republicano al que representa. Las cosas están más claras aquí, como se acaba de comprobar en el desenlace de la última refriega del PSOE. Erigido en Humpty Dumpty, el jefe provisional -pero efectivo- del partido se ha limitado a recordar a la concurrencia que lo importante no son las palabras, sino quién tiene el mando. Podrían habérselo preguntado a Rajoy, que algo sabe por experiencia de eso.

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