Retiro lo escrito

Un soñador para un pueblo

04.10.2016 | 23:56
Un soñador para un pueblo

Cuando un cargo público socialista con un peluco de 300 euros en la muñeca y chaqueta de Carolina Herrera sobre los hombros se dirige a la militancia para hacerle una propuesta ya sé lo que va a pedir: que se escuche al pueblo soberano. O si se prefiere, que se consulte a los afiliados algún asunto estratégico de singular relevancia. Asumir las responsabilidades como representante de militantes y/o ciudadanos no tiene actualmente mucho predicamento pero, en cambio, aprovecharse de los estados de ánimo de la peña en coyunturas de inestabilidad o polarización deviene una tentación irresistible. Es lo que le ocurre al diputado Gustavo Matos, que propone ahora, cuando apenas ha pasado una semana de la moción de censura de Granadilla y el comité federal acaba de defenestrar en medio de una escandalera épica al secretario general, Pedro Sánchez, que se consulte a los militantes socialistas sobre la continuidad o no del pacto regional entre el PSC-PSOE y Coalición Canaria. Votar ahora mismo, que es el instante más adecuado de los últimos lustros. Lo único que no consigo explicarme es que Matos no propugne repartir navajas, granadas y metralletas entre las agrupaciones locales socialistas para que el debate sea más profundo, más reflexivo y más sereno.

Es curioso, pero cuando Matos, como candidato a la Alcaldía de La Laguna, consiguió unos resultados calamitosos gracias a una de las campañas electorales más penosas de la historia local -recuerdo su figura en una valla con barba de tres días y vaqueros desteñidos bajo uno de sus eslóganes: Yo tampoco creo en los políticos- ni siquiera pidió que se votara en su agrupación local su generosa decisión de abandonar el acta de concejal a toda velocidad. Por cierto, lo hizo argumentando que a él no se le podía pedir que incurriera en el pecado de gobernar con Coalición Canaria, lo que no fue obstáculo para que, pocas semanas más tarde, fuera designado director general de Comercio del Gobierno autonómico que compartían coalicioneros y socialistas. Matos lo intentó de nuevo en las primarias socialistas en las que salió ganadora, como candidata presidencial del PSC, Patricia Hernández. Desde entonces se ha reservado el papel de crítico insobornable del pacto y su cara resplandeció de felicidad cuando prosperó la moción de censura en Granadilla y los acuerdos entre ambos socios parecían venirse abajo. Matos sabe que ya está a punto de pasar a la condición de exjoven promesa y que su único futuro pasa por la osificación definitiva de José Miguel Pérez y la devaluación de Patricia Hernández por su contaminación en el BOC con Fernando Clavijo y sus compañeros. Matos quiere ruido, mucho ruido, crisis, una gran marejada de crisis, y presión, una presión creciente, como camino hacia un éxito que se le resiste testarudamente, como si no tuviera ideas propias, y no solo respecto a las mascarillas capilares. Y esto es lo peor de las consultas directas a las bases de un partido en coyunturas críticas plagadas de enfrentamientos internos: que está todo lleno de matos y matas donde se esconden las ambiciones más pueriles y chuchurrías.

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