La columna del lector

Guardias urbanos

13.10.2016 | 03:24

Los tinerfeños, todos los canarios, tienen la palabra. la opinión de tenerife pone a su disposición La columna del lector, una sección para resaltar por su interés y oportunidad la opinión de un lector entre las decenas de cartas recibidas a diario.

En los primeros años cincuenta del siglo XX había una docena o más de guardias apostados en sus tarimas en el centro de la calzada de los principales cruces de calles de Santa Cruz de Tenerife. Aunque llevaban como un apósito sobre su testa un paragüitas circular, a mí me daba pena a veces de los guardias que, con el calor bochornoso de Santa Cruz, tenían que estar sobre la tarima sin casi mover las piernas durante un par de horas cada guardia, en las que solamente movían los brazos y manos indicando stop y adelante a vehículos y viandantes en todas direcciones.

Luego llegó el primer semáforo que hubo en todo Tenerife (mediados los años cincuenta) que fue en el cruce de la calle Castillo con Valentín Sanz o calle del Norte. Y los mal llamados (algún día diré el por qué) magos del Norte, cuando visitábamos Santa Cruz, nos paseábamos hasta al muelle y hacíamos una parada en los escaparates de esa esquina para mirar disimuladamente al semáforo cambiando de color... Pero en cierta ocasión a mi amigo Pepe Limón (el nombre es falso) lo vio mi otro amigo Jaime Peláez y se vaciló de él, cuando iba Pepe Limón hacia el muelle deprisa deprisa como un tonto a ver los barcos.

Pues bien: en La Villa de La Orotava de aquellos tiempos, por mimetismo o por copiarse de la capital, los del ayuntamiento pusieron una tarima con su guardia en el cruce de la entonces incipiente avenida de José Antonio con la calle del Calvario. Pero en cierta ocasión, llegó una guagua de las grandes desde la avenida a torcer hacia la izquierda, o sea, hacia arriba, hacia la plaza de La Alameda, y tropezó una rueda trasera en el filo o borde de la tarima y la rompió. ¡No se llevó también al guardia por delante de milagro de Dios!

A esta anécdota pónganle el cuño, queridos lectores, aunque ya queda poca gente viva que pueda contarla.

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