Desde Garachico

El saludo no correspondido

27.10.2016 | 04:40
El saludo no correspondido

Siempre tenemos una ilusión por cumplir: en la niñez, en la pubertad, en la juventud... Incluso en la vejez. ¡Santo Dios, con cuánta ilusión esperaba yo aquel acontecimiento! Porque de acontecimiento me atrevía yo a calificarlo en aquellos días que, según mi opinión, caminaban muy despacio.

Todos mis amigos tenían ya pantalón largo antes de cumplir los 15 años. Yo no, porque, además de seguir con mi cara de niño, no me había nacido vello en las piernas. Y ese vello de las pantorrillas parecía ser la señal establecida por los mayores, sin tener para nada en cuenta a quienes, de verdad, afectaba el asunto.

El pantalón largo me llegó al cumplir los 17. Recuerdo que soporté entonces muchas bromas. No era como hoy, en que cualquier muchachito tiene pantalón largo desde que nace y ya no lo abandona. Yo tuve aquel día una alegría inmensa porque, entre otras cosas, el pantalón largo me permitía alternar con los amigos que componíamos el grupo de teatro y que eran mayores que yo. Me rechazaban porque no tenía bigote y, para no desalentarme del todo, me concedieron el cargo de apuntador. O sea, que yo permanecía en la concha mientras ellos recibían los aplausos de los espectadores. Yo me limitaba a leer los textos de Zorrilla, Paso, Mihura, Martínez Sierra, los Quintero, Arniches... sin que me vieran.

De todos modos, el día de mi aparente transformación fui feliz, aunque solo a medias. Atiendan un momento:

Estaba yo en la acera, junto a la puerta del bar. Cada persona que pasaba cerca de mí encontraba motivos para la chanza. Mi nuevo aspecto, afeitado y con pantalón largo, no podía pasar desapercibido. Pronto vi que se acercaban a mí dos religiosas a las que yo conocía de años atrás cuando estudiaba en La Laguna y mi casa estaba frente al Asilo de Ancianos. Se acercaron a saludarme, pero cuando les tendí la mano no aceptaron el saludo. Se limitaron a sonreírme, pero nada más. Quedé absolutamente desconcertado. ¿Qué había hecho yo de malo para merecer tanta frialdad por su parte? Después me dijo alguien que las religiosas tienen unas normas que cumplir y que nosotros desconocemos. No estrechar la mano a un varón era una de las cuestiones a cumplir, a respetar. Total, que nos despedimos con una sonrisa, forzada por mi parte. Y me atrevería a afirmar que también forzada por parte de ellas. Estaba visto que estrenar pantalón largo no me había traído precisamente la felicidad que yo había soñado.

Hoy, cuando visito el convento de concepcionistas y me encuentro con Sor Ángeles, sor Purísima, sor María Jesús, Sor Francisca... nos saludamos con un beso en la mejilla. Y nadie se escandaliza. Claro que ya no soy aquel jovencito de 17 años, sino una persona mayor, de la que hace tiempo escapó la juventud. Es posible que este sea el motivo por el que, queriendo o sin querer, me llegan a la mente unos versos que tenía ya olvidados y que dicen así:

"Las hijas de las madres que amé tanto/ me besan hoy como se besa a un santo"

Es el tiempo, que corre inexorablemente sin detenerse un solo segundo.

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