Editorial

La necesidad de captar fondos europeos

16.10.2016 | 03:56

La Administración central y los gobiernos autonómicos de todos los colores, el pacto entre nacionalistas y socialistas en Canarias y los de otras comunidades en manos de partidos diferentes, siguen en la inopia ante el cambio de las reglas de juego en la Unión Europea (UE) para la concesión de subvenciones y la movilización de recursos económicos. El dinero ya no se reparte en función de criterios políticos. Ahora prima la viabilidad técnica de los proyectos y la implicación en ellos de la iniciativa privada. En pocas palabras: que las ideas a promover resulten innovadoras y rentables para que tengan continuidad en el tiempo y no se conviertan en rémoras megalómanas de unos poderes públicos endeudados hasta las cejas. La Comunidad Autónoma de Canarias y el resto de administraciones de la región, desde los cabildos a los ayuntamientos, con la excepción del de Las Palmas de Gran Canaria y su guagua rápida (RTB), y las organizaciones empresariales que deberían contribuir a facilitar la llegada de inversiones europeas, todavía no han asumido del todo el cambio de mentalidad que esto implica.

En 2014, la UE dio un volantazo en su estrategia económica. Abundaba el dinero a bajos tipos pero no circulaba ni llegaba a la gente. Para desembalsar tanta liquidez nació el plan Juncker. La Comisión dispuso instrumentos de solvencia que permiten a los inversores asumir riesgos en condiciones muy ventajosas. Lo único que exige son proyectos atractivos y viables. La clave reside en el efecto multiplicador de la cofinanciación. Por cada euro público que las autoridades europeas desembolsan aspiran a activar quince privados.

Aunque la novedad principal para captar los fondos europeos está en la reorientación del reparto. El criterio político, de cuotas por países o sectores, quedó desterrado. Los gobernantes no interfieren en la selección. Las atribuciones reposan en técnicos independientes. Los más listos acaban por llevarse el gato al agua. Como muestra, los británicos: reniegan del club y van a abandonarlo pero son hasta la fecha los mayores beneficiados con los fondos Juncker por su profesionalidad y habilidades para moverse en el entramado comunitario.

En Canarias seguimos sin grandes ideas. Esperar a reclamar el qué hay de lo mío, como antes, en una cumbre y conchabar un arreglo es un ramalazo de esa cultura del chalaneo y el apaño que tanto daño causó en la época de las vacas gordas. Por ahí empieza la regeneración: no por fijar vetos y echarse la culpa de todos los males mutuamente, lo único que saben hacer los partidos, sino por corregir las perniciosas prácticas arraigadas en un país en el que el amiguismo puntúa por delante del mérito. Para nuestra desgracia, contemplamos un Congreso de los Diputados en niveles ínfimos. Mes tras mes sin hacer nada, "la estandarización de un bajo estándar", que diría Chesterton. El criterio de adjudicación de los fondos de cohesión, los tradicionales, también varió: ya no prima el hormigón, sí la investigación y el desarrollo, capítulos en los que Canarias navega a la cola.

El Archipiélago, con la entrada en la Unión Europeas de nuevas regiones necesitadas, ascendió a otra liga por mor del efecto estadístico y disputa una parte de las subvenciones con competidores de primer nivel, activos y cualificados y no termina de aprovechar del todo las ventajas que le aporta su condición de región ultraperiférica. Si se ha conseguido que las regiones ultraperiféricas puedan presentar proyectos directamente al Banco Europeo de Inversión, al margen del Estado, es de esperar que esta facilidad se aproveche con eficiencia y eficacia para que el plan Juncker pase con gloria y no con pena por las Islas.

Las ayudas europeas acaban usadas muchas veces como un simple elemento contable destinado a cuadrar los equilibrios inversores de los Presupuestos regionales en vez de como lo que realmente son: una palanca para mejorar la realidad y facilitar la vida al ciudadano. Como los gastos siguen excediendo a los ingresos, las

haciendas recurren a cualquier cosa para equilibrar números. Canarias, aunque camina hacia una redefinición de sus principales objetivos para hacer frente a sus problemas estructurales, carece después de tantos años de autonomía de estrategias definidas, internas, sobre nuestros problemas, y externas, respecto a su papel en el mundo.

Los fondos que llegan de Bruselas son una oportunidad extraordinaria siempre y cuando se salve también el laberinto burocrático, administrativo y legislativo que impide o ralentiza la concreción de las inversiones en el Archipiélago que casa difícilmente con los plazos del plan al que da nombre el presidente de la Comisión Europea. La fisonomía de Canarias cambió gracias a sus aportaciones. El ajuste al que obligó la recesión cercenó la inversión de los ministerios, las consejerías y los ayuntamientos. El grueso de los recortes corrió a costa de las partidas productivas, menos de las corrientes. Y, con la merma de la recaudación, para mantener los servicios básicos fue necesario reducir aún más las inversiones para generar actividad económica, trabajo e ingresos. Pese al esfuerzo ejemplar de Canarias en controlar el déficit, el pago de préstamos constituye un capítulo voluminoso de las cuentas y va a seguir drenando durante años sustanciosos recursos.

Por eso resulta más incomprensible la pereza y la dejadez de las administraciones para atraer el dinero europeo. La brecha de la desventaja crecerá aquí si no luchamos por captarlo porque acabará en manos de quienes ya nos superan o vienen embalados dispuestos a adelantarnos. Al primer revés en la petición de ayudas a la

UE sólo cabe responder con trabajo bien hecho. Lamentablemente suele ocurrir que los responsables de los fracasos recurren al agravio y a la queja para escurrir el bulto y vegetar a sus anchas.

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